Banksy se au­to­des­tru­yó

La Ni­ña con glo­bo del ex ar­tis­ta ca­lle­je­ro se hi­zo fle­cos en cuan­to fue subas­ta­da. Por suer­te que­dan in­fi­ni­tas co­pias a po­cos dó­la­res en los su­per­mer­ca­dos

El Observador Fin de Semana - Luces - - Columna -

Las ar­tes plás­ti­cas y el mer­ca­do de las ar­tes plás­ti­cas son con­cep­tos que se con­fun­den muy a me­nu­do. Hay in­nu­me­ra­bles ar­tis­tas que de­ben su lu­gar en la his­to­ria del ar­te a la po­si­ción que su­pie­ron lo­grar en el mer­ca­do del ar­te y no a su ca­pa­ci­dad de con­mo­ver a sus con­tem­po­rá­neos. El con­cep­to de ar­te es muy di­fí­cil de de­fi­nir y ha da­do lu­gar, a tra­vés de los si­glos, a in­ter­mi­na­bles dis­cu­sio­nes. En cuan­to al mer­ca­do del ar­te, ahí sí que no es po­si­ble arro­jar luz al­gu­na. El va­lor mo­ne­ta­rio de las obras de ar­te tie­ne que ver con un jue­go de ofer­ta y de­man­da que es­tá de­ter­mi­na­do por las ar­tes de pro­pa­gan­da de un gru­po per­ver­so de gen­tes anó­ni­mas que asig­nan va­lor a las obras o a los au­to­res que les con­vie­ne.

Esos ma­ni­pu­la­do­res de opi­nión son, mu­chas ve­ces, los ver­da­de­ros ar­tis­tas. Ellos lo­gran que una man­cha val­ga mi­llo­nes de dó­la­res y otra man­cha sea tan so­lo otra man­cha.

Vi­vi­mos, pa­ra col­mo, una era te­rri­ble en las ar­tes plás­ti­cas, por la cual el ar­te con­cep­tual, que en sus ini­cios fue una for­ma de pro­tes­ta, de de­nun­cia de lo ab­sur­do que es el mer­ca­do del ar­te, aho­ra sea la aca­de­mia. Co­mo el ar­te con­cep­tual ven­de ideas, su­ce­de muy a me­nu­do en es­tos tiem­pos que el ar­tis­ta y el ven­de­dor de hu­mo sean la mis­ma per­so­na. Una obra de ar­te con­cep­tual pue­de ser una obra que ten­ga va­lor ar­tís­ti­co, aun­que es­to su­ce­de muy po­co. La gran ma­yo­ría de los ar­te­fac­tos que pro­po­nen los ar­tis­tas con­cep­tua­les no se de­fien­den so­los sino que ne­ce­si­tan de la ex­pli­ca­ción eru­di­ta, mu­chas ve­ces pro­vis­ta por el pro­pio au­tor pa­ra ilu­mi­nar el ca­mino del en­ten­di­mien­to del pú­bli­co.

Es­te es el pa­no­ra­ma ge­ne­ral en el que su­ce­dió lo im­pre­vis­to en el re­ma­te de Sot­hebys, en Lon­dres, el vier­nes 5 de oc­tu­bre. Una re­pro­duc­ción so­bre te­la, con un mar­co muy pom­po­so, de un mu­ral ca­lle­je­ro de un ar­tis­ta co­no­ci­do co­mo Banksy, se au­to­des­tru­yó una vez que se subas­tó por US$ 1,4 mi­llo­nes.

Se tra­ta de la obra Ni­ña con glo­bo, un mu­ral que apa­re­ció en la ca­lle Great Eas­ten, de Lon­dres, en 2002 y que se ha vuel­to fa­mo­so en el mun­do. Es una ni­ña que aca­ba de sol­tar un glo­bo ro­jo en for­ma de co­ra­zón. Las co­pias en pa­pel de es­ta obra se ven­den en los su­per­mer­ca­dos de Es­ta­dos Uni­dos a US$ 38.

Banksy ha da­do que ha­blar, a tra­vés de su obra en las pa­re­des de ciu­da­des co­mo Lon­dres, Li­ver­pool y Nue­va York, con una téc­ni­ca muy pu­li­da y men­sa­jes muy cla­ros que in­ter­pe­lan las ta­ras de la so­cie­dad mo­der­na. Muy pron­to los mer­ca­de­res del ar­te su­pie­ron que po­dían ven­der Banksy de to­das las for­mas po­si­bles, pa­ra que no fal­ta­ra en los ho­ga­res hu­mil­des y tam­po­co en el de los mi­llo­na­rios mas am­bi­cio­sos.

Es así que es­ta re­pro­duc­ción en te­la de un mu­ral ca­lle­je­ro se subas­tó a po­co más de un mi­llón de li­bras y no bien ba­jó el mar­ti­llo, la te­la ca­yó y fue cor­ta­da en ti­ri­tas por me­dio de un dis­po­si­ti­vo que te­nía el mar­co que ar­mó el pro­pio Bansky. El me­ca­nis­mo se in­te­rrum­pió a la mi­tad del pro­ce­so. No es­tá cla­ro si la gen­te de Sot­heby´s era cóm­pli­ce de la broma o no y tam­po­co se sa­be quién com­pró el cua­dro. Pe­ro se es­pe­cu­la con que el com­pra­dor acep­ta­rá el cua­dro así co­mo es­tá y que in­clu­so de es­ta ma­ne­ra sube el va­lor.

A es­ta al­tu­ra, se en­tien­de que ese “se es­pe­cu­la” es par­te de to­da la ma­nio­bra. Se tra­ta de agre­gar va­lor. Pri­me­ro fue un mu­ral que le agre­gó cier­ta poe­sía a una su­cia es­qui­na de Lon­dres; des­pués fue un fe­nó­meno pop que ven­dió to­do ti­po de mer­chan­di­sing; des­pués fue la opor­tu­ni­dad pa­ra que un mi­llo­na­rio com­pra­ra un “ori­gi­nal”. Y aho­ra esa obra “úni­ca”, se­mi­des­trui­da, se con­vier­te en un ob­je­to de de­seo pa­ra otros mi­llo­na­rios.

Y to­dos po­de­mos mi­rar­lo por in­ter­net, ver có­mo se di­vier­te aquel ar­tis­ta pop que pa­re­cía un idea­lis­ta que pre­ten­día ge­ne­rar re­bel­día con sus con­sig­nas pic­tó­ri­cas en los mu­ros. Tal co­mo di­jo el em­plea­do de Sot­heby´s: “Pa­re­ce que he­mos si­do bans­kea­dos”. •

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