Ya­ra

El Observador Fin de Semana - Luces - - Verano -

En­tre 22 y 92 cm. Es muy agre­si­va. Vi­ve en las sie­rras, en­tre las pie­dras, en las cu­chi­llas o en­tre las le­ñas. es­pe­cies de ser­pien­tes y ví­bo­ras y so­lo cua­tro son pe­li­gro­sas: la ser­pien­te de cas­ca­bel, la co­ral, la cru­ce­ra (o ví­bo­ra de la cruz) y la ya­ya­rá (o ya­ra). En­con­trar­se con las dos pri­me­ras es ca­si im­po­si­ble; la cas­ca­bel es­tá pro­te­gi­da por es­tar ca­si des­apa­re­ci­da y la co­ral es sub­te­rrá­nea y de­ma­sia­do inofen­si­va, a pe­sar de ser ve­ne­no­sa. De las que sí hay que cui­dar­se es de las otras dos, que usual­men­te son con­fun­di­das en­tre sí de­pen­dien­do en qué par­te del país se las en­cuen­tre y que oca­sio­nan ca­si la to­ta­li­dad de los ac­ci­den­tes de ofi­dios en Uru­guay.

“Uno siem­pre de­fi­ne que las cru­ce­ras es­tán en los lu­ga­res ba­jos y hú­me­dos, y las ya­ras en los lu­ga­res al­tos y se­rra­nías, pe­ro hay al­gu­nos ba­ña­dos don­de tam­bién en­con­trás ya­ra­rás. No es­tá es­cri­to en pie­dra el am­bien­te en las que se las pue­de en­con­trar”, ex­pli­ca Me­neg­hel, que agre­ga que por los cul­ti­vos de trans­gé­ni­cos y sus pos­te­rio­res fu­mi­ga­cio­nes, es­tos ani­ma­les se han ido acer­can­do pau­la­ti­na­men­te a los cen­tros po­bla­dos. Los ca­sos de mor­de­du­ra de cru­ce­ra o ya­ra ron­dan los 60 por años y pue­den pa­sar los 80 si es un año se­co.

Raúl Ma­ney­ro es uno de los ex­per­tos que tra­ba­ja muy cer­ca de Me­neg­hel, tan­to fí­si­ca­men­te – sus ofi­ci­nas es­tán con­ti­guas en el pi­so 9 de la Fa­cul­tad de Cien­cias–, co­mo en los pa­pe­les de di­vul­ga­ción. Ma­ney­ro es es­pe­cia­lis­ta en an­fi­bios, pe­ro los años de tra­ba­jo de cam­po le en­se­ña­ron a te­ner pre­cau­ción con los ata­ques de ofi­dios, de los que ha vis­to va­rios. Él, que usual­men­te se to­pa con ser­pien­tes y ví­bo­ras en sus in­ves­ti­ga­cio­nes, da al­gu­nos con­se­jos pa­ra quie­nes de re­pen­te se en­fren­ten a una cru­ce­ra o ya­ra­rá en una de sus ins­tan­cias va­ca­cio­na­les.

“Siem­pre es mejor la pre­ven­ción que te­ner que co­rrer a aten­der­te en un centro de sa­lud, por más cer­ca que es­té. Por eso cuan­do sa­li­mos al cam­po tra­ta­mos de uti­li­zar un calzado ade­cua­do, no nos me­te­mos en pas­ti­za­les al­tos y no me­te­mos la mano en cue­vas o pa­jo­na­les, que es al­go muy co­mún en­tre los ca­za­do­res de mu­li­tas, por ejem­plo. Tra­tar de evi­tar el ac­ci­den­te, esa es la con­sig­na”.

Cui­dar­se, en­ton­ces. Sa­cu­dir la ro­pa, la car­pa, las sá­ba­nas, los za­pa­tos. No acer­car­se a las ser­pien­tes, no tra­tar de ma­ni­pu­lar­las y no ma­tar­las. Son pa­sos muy sen­ci­llos, pe­ro a ve­ces se ol­vi­dan y no im­ple­men­tar­los pue­de ter­mi­nar arrui­nan­do va­ca­cio­nes. No ten­ga mie­do ni de­je que la pa­ra­noia lo in­va­da: no ha­brá ara­ñas del ba­na­ne­ro que ator­men­ten sus sue­ños o boas ase­si­nas que ame­na­cen su vi­da. Nues­tros bi­chos son mu­cho más inofen­si­vos. En de­fi­ni­ti­va, tam­bién son uru­gua­yos. •

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