“Es­ta­ba con­ven­ci­do que te­nía que sa­lir ade­lan­te”

EL EXAR­QUE­RO DE RA­CING SE RE­CU­PE­RA TRAS UNA OPE­RA­CIÓN DE UN TU­MOR, RE­CI­BIÓ APO­YO DE TO­DOS LA­DOS Y LUIS SUÁ­REZ LO DES­PER­TÓ A LAS 4 DE LA MA­DRU­GA­DA

El Observador Fin de Semana - Referi - - PORTADA - MAR­CE­LO DECAUX twit­ter.com/mar­de­ca­ux

Dos me­ses des­pués de su ope­ra­ción de un tu­mor en el rec­to, el ex­go­le­ro Jor­ge “Lo­co” Con­tre­ras (de 46 años, quien ju­gó en­tre 1993 y 2016) re­ci­bió la biop­sia que es­pe­ró con an­sie­dad y en la que le ex­pli­ca­ron que no que­da­ron se­cue­las, lo que le de­vol­vió la ale­gría.

¿Có­mo la lle­va?

Bien, ex­tra­ñan­do un po­co la ac­ti­vi­dad, por­que uno siem­pre es­tu­vo mo­vién­do­se mu­cho en el de­por­te, y aho­ra res­pe­tan­do la sa­lud, es­tan­do quie­to. Me po­ne an­sio­so. Pe­ro hay que res­pe­tar la sa­lud, que es­tá pri­me­ro.

¿Se pue­de de­cir que la ope­ra­ción fue un éxi­to?

Sí, fue un es­pec­tácu­lo. Gra­cias a Dios y la vir­gen, fue un éxi­to to­do y es­toy con­ten­to. Le quie­ro agra­de­cer a los ci­ru­ja­nos Mar­ce­lo Lau­ri­ni y Mar­ce­lo Vio­la, y a to­do el per­so­nal de en­fer­me­ría de la Mé­di­ca Uru­gua­ya por la bue­na aten­ción.

Tu­vo no­ti­cias ha­ce po­co de que vie­ne bien el te­ma.

Sí, es­ta­ba an­sio­so por el re­sul­ta­do de la biop­sia y ha­ce unos días nos lo die­ron; fue muy emo­cio­nan­te pa­ra to­da la fa­mi­lia. No hay res­to de tu­mor ni de gan­glios, y eso me dio una gran ale­gría. Ya que­da un pa­si­to na­da más.

¿Có­mo sur­gió su en­fer­me­dad?

To­dos sa­be­mos que mu­chas ve­ces es­to aparece por es­trés, mu­chos pro­ble­mas fa­mi­lia­res. Y me de­jé es­tar un po­co por­que mis her­ma­nos me de­cían que fue­ra al mé­di­co y no iba. En­tre­nan­do con los ar­que­ros de las ju­ve­ni­les de Ra­cing, tu­ve que sen­tir mo­les­tias pa­ra ir al mé­di­co. Uno cree que no es na­da por­que hi­zo to­da la vi­da de­por­te y pien­sa: ‘A mí no me pue­de pa­sar na­da’, pe­ro me to­có a mí. Fui al mé­di­co y lue­go de los es­tu­dios, me sa­lió un tu­mor en el rec­to del co­lon. Se me vino el mun­do aba­jo.

Cuan­do fue al mé­di­co, ja­más pen­só que le iban a de­cir que te­nía esa en­fer­me­dad.

No. En reali­dad, siem­pre le dije a mis her­ma­nos y mis ami­gos, los sín­to­mas que te­nía era co­mo si fue­ran he­mo­rroi­des. Pen­sa­ba que era eso. Cuan­do me lle­gó el es­tu­dio fun­da­men­tal y me di­je­ron del tu­mor, se me vino el mun­do aba­jo por­que no lo po­día creer.

¿Qué sien­te un ser hu­mano cuan­do se le vie­ne el mun­do aba­jo, co­mo di­ce us­ted?

Cuan­do me di­je­ron lo del tu­mor me sen­tí con­te­ni­do por­que es­ta­ba to­da mi fa­mi­lia afue­ra y si bien es­ta­ba en otra, la lle­vé con car­pe­ta. Al otro día sí fue más com­pli­ca­do cuan­do me di­je­ron que te­nía que ha­cer ra­dio y qui­mio. Sa­lí y es­ta­ban mi se­ño­ra y mis hi­jos y me nu­blé el do­ble. No sa­bía si ti­rar­me de la es­ca­le­ra pa­ra aba­jo, si ha­cer una lo­cu­ra. No sa­bía có­mo iba a afron­tar la si­tua­ción des­de ahí ha­cia ade­lan­te. Tra­té de pen­sar en mis vie­jos que es­tán allá arri­ba, to­da mi fa­mi­lia y mis hi­jos. Me do­lía mu­cho ver a mi hi­jo Gon­za­li­to llo­ran­do y a mi hi­ja, ni ha­blar. Tra­té de me­ter ca­be­za y acá es­toy.

Gon­za­li­to le pre­gun­tó si se iba a mo­rir…

Sí. Hoy es­tá pa­san­do un te­ma com­pli­ca­do. Es­tu­vo unos cuántos días sin ver­me por­que al prin­ci­pio no que­ría que me vie­ra. Cuan­do fue, igual que­dó shoc­kea­do y lo úni­co que ha­cía era llo­rar. Has­ta ha­ce dos se­ma­nas, en el cum­plea­ños de un com­pa­ñe­ri­to de baby fút­bol, le de­cía a sus ami­gos: ‘Mi pa­pi­to se va a ir al cie­lo’. Yo lo lle­vé al cuar­to y le ha­blé bas­tan­te, le dije que se que­da­ra tran­qui­lo, que no pa­sa­ba na­da. Y me di­jo: ‘Pe­ro si vos te mo­rís, ¿qué ha­go yo?’. Ahí me par­tió al me­dio. Des­pués me vio cam­bián­do­me el ano con­tra na­tu­ra y has­ta aho­ra me pre­gun­ta: ‘Pa­pi­to, ¿cuán­do te van a sa­car el grano?’, por­que él lo lla­ma así. Quie­re sa­ber cuán­do voy a es­tar bien pa­ra lle­var­lo a pa­sear, y eso tam­bién te for­ta­le­ce.

Ha­blan­do de for­ta­le­za, en un mo­men­to así hay que es­tar muy fuer­te de la ca­be­za.

Sí, es fun­da­men­tal. A mí me pa­sa­ron mu­chas co­sas. To­do el mun­do me di­ce: ‘Con to­das las co­sas que te pa­sa­ron, si le hu­bie­ra pa­sa­do a otra per­so­na, ti­ra la toa­lla’. Yo fui una per­so­na de no ti­rar nun­ca la toa­lla. Pe­ro yo pa­sé por mu­cho en los úl­ti­mos tiem­pos an­tes de la en­fer­me­dad, ca­paz que ya la te­nía, pe­ro me re­ti­ra­ron del fút­bol y eso me an­gus­tió mal, me par­tió al me­dio. Lue­go de eso, fa­lle­ció mi vie­ja, otro gol­pe más. Des­pués se en­fer­mó mi vie­jo, me en­fer­mé yo. Le da­ba pa­ra ade­lan­te a mi vie­jo. Le de­cía: ‘Pa­pá, si vos no sa­lís ade­lan­te, yo no pue­do sa­lir ade­lan­te, yo te pre­ci­so a vos’. Por­que mi pa­dre era un com­pa­ñe­ro, un re­fe­ren­te; pa­ra mí era un Ob­du­lio Va­re­la. Me acom­pa­ña­ba a to­das las can­chas. Nun­ca pen­sé que mi pa­dre se iba a ir… (Se emo­cio­na mu­cho). En­ton­ces lo per­dí y él era to­do pa­ra mí. Y ahí tu­ve que afron­tar lo mío con ra­dio, qui­mio, con to­do, dar­le pa­ra ade­lan­te, y ya me po­nían un ca­ñón ade­lan­te y lo iba a dar vuel­ta. Es­ta­ba con­ven­ci­do de eso. Y es­to de mi en­fer­me­dad es­tá que­dan­do co­mo una anéc­do­ta por­que gra­cias a Dios tu­ve bue­nas no­ti­cias con la biop­sia. Aho­ra me que­da me­nos, me que­dan 15 mi­nu­tos de par­ti­do que los ten­go que ga­nar.

Us­ted es una per­so­na muy que­ri­da y re­ci­bió apo­yo de va­rios clu­bes. ¿Lo ayu­da­ron tam­bién eco­nó­mi­ca­men­te?

Cuan­do su­pe de mi en­fer­me­dad, tra­ta­mos de de­jar­lo en la fa­mi­lia. Pe­ro apa­re­ció Lí­ber Qui­ño­nes que es co­mo un her­mano y fue el pri­me­ro que vino acá, a ca­sa, y me di­jo que abrie­ra una cuen­ta. Le dije que no y mi mu­jer me in­sis­tió. Ra­cing en­tró con la pan­car­ta y se su­po to­do. El ce­lu­lar se me pren-

dió fue­go del ca­ri­ño que me brin­da­ron to­dos. Hu­bo gen­te que hi­zo even­tos con un sa­cri­fi­cio bár­ba­ro co­mo el club que ju­ga­mos con mi pa­pá, El Uru­gua­yi­to, tam­bién en Ra­cing, otro en Par­que del Pla­ta, en el Tróc­co­li. Des­pués, el Chino Re­co­ba, el Tony Pa­che­co y An­drés Fleur­quin me brin­da­ron mu­cho ca­ri­ño y me ayu­da­ron en lo eco­nó­mi­co. Con eso fui ali­vian­do las cuen­tas con el te­ma mé­di­co. Eso es im­pa­ga­ble.

Es im­pre­sio­nan­te la gen­te que se su­mó a ayu­dar­lo. Al­go de­be ha­ber sem­bra­do.

Si me pon­go a agra­de­cer y a nom­brar gen­te, no me van a dar los días. No me quie­ro ol­vi­dar de Pa­co Ca­sal y del Tano Gu­tié­rrez. Yo pen­sa­ba: ‘¿Por qué no se me ha­brán cru­za­do cuan­do es­ta­ba en mi me­jor mo­men­to de­por­ti­vo?’. Pe­ro los ti­pos se me cru­za­ron en un mo­men­to de mi vi­da muy im­por­tan­te con mi en­fer­me­dad. Cuan­do el Tano me lla­mó pa­ra re­unir­se con­mi­go, me ofre­ció to­do ti­po de so­lu­cio­nes pa­ra ir al ex­te­rior a una clí­ni­ca. Me pi­dió el his­to­rial clí­ni­co, se lo lle­vó a San Pa­blo. Y pen­sa­ba: ‘¡Pah! Es­to es in­creí­ble’. Me di­jo que me que­ría ayu­dar y yo le dije que no, por­que no me gus­ta. Soy así. Pe­ro la ter­mi­nó re­ma­tan­do cuan­do a los dos días me di­jo: ‘Te voy a lle­var a tra­ba­jar con­mi­go’. Yo me le reí. Y me di­jo: ‘Te es­toy ha­blan­do en se­rio’. Y ter­mi­né tra­ba­jan­do de co­men­ta­ris­ta de­por­ti­vo, al­go nue­vo pa­ra mí, pe­ro es co­men­tar al­go que hi­ce to­da la vi­da. Pa­co tam­bién me lla­mó dos o tres ve­ces pa­ra ofre­cer­se en lo que fue­ra. Pa­ra mí eso es muy im­por­tan­te.

La Mu­tual, ¿co­la­bo­ró con al­go?

Sí, me lla­ma­ron el Quique Saravia y el Co­co Be­nia y me pre­gun­ta­ron en qué po­dían ayu­dar­me. Les dije que no, pe­ro in­sis­tie­ron y al fi­nal, es­tu­vie­ron unos me­ses pa­gán­do­me las fac­tu­ras de la ca­sa. Eso fue has­ta que sur­gió to­do el pro­ble­ma en la Mu­tual.

De to­dos los men­sa­jes que re­ci­bió del mun­do, ¿cuál fue el que más le lle­gó?

El mí­ni­mo men­sa­je fue re­im­por­tan­te pa­ra mí. Pe­ro una vez, a las cua­tro y me­dia de la ma­ña­na, me lle­gó un men­sa­je que me des­per­tó. Ten­go un ami­go que ju­ga­ba al fút­bol con­mi­go, en el ba­rrio, que se lla­ma Luis Suá­rez. Y el men­sa­je te­nía ese nom­bre. Pe­ro vi la fo­to y era Luis Suá­rez, pe­ro el de Bar­ce­lo­na. Me man­dó un au­dio que me par­tió. ‘¡Pah! ¡Qué in­creí­ble pen­sé!’. Me eri­cé to­do. In­clu­so has­ta aho­ra es­ta­mos en con­tac­to. El otro día me en­vió un au­dio y me di­jo: ‘Lo­co, dis­cul­pa­me, lo que pa­sa es que de­jo el ce­lu­lar ahí y a ve­ces no lo re­vi­so’. Se ale­gró que es­tu­vie­ra sa­lien­do ade­lan­te y se pu­so a las ór­de­nes. Eso es im­pa­ga­ble. Que un mons­truo de esos te man­de un au­dio, es tre­men­do. Me des­per­tó y ya me le­van­té a pre­pa­rar­me el ma­te a esa ho­ra. Me co­mía los ni­ños cru­dos (se ríe). Tam­bién me lla­mó Juan Pe­dro Da­mia­ni y me di­jo que si te­nía que ir a una clí­ni­ca en el ex­te­rior, que él es­ta­ba a dis­po­si­ción. Gre­go­rio Pérez me lla­mó de Co­lom­bia. Con to­do ese apo­yo, pen­sa­ba: ‘Va­mo’ arri­ba. Me doy con­tra las pa­re­des’.

¿La pla­ta ha­ce la fe­li­ci­dad?

No ha­ce la fe­li­ci­dad, pe­ro ayu­da. Pre­fie­ro ser fe­liz con mis hi­jos, te­ner mi te­cho, co­mer un re­fuer­zo de dul­ce de le­che o una tor­ta fri­ta con un ma­te, pe­ro ser fe­liz. Ob­vio que la pla­ta ayu­da, por­que si no te­nés pa­ra pa­gar tus cuen­tas, te preo­cu­pa. Pe­ro eso es mí­ni­mo.

Hu­bo mu­chos he­chos que lo hi­cie­ron fuer­te.

Cuan­do sa­lió la bom­ba de mi te­ma, an­tes de mi ope­ra­ción, me lle­ga­ron ver­sio­nes de que me es­ta­ba mu­rien­do. Al prin­ci­pio es­ta­ba un po­co shoc­kea­do. Me da­ba co­sa sa­lir, pe­ro aho­ra lo ha­go sin pro­ble­mas. Es­toy fuer­te co­mo un ro­ble, y quie­ro de­mos­trar­le a la gen­te que es­toy bien. An­tes de ope­rar­me ha­bía 30 ju­ga­do­res de to­dos los equi­pos acá en ca­sa. Me sen­tía fuer­te co­mo un bú­fa­lo. Lo de la gen­te de Fénix, ri­val eterno de Ra­cing don­de ju­ga­ba yo, fue es­pec­ta­cu­lar. Me lla­mó un hincha y vino a ca­sa con la ca­mi­se­ta de Fénix. Hi­zo una mo­vi­da en el club, me hi­zo pa­sar por to­da la hin­cha­da de Fénix de ida y vuel­ta ha­cien­do una co­lec­ta pa­ra mí. Yo le de­cía: ‘Me van a ma­tar acá’. ‘Ve­ní con­mi­go’, me di­jo. Y me da­ban pa­ra ade­lan­te. Una vie­ji­ta me di­jo: ‘Si te ha­bré re­la­ja­do, m’hi­jo’. Y me hi­cie­ron llo­rar. Más allá de la ri­va­li­dad de Ra­cing y Fénix, es­te te­ma es­ta­ba por fue­ra. Me brin­da­ron un ca­ri­ño que me fui del Ca­pu­rro que pa­re­cía que va­lía US$ 5 mi­llo­nes.

Su pa­sión por el fút­bol lo lle­vó a ju­gar in­clu­so es­tan­do en­fer­mo.

Es­tu­ve ju­gan­do en el cua­dro de ba­rrio, que se lla­ma 21 de No­viem­bre y que jue­ga en Pie­dras Blan­cas. Sa­lí go­lea­dor con 37 go­les. Na­die sa­bía y yo es­ta­ba en­fer­mo. Un día un pi­be me ofre­ció un va­so de cer­ve­za y le dije: ‘No, no to­mo. Apar­te es­toy en­fer­mo y me ten­go que ope­rar’. Y no me creía. Des­pués me fui a ju­gar fút­bol pla­ya con Ra­cing y dos días an­tes de la ope­ra­ción, ju­gué el úl­ti­mo par­ti­do. Me sen­tía qui­zás un po­co can­sa­do, pe­ro na­da más. Ju­ga­ba en el me­dio. Me enojé con Ca­pu­rro que ha­cía de téc­ni­co, por­que no me da­ba mu­chos mi­nu­tos. Al par­ti­do si­guien­te, me pu­so va­rios mi­nu­tos y has­ta le pe­dí cam­bio. No me da­ban las gam­bas por la are­na tan pe­sa­da, no me po­día sa­car a un ti­po de arri­ba. Me de­cían: ‘Vos sos lo­co de ver­dad. Te es­tás por ope­rar y es­tás ju­gan­do acá’.

Los se­res hu­ma­nos sa­ben que en al­gún mo­men­to se van a mo­rir. Más allá de que us­ted tie­ne una per­so­na­li­dad bár­ba­ra y siem­pre fue fuer­te, ¿le tie­ne mie­do a la muer­te?

Sí. No le ten­go mie­do a na­da, pe­ro a la muer­te sí. La ope­ra­ción fue to­do un éxi­to y es­ta­ba fe­liz. Pe­ro al otro día, con las re­ten­cio­nes de lí­qui­do, de ori­na, a las 2 de la ma­ña­na me tu­vie­ron que ha­cer una to­mo­gra­fía pa­ra ver si te­nía el in­tes­tino pe­ga­do, le dije a mi se­ño­ra: ‘No aguan­to más. Es­toy can­sa­do’. Y era ver­dad, por­que ha­cía tres días que no dor­mía ni co­mía. Cuan­do me lle­va­ron en la ca­mi­lla pa­ra ha­cer­me la to­mo­gra­fía, dije pa­ra mí: ‘No aguan­to’. Cuan­do me me­tie­ron aden­tro del tu­bo, es­ta­ba de­caí­do, los ojos los te­nía pa­ra aden­tro. Cuan­do sa­lí de la to­mo­gra­fía le dije eso a mi se­ño­ra, que es­ta­ba can­sa­do. No sé si iba a ti­rar la toa­lla. Des­pués me die­ron la no­ti­cia de que es­ta­ba to­do bien. Pe­ro ese día sí me asus­té, y dije: ‘Se me apa­ga la luz’. Se te vie­nen mu­chas co­sas a la ca­be­za, el te­ma de la fa­mi­lia. Y pen­sa­ba: ‘Yo no me pue­do mo­rir’. Me ha­bía asus­ta­do y le ten­go mie­do a la muer­te. Sin du­da.

El men­sa­je que me que­da es que hay que ser bue­na per­so­na, ha­cer­se que­rer, ha­cer ami­gos; sien­do bue­na per­so­na, se te abren mu­chas puer­tas. Siem­pre fui un hom­bre de re­mar­la, por­que con 10 años te­nía­mos va­cas y ca­ba­llos, ven­día­mos le­che en un ca­rro, tor­ta fri­tas y pas­te­les los días de par­ti­do en el Tróc­co­li. En 1994, que fui un po­co co­no­ci­do en Uru­guay Mon­te­vi­deo, pe­si­to que co­bra­ba –que no eran mu­chos–, lo guar­da­ba por­que mi ob­je­ti­vo era mi ca­sa y con el pa­so del tiem­po, pu­de ha­cér­me­la; hoy se la pue­do de­jar a mis hi­jos”

Nun­ca pen­sé en que iba a te­ner es­ta en­fer­me­dad y pa­sar por to­do lo que pa­sé, por­que pa­sé por eta­pas muy du­ras. No me que­da­ban lu­ga­res en los bra­zos pa­ra pin­char­me. Ha­bía días que es­ta­ba des­tro­za­do, pe­ro me le­van­ta­ba y me iba a ha­cer la ra­dio. Es­ta­ba con­ven­ci­do que te­nía que sa­lir ade­lan­te”

Es cier­to que ten­go va­rias vír­ge­nes y san­tos en ca­sa; soy cre­yen­te, no soy de ir a la igle­sia, pe­ro me re­fu­gio mu­cho en las vír­ge­nes o san­tos. La vir­gen de Lour­des, San Ex­pe­di­to, el pa­dre Pío, San Co­ni­to. Cuan­do ten­go al­gún es­tu­dio o al­go que pe­dir, las pon­go to­das ahí, le pon­go ve­li­tas con mi hi­jo, nos arro­di­lla­mos y le pe­di­mos. Eso tam­bién me da mu­cha fuer­za y mu­cha fe”

L. CA­RRE­ÑO

L. CA­RRE­ÑO

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