Ejem­plos de pre­sen­te y de fu­tu­ro

A pe­sar de que a al­gu­nos ba­rrios se los co­no­ce so­lo por la cró­ni­ca ro­ja y las per­ma­nen­tes ma­las no­ti­cias, es cla­ve des­ta­car ejem­plos de lo con­tra­rio que pa­san allí, don­de el “sí se pue­de” co­bra fuer­za

El Observador Fin de Semana - - Opinión -

El “sí se pue­de” no de­pen­de del en­torno sino de ca­da uno

Un día cual­quie­ra, en un bar cual­quie­ra (bueno, no en uno cual­quie­ra sino en uno especial de Po­ci­tos), un mo­zo cual­quie­ra (bueno, no un mo­zo cual­quie­ra sino un mo­zo con 40 años de ex­pe­rien­cia en su tra­ba­jo, mu­cho sen­ti­do de res­pon­sa­bi­li­dad y muy buen hu­mor) uno pue­de te­ner una con­ver­sa­ción co­mo la si­guien­te. Pa­ra mí, di­ce el mo­zo en cues­tión, el clien­te es lo pri­me­ro (yo pien­so pa­ra mis aden­tros, ¿le­yó a Jeff Be­zos?). Y si­gue. Lo he prac­ti­ca­do to­da la vi­da. Me lo en­se­ña­ron na­da más co­men­zar en es­ta ta­rea. El otro día le di­je a un com­pa­ñe­ro a la vis­ta del due­ño del co­mer­cio: el ali­men­to no se to­ca con la mano. Mi com­pa­ñe­ro, mu­cho me­nor, to­mó un pes­ca­do, lo co­ci­nó, lo to­mó con las ma­nos y lo pu­so en el pla­to. Te di­je, con­ti­nuó, que eso no se ha­ce. To­mé el pes­ca­do y lo arro­jé a la ba­su­ra. Eso así no se lo lle­vo al clien­te. Y al mis­mo tiem­po, me di­ri­gí al je­fe y le di­je, des­cuén­te­me­lo de mi sa­la­rio pe­ro mien­tras yo es­té aquí, la co­mi­da no se to­ca con las ma­nos, co­mo us­ted sa­be bien que es nor­ma en es­te co­mer­cio.

Y le pre­gun­té: ¿se lo des­con­tó? Me mi­ró y me di­jo: al fi­nal no, aun­que yo le in­sis­tí que sí. Yo cui­do a los clien­tes de es­te es­ta­ble­ci­mien­to tan­to co­mo si fue­ra de mi pro­pie­dad. Me que­dé ad­mi­ra­do. No es el sen­ti­mien­to ha­bi­tual aun­que hay mu­chos mo­zos se­rios en mu­chos es­ta­ble­ci­mien­tos gas­tro­nó­mi­cos de es­te país. Gen­te que sien­te or­gu­llo por su ta­rea y gen­te que sa­be que el clien­te es lo pri­me­ro sin ha­ber oí­do ha­blar si­quie­ra de Jeff Be­zos ni de Ama­zon. Gen­te que va­lo­ra el tra­ba­jo que tie­ne y que lo ha­ce lo me­jor po­si­ble. Y que quie­re trans­mi­tir esa ex­pe­rien­cia a los que vie­nen de­trás su­yo. Gen­te con un gran sen­ti­do de res­pon­sa­bi­li­dad, que es lo que ha­ce gran­de es­te país y mu­chos otros paí­ses.

Es­te su­ce­di­do, en per­so­na y ha­ce dos se­ma­nas en es­ta ciu- dad, es lo que me lle­va a mi­rar el fu­tu­ro con op­ti­mis­mo, a pen­sar que no se pue­de de­jar que el des­alien­to ga­ne la par­ti­da, a que los cul­to­res del “no se pue­de” ter­mi­nen im­po­nién­do­se.

Del “no se pue­de” es­cri­bió ha­ce po­co en Fa­ce­book Gonzalo Fras­ca, di­se­ña­dor de vi­deo­jue­gos e in­ves­ti­ga­dor aca­dé­mi­co y que aca­ba de ser re­co­no­ci­do en Fin­lan­dia por un vi­deo­jue­go pa­ra en­se­ñar ma­te­má­ti­ca, lue­go de vi­si­tar el Cen­tro Edu­ca­ti­vo Los Pi­nos, si­tua­do en Ca­sa­va­lle.

He aquí su re­la­to: “Lo que que­ría men­cio­nar­les fue una con­ver­sa­ción que tu­ve con tres alum­nos, ado­les­cen­tes. Es­ta­ban en un co­rre­dor, jun­to a su pro­fe, tra­ba­jan­do en un pro­gra­ma de 3D. ‘Es­ta­mos ha­cien­do una nue­va ver­sión de nues­tro cohe­te’, me di­je­ron. Mi ex­pe­rien­cia per­so­nal con cohe­tes en cen­tros edu­ca­ti­vos se li­mi­ta a tu­bos de car­tu­li­na con bri­llan­ti­na, pe­go­ti­nes de es­tre­llas y al­go­dón en la ba­se pa­ra si­mu­lar hu­mo. En po­cos mi­nu­tos com­pren­dí que las co­sas cam­bia­ron un pe­lín des­de que yo fui a la es­cue­la. Los gu­ri­ses me con­ta­ron que ya ha­bían lan­za­do una pri­me­ra ver­sión. El com­bus­ti­ble lo hi­cie­ron con la pro­fe de quí­mi­ca. ‘Ha­bla­mos con la Fuer­za Aé­rea y nos ce­rra­ron el es­pa­cio aé­reo pa­ra lan­zar el cohe­te. Hu­bo que es­pe­rar un po­co más de lo pre­vis­to por­que tu­vo que pa­sar un avión’. El cohe­te lle­va­ba sen­so­res me­te­reo­ló­gi­cos que cons­tru­ye­ron y pro­gra­ma­ron ellos mis­mos con ar­duino. O sea, no era ni por aso­mo un ju­gue­te. Me si­guie­ron ex­pli­can­do. El nue­vo pro­to­ti­po de cohe­te ya no ten­drá pa­ra­caí­das, sino que cae­rá con hé­li­ces. Lo im­pri­mie­ron en 3D pe­ro si es muy po­ten­te y vue­la muy al­to ha­brá que ver de ha­cer­lo en otro ma­te­rial por­que la fric­ción con la at­mós­fe­ra lo de­rre­ti­ría. Yo iba pre­pa­ra­do pa­ra en­con­trar­me con los ma­los del Có­di­go Da

Vin­ci y me en­con­tré con tres li­cea­les di­ri­gien­do la NA­SA en me­dio del can­te. An­tes de ir­me, me­dio en jo­da me­dio en se­rio, les pre­gun­té a los es­tu­dian­tes: ‘el pa­so si­guien­te es un sa­té­li­te, ¿ no?’. Uno de ellos ape­nas le­van­tó la vis­ta de la compu­tado­ra y con to­da la se­rie­dad del uni­ver­so me di­jo: ‘Pue­de ser’. Si yo les di­go Bo­rro, Ca­sa­va­lle, Mar­co­ni, pro­ba­ble­men­te la ca­be­za se nos va­ya pa­ra el la­do de la cró­ni­ca po­li­cial. Y sin em­bar­go, an­tes de ser un ba­rrio, Mar­co­ni fue un ita­liano pre­mio No­bel de Fí­si­ca, pio­ne­ro de las ra­dio­co­mu­ni­ca­cio­nes, quien ca­sual­men­te en 1910 vi­vió un tiem­po en Uru­guay. ¿ Es un de­li­rio ab­so­lu­to pen­sar que un ba­rrio es­tig­ma­ti­za­do pue­de en pocas dé­ca­das trans­for­mar­se en un lu­gar de cien­cia digno de su ilus­tre nom­bre? En lo per­so­nal, yo creo que es un de­li­rio, una fan­ta­sía. Pe­ro hay tres ado­les­cen­tes que di­cen que ‘pue­de ser’”.

Has­ta aquí Gonzalo Fras­ca. Y se­gu­ro que hay mu­chos otros ejem­plos de es­te estilo. De mo­zos que cui­dan a sus clien­tes más que a sí mis­mos y de chi­cos que vi­ven en un can­te­gril de los que son co­no­ci­dos por la cró­ni­ca po­li­cial y no por los éxi­tos as­tro­nó­mi­cos pe­ro a los 12 años lan­zan cohe­tes de ver­dad y sue­ñan con lan­zar un sa­té­li­te. Y del pro­pio Fras­ca en Fin­lan­dia. No ven lí­mi­tes a sus sue­ños aun­que el en­torno más bien ti­ra pa­ra aba­jo.

Por eso, el “sí se pue­de” no de­pen­de del en­torno sino de ca­da uno. Y es­te país des­pe­ga­rá de­pen­dien­do de lo que ca­da uno ha­ga.

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