¿ENAMO­RA­DA?

El Pais (Uruguay) - Sabado Show - - #LOS MÁS VISTOS - MA RIEL V ARE LA F OTOS : DAR­WIN B ORR E L L I

Em­pe­zó a es­cri­bir un dia­rio ín­ti­mo y pin­tar man­da­las pa­ra tran­qui­li­zar­se en los ro­da­jes de Es­pe­ran­za Mía. La ti­ra fue un éxi­to pe­ro la in­ter­na era tan caó­ti­ca que Án­ge­la Torres no lo dis­fru­tó. De esa fic­ción se lle­vó una lin­da amis­tad con Na­ta­lie Pé­rez, y hoy can­ta­rán jun­tas en La Tras­tien­da de Mon­te­vi­deo. Re­co­no­ce que su ape­lli­do le abrió puer­tas. Di­ce que no vol­ve­ría al Bai­lan­do por­que la pa­só mal. Char­ló con Sá­ba­do Show en el hall de En­joy pre­vio a la fies­ta de #LosMásVistos y con­tó que es­tá sol­te­ra. Di­jo, ade­más, que no le mo­les­ta que se “fan­ta­seen” con que tie­ne un ro­man­ce con Agus­tín Ca­sa­no­va, su com­pa­ñe­ro en la fic­ción Si­mo­na.

—A los tres años te subis­te al es­ce­na­rio de Ri­ver a can­tar con tu tío, Die­go Torres, ¿te mar­có?

—Fue her­mo­so. Ten­go un re­cuer­do fi­jo en mi ce­re­bro que no ol­vi­dé ja­más. Ha­ber ma­ma­do to­do eso des­de tan pe­que­ña des­per­tó al­go en mí.

—¿Cuán­to in­flu­yó la ad­mi­ra­ción por tu abue­la, Lo­li­ta Torres, pa­ra que de­ci­die­ras ser ar­tis­ta?

—No tie­ne mu­cho que ver una co­sa con la otra. A mi abue­la la ad­mi­ra­ría aun­que hu­bie­ra si­do abo­ga­da. De­ci­dí es­te tra­ba­jo por al­go que me pa­sa­ba a ni­vel per­so­nal con el ar­te.

—¿Ima­gi­nás qué te di­ría tu abue­la si vie­ra tu éxi­to hoy?

—Me ima­gino que es­ta­ría or­gu­llo­sa, tra­ta­ría de ayu­dar­me a te­ner los pies en la tie­rra y me da­ría con­se­jos sin­ce­ros. Me en­can­ta­ría que es­tu­vie­ra acom­pa­ñán­do­me. Sé que me cui­da­ría.

—Con 9 años le pe­dis­te al au­tor de Pa­ti­to Feo que te es­cri­bie­ra una es­ce­na y ac­tuas­te ocho ca­pí­tu­los, ¿có­mo lo con­ven­cis­te?

—Se lo di­je una so­la vez, pe­ro lo deseé tan­to que te­nía to­do ar­ma­do: el per­so­na­je era “Bo­lo 4” y yo de­cía que se lla­ma­ba An­to­nia por­que que­ría ser igual a An­to­ne­lla (el rol de Bren­da As­ni­car) y te­nía que te­ner una la­pi­ce­ra con bri­lli­tos. Fui con una his­to­ria y un rol crea­dos sien­do tan pe­que­ña, y eso les de­be de ha­ber di­ver­ti­do.

—¿Sen­tís que se te abrie­ron puer­tas más fá­cil por tu fa­mi­lia?

—Creo que fue más fá­cil pa­ra mí. A Adrián (Suar) lo co­noz­co por mi ma­má, lo veía en los cum­plea­ños, y tu­ve una lle­ga­da más ins­tan­tá­nea. Des­pués de­pen­de de có­mo for­más tu ca­mino y qué ha­cés con lo que te­nés.

—¿Cuán­to te cos­tó sa­lir del ano­ni­ma­to sien­do tan chi­ca?

—No me cuesta, tra­to de na­tu­ra­li­zar­lo. Es­toy acos­tum­bra­da por­que des­de que na­cí lo vi en mi ma­má (Glo­ria Ca­rrá), mi pa­dras­tro (Lu­ciano Cá­ce­res), mi tío y mi abue­la. Mi fa­mi­lia me ha da­do bue­nos con­se­jos y me han en­se­ña­do a ma­ne­jar­lo de for­ma tran­qui­la. No fue que de un día pa­ra el otro di­je, “¿qué es to­do es­to?, ¿có­mo me ha­go car­go?” Lo ve­nía ob­ser­van­do y sa­bía que en al­gún mo­men­to me iba a to­car.

—¿Te has sen­ti­do in­va­di­da?

— Sí. A ve­ces la gen­te no en­tien­de que es­tás des­can­san­do y te di­cen, “vos sos fa­mo­so”, pe­ro lo soy en con­se­cuen­cia a mi rol de ac­triz, por­que me de­di­co al ar­te, lo otro es un com­bo que vie­ne y no lo ele­gís, te to­ca.

—¿Es cier­to que cuan­do fuis­te a te­ra­pia le men­tis­te al psi­có­lo­go?

—Sí, fui cin­co se­sio­nes y le in­ven­té to­da una his­to­ria. No me gus­ta­ba ir a ha­blar con un des­co­no­ci­do en­ton­ces

ac­tua­ba. Aho­ra siento que qui­zá de­be­ría im­ple­men­tar­lo.

—Em­pe­zas­te a es­cri­bir un dia­rio ín­ti­mo y pin­tar man­da­las du­ran­te ¿por qué?

Es­pe­ran­za Mía,

—Era una ayu­da pa­ra tran­qui­li­zar­me y dar­me un es­pa­cio pa­ra pen­sar en mí por­que fue un pro­gra­ma bas­tan­te in­ten­so don­de no ha­bía la me­jor ener­gía. A la ti­ra le fue muy bien pe­ro aden­tro to­do era un po­co caó­ti­co y nin­guno po­día dis­fru­tar­lo.

—Te que­dó el há­bi­to de es­cri­bir an­tes de dor­mir, ¿so­bre vos o fic­ción?

—So­bre mí, lo ha­go co­mo te­ra­pia. Tra­to de en­con­trar tiem­po por­que me gus­ta es­cri­bir. Y tam­bién pin­to.

—¿El tri­bu­to a tu abue­la fue lo me­jor que te pa­só en el ?

Bai­lan­do —No, lo me­jor que me pa­só fue que me en­con­tré con un lu­gar muy dis­tin­to a lo que es­ta­ba acos­tum­bra­da y a lo que yo soy, y eso me en­se­ñó, un po­co a las pa­ta­das, a cre­cer.

—¿Te fal­ta­ron el res­pe­to en al­gún mo­men­to?, ¿vol­ve­rías?

—Yo no la pa­sé tan bien, qui­zá por­que me to­mé las co­sas muy per­so­na­les. No sé qué tan pre­pa­ra­da es­toy pa­ra vol­ver a es­tar en ese lu­gar, y ade­más no me lla­man.Yo no les ser­vía.

—¿Sen­tis­te con­ten­ción al la­do de Mar­ce­lo Ti­ne­lli?

—No, pe­ro no creo que fue­ra él quien tu­vie­ra que dar­me con­ten­ción.

—Vi­vís so­la des­de los 17, ¿siem­pre fuis­te in­de­pen­dien­te?

—To­da la vi­da, des­de los dos años, nun­ca me ape­gué a na­da, ni a na­die. A mí ma­má le de­cía que me iba a ir de ca­sa a los 28 años, pe­ro no aguan­té, me fui ape­nas pu­de. Me cam­bió la vi­da vi­vir so­la. Ne­ce­si­ta­ba esa paz.

—Es­tás sol­te­ra y se ha­bla mu­cho de la quí­mi­ca en­tre vos y Agus­tín Ca­sa­no­va, ¿có­mo es la re­la­ción en­tre us­te­des?

—Te­ne­mos una muy bue­na re­la­ción. He­mos en­con­tra­do una quí­mi­ca que no su­ce­de a me­nu­do y ha­ce­mos uso de po­der. Es­tá bien que fan­ta­seen, sue­le su­ce­der cuan­do uno ha­ce de pa­re­ja en la fic­ción. Yo sien- to, ade­más, que Agus es de esas per­so­nas que uno en­cuen­tra pa­ra to­da la vi­da. Nos que­re­mos mu­cho, so­mos muy ami­gos.

—¿Com­par­ten mu­chas co­sas?

—Com­par­ti­mos muchos mo­men­tos, ma­ne­ras de pen­sar, de ver la vi­da y el mun­do. Él es un chi­co muy sa­bio y es­toy muy con­ten­ta de te­ner­lo al la­do en es­te pro­ce­so. Nos ha­ce­mos bien el uno al otro.

—Ha­blan mu­cho so­bre mú­si­ca, ¿te ha da­do al­gún con­se­jo?

—Me da con­se­jos pa­ra to­do. Te das vuel­ta y es­tá ha­blan­do con al­guien. Es muy dulce pa­ra char­lar, le gus­ta es­cu­char­te, es­tar aten­to, ob­ser­var.

—Tie­ne un cos­ta­do muy es­pi­ri­tual, ¿te lo trans­mi­te?

—Sí, él es her­mo­so. Te da mu­cha cal­ma. Es ma­ra­vi­llo­so es­tar con él por­que tie­ne una ener­gía muy lin­da.

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