NUE­VA VER­SIÓN.

Ago­tó las en­tra­das en dos se­ma­nas pa­ra el show del 13 de ju­nio en la Zi­ta­rro­sa. Da­rá un nue­vo re­ci­tal el 8 de agos­to y mos­tra­rá sus ba­la­das.

El Pais (Uruguay) - Sabado Show - - SUMARIO -

De­nis Elías, “el prín­ci­pe de la ple­na”, quie­re sal­tar al ex­te­rior.

Ha­ce tiem­po que no tie­ne ga­nas de mo­ver­se de su ca­sa los fi­nes de se­ma­na. Los ca­sa­mien­tos y las fies­tas de 15 ya no le “mue­ven el piso”. So­lo le mo­ti­va ar­mar shows en tea­tros. De­nis Elías sin­tió que ha­bía to­ca­do un te­cho cuan­do en 2012 can­tó pa­ra cin­co mil per­so­nas en el Tea­tro de Ve­rano. De­ci­dió cam­biar de es­ti­lo, gra­bar ba­la­das, reg­gae­tón y ba­cha­tas pa­ra lle­var su mú­si­ca al ex­te­rior por­que sa­bía que con la ple­na ja­más lo con­se­gui­ría. “Ya lo­gré to­do acá, si me que­do voy a se­guir en la zo­na de con­fort”, di­ce. Si no con­cre­ta ese pa­so se ba­ja­rá del es­ce­na­rio y se de­di­ca­rá a pro­du­cir a otros ar­tis­tas, o pon­drá un ne­go­cio. Pi­no­cho So­sa lo lla­mó al fi­na­li­zar el Car­na­val y le di­jo que ha­bía un tra­je con su nom­bre. Li­ma­ron as­pe­re­zas y en 2019 vol­ve­rá a ser un Zín­ga­ros.

—Can­tás des­de los 5 años, ¿có­mo des­cu­bris­te tu voz?

—Mi tío me ha­cía can­tar y en aquel mo­men­to no me da­ba cuen­ta si te­nía voz o no por­que yo so­lo pen­sa­ba en ju­gar a la pe­lo­ta en la ve­re­da. De un día pa­ra el otro me di cuen­ta de que le pe­ga­ba al can­to. Fui a dar la prue­ba al con­jun­to Los Prín­ci­pes, con 17 años, y que­dé.

—Dis­tor­sio­na­bas la cla­se can­tan­do al fon­do, ¿te arre­pen­tís de no ha­ber ter­mi­na­do el li­ceo?

—No, ni a pa­los. La vi­da es una so­la, hi­ce has­ta ter­ce­ro de li­ceo, cum­plí esa eta­pa, la vi­ví co­mo la vi­ví, y no me pue­do arre­pen­tir por­que yo sa­bía que el es­tu­dio no era pa­ra mí. Po­día pa­sar ho­ras y no me que­da­ba na­da. Era pa­ra ser fut­bo­lis­ta o can­tan­te.

—¿Qué re­cor­dás de la prue­ba que dis­te en el Club Fé­nix pa­ra en­trar en Ka­ri­be con K?

—Pa­sé de can­tar en mi ca­sa con un des­odo­ran­te en la mano a aga­rrar un mi­cró­fono de ver­dad y ver a Yesty Prieto, al Cha­to Aris­men­di y Ramón Ló­pez to­mán­do­me la prue­ba. Re­cuer­do al crea­dor de Ka­ri­be, Eduardo Ri­ve­ro, que es­ta­ba con un ci­ga­rro en la mano es­cu­chán­do­me can­tar Dé­ja­me un be­so.

—¿Te in­ti­mi­dó?

—No. Siem­pre me pre­gun­to có­mo no me pa­só por la men­te lo que es­ta­ba ha­cien­do. Fui, can­té y lis­to.

—Vol­vis­te sú­per eu­fó­ri­co a tu ca­sa, ¿qué te di­jo tu ma­dre?

—Me to­mé el 17 en la puer­ta del Club Fé­nix rum­bo al Ce­rro y me ba­jé co­mo lo­co. No lo po­día creer. Lle­gué a mi ca­sa, le con­té a mi ma­dre, me abra­zó y re­cuer­do que com­pró Coca Co­la, piz­zas, unas ti­ras de asa­do y lla­mó a gen­te co­no­ci­da. Sen­tí que era un cum­plea­ños. Fue co­mo un fes­te­jo.

—¿Qué cam­bió des­de ese pri­mer show en el In­ter­bai­la­ble don­de te tem­bla­ban las pier­nas con Ka­ri­be?, ¿se pue­de sen­tir con la mis­ma in­ten­si­dad des­pués de tan­tos es­ce­na­rios en­ci­ma?

—Yo sen­tí tres ve­ces esa adre­na­li­na por el cuer­po y no la sen­ti­ré nun­ca más. La pri­me­ra vez con Ka­ri­be re­cuer­do que me ha­bía ano­ta­do un pe­da­ci­to de la can­ción que iba a can­tar por­que es­ta­ba sú­per ner­vio­so. La adre­na­li­na del Ci­ne Pla­za en 2011 fue te­rri­ble tam­bién: pa­sé de ha­cer dos tea­tros Ste­lla pa­ra 400 per­so­nas a uno de tres mil, era co­mo ver una tri­bu­na del es­ta­dio lle­na. Y la adre­na­li­na del concierto en el Tea­tro de Ve­rano en 2012: fui el pri­mer ar­tis­ta en lle­nar­lo ha­cien­do mú­si­ca tro­pi­cal. Hoy es tan­ta la cos­tum­bre que ya se me con­vir­tió en ru­ti­na, en­ton­ces no ten­go la adre­na­li­na de sa­lir a es­ce­na. Lo ha­go co­mo un la­bu­ro.

—Fuis­te em­plea­do de áreas ver­des en la In­ten­den­cia y lo su­frías por­que ser alér­gi­co al pas­to, ¿no?

—Es ver­dad. Me iba de mi ca­sa a las seis de la ma­ña­na y to­ma­ba an­ti­alér­gi­co a mo­rir. Era in­so­por­ta­ble. Es­tor­nu­da­ba to­do el día.

—En un mo­men­to di­jis­te, “no es lo mío, no da pa­ra más”, ¿fue la me­jor de­ci­sión que to­mas­te?

—Sí. Te­nía la con­tra de mi ma­dre que me de­cía, “no de­jes la In­ten­den­cia, es un tra­ba­jo pa­ra to­da la vi­da”. Y eso me ha­cía pen­sar. Yo me le­van­ta­ba a las seis de la ma­ña­na, vol­vía a la una de la tar­de, co­mía, me acos­ta­ba a dor­mir la sies­ta, y per­día ho­ras de pen­sar, ele­gir y pro­du­cir una can­ción. No me es­ta­ba rin­dien­do. Ne­ce­si­ta­ba ser fe­liz y li­bre. Hoy vi­vo pa­ra la mú­si­ca.

—De­cís que crees en Dios a tu ma­ne­ra, ¿có­mo se­ría?

—No en­tro a una igle­sia a re­zar, pe­ro si pa­so por una me per­signo. Ten­go mi Je­sús, mi vir­gen y mis cru­ci­fi­jos en el cuar­to.

—Eduardo Ri­ve­ro te de­cía que las can­cio­nes son co­mo hi­jos, ¿to­mas­te ese consejo?

—Cla­ro. Te­nía to­da la ra­zón del mun­do. A mí me pa­sa­ba que cla­var una can­ción me ge­ne­ra­ba tra­ba­jo to­do un año. Por eso pre­ci­sa­ba de­jar de la­bu­rar y de­di­car­me a la mú­si­ca. En­ten­dí el men­sa­je de Ri­ve­ro. Hay cien­tos de ar­tis­tas que aga­rran lo que en­cuen­tran y lo gra­ban, y al mes tie­nen que bus­car otro te­ma por­que no les rin­de. Pa­ra mí una can­ción es un hi­jo, es un gol y ge­ne­ra tra­ba­jo.

Eres tan be­lla Co ra­zó n he­ri­do

— y ex­plo­ta­ron a la se­ma­na de ha­ber sa­li­do, ¿lo veías ve­nir?

—No creía que pu­die­ran ex­plo­tar en una se­ma­na, pe­ro sí que esas dos can­cio­nes eran las ne­ce­sa­rias pa­ra el co­mien­zo de mi ca­rre­ra y que iba a pa­sar al­go con ellas. Fue muy rá­pi­do.

—¿Es­tás or­gu­llo­so de tus hits?

—Sí. La úl­ti­ma ple­na que gra­bé, Qué­da­te, tie­ne nue­ve mi­llo­nes de vi­si­tas en el ca­nal UMR. Y has­ta el día de hoy voy a un show y ten­go que can­tar Ho­ra­sVa­cías que es de 2008.

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