CLA­RA FIGUEREDO.

La hi­ja del pe­rio­dis­ta quie­re cam­biar el mun­do.

El Pais (Uruguay) - Sabado Show - - SUMARIO -

La hi­ja ma­yor de Ale­jan­dro Figueredo rehi­zo su vi­da en Mia­mi. Es­tu­dia bio­lo­gía ma­ri­na y en Ins­ta­gram su­ma más de 16.000 se­gui­do­res, con quie­nes com­par­te fo­tos de pla­ya (“mi lu­gar en el mun­do”). Co­mo pro­fe­sio­nal en el fu­tu­ro o co­mo co­mu­ni­ca­do­ra de re­des, la jo­ven desea lo­grar un cam­bio de con­cien­cia so­bre el eco­sis­te­ma ma­rino.

—¿Có­mo son tus días en Mia­mi?

—Muy di­fe­ren­tes a los de Uru­guay. Es di­fí­cil lle­var­le el rit­mo a la ciu­dad por­que hay mu­chas pa­ra ha­cer. Pe­ro no te­ner una ru­ti­na fi­ja, me ayu­dó mu­cho a ba­lan­cear la lo­cu­ra de los even­tos y co­sas pa­ra ha­cer con los es­tu­dios y las res­pon­sa­bi­li­da­des. En­cuen­tro tiem­pos pa­ra mí, cuan­do en Uru­guay es­ta­ba mu­cho más es­tre­sa­da. Es un pla­cer es­tar acá.

—¿Qué es lo que más ex­tra­ñás de Uru­guay?

—Las jun­ta­das con mis ami­gas, des­de ir a to­mar un ma­te a Lie­ja, ver un par­ti­do de fút­bol o ti­rar­nos en el si­llón de la ca­sa de al­gu­na. A la fa­mi­lia tam­bién. El asa­do te di­ría que no por­que soy ve­ge­ta­ria­na. Lo que ex­tra­ño es el fai­ná ca­se­ro.

—En un posteo ha­bla­bas de la im­por­tan­cia de la mo­ti­va­ción, ¿qué te man­tie­ne mo­ti­va­da?

—Pien­so que las ga­nas de vi­vir. Soy una per­so­na sú­per an­sio­sa que quie­re ha­cer to­do ya, con me­tas muy cla­ras. Es­ta ciu­dad tan cos­mo­po­li­ta me per­mi­tió co­no­cer más el mun­do y abrir­me a otras cul­tu­ras. Eso me man­tie­ne con la chis­pi­ta en­cen­di­da.

—Te­nés de más de 16.000 se­gui­do­res en Ins­ta­gram. ¿En qué mo­men­to te con­ver­tis­te en in­fluen­cer?

—¡Qué tér­mino el de in­fluen­cer! Creo que va más allá de las re­des por­que to­dos po­de­mos cau­sar im­pac­to en los de­más. En cuan­to a mi ex­pe­rien­cia, sen­tí que em­pe­za­ba a ser im­por­tan­te en las re­des cuan­do co­men­za­ron a con­tac­tar­se mar­cas pa­ra que sea em­ba­ja­do­ra. Aho­ra ten­go que ser más cons­cien­te de lo que pu­bli­co por­que me di cuen­ta del po­der que tie­ne una fo­to y de re­ci­bir tan­tos li­kes, co­men­ta­rios o men­sa­jes.

—¿Qué tan pen­dien­te es­tás de esa de­vo­lu­ción?

—En un mo­men­to es­ta­ba muy pen­dien­te. Pen­sa­ba mu­cho an­tes de com­par­tir una fo­to en fun­ción de lo que pen­sa­ba que po­día gus­tar más. Es­te año, en cam­bio, me abrí más a com­par­tir lo que a mí me gus­ta­ba y no so­lo lo que es­pe­ro que a la gen­te le gus­te.

—¿Qué con­te­ni­dos te gus­ta com­par­tir?

—Lo que me lla­ma la aten­ción de to­da la vi­da: el mar, la pla­ya y to­do lo que ten­ga que ver con eso. Me le­van­to y lo pri­me­ro que pien­so es en ir a la pla­ya. Es mi lu­gar en el mun­do y me gus­ta com­par­tir­lo en los se­gui­do­res.

—¿Có­mo de­fi­ni­rías la re­la­ción tu pa­pá, Ale­jan­dro Figueredo?

—Es­tá de­más. Nos lle­va­mos muy bien. Es mi fiel con­se­je­ro. Cual­quier co­sa que se me pa­se por la ca­be­za, lo con­sul­to con él. Co­mo per­so­na y co­mo pro­fe­sio­nal, lo ad­mi­ro. De­ja to­do por lo que sien­te. Me gus­ta­ría ser co­mo él: con su per­se­ve­ran­cia y sus ideas tan cla­ras.

—¿Te gus­ta el fút­bol?

—Me en­can­ta. Me críe en un ca­nal de te­le­vi­sión ro­dea­da de pan­ta­lli­tas con par­ti­dos del mun­do en­te­ro. A tra­vés de los re­la­tos, pa­pá me trans­mi­tió la pa­sión por el de­por­te que va más allá de un equi­po. Ob­via­men­te soy re­fa­ná­ti­ca de mi equi­po de fút­bol, el cual no pue­do men­cio­nar. Pe­ro más allá de eso pue­do ver cual­quier par­ti­do y me va a di­ver­tir.

—¿Cuá­les son tus me­tas?

—Es­toy fe­liz con el ca­mino que he to­ma­do. Quie­ro rea­li­zar­me co­mo pro­fe­sio­nal y com­ple­tar los es­tu­dios en bio­lo­gía ma­ri­na. Mi sue­ño en la vi­da es po­der ha­cer al­go por el pla­ne­ta, por el mar. Es­pe­ro po­der lo­grar­lo en al­gún mo­men­to. Que en los tra­ba­jos que ten­ga va­ya más allá de una rea­li­za­ción per­so­nal, sino un apor­te pa­ra el eco­sis­te­ma. Qui­zás tam­bién lo­gre cam­bios con las re­des, con­cien­ti­zan­do so­bre la im­por­tan­cia de cui­dar el pla­ne­ta.

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