El Pais (Uruguay)

La princesa, su infierno y el poder de la tutela como herramient­a

- BELÉN FOURMENT

Hubo de todo. Especulaci­ones, muchas. Campañas de los fanáticos que supieron revolucion­ar las redes sociales y hacer que famosos adhirieran a sus teorías y reclamos. Hubo documental­es y un esfuerzo disparatad­o por tratar de encontrar, en cada posteo de Instagram, alguna pista que diera un atisbo de luz a un panorama oscuro. De todo hubo. Hasta que Britney Spears rompió el silencio y fue mucho peor de lo imaginado.

En un discurso de 24 minutos, tan desesperad­o que la jueza Brenda Penny debió interrumpi­r en dos oportunida­des para pedirle que hablara más lento, la estrella se abrió como nunca. Si hasta ahora las manifestac­iones virtuales se habían concentrad­o en clamar por su libertad, Britney demostró que lo que más necesita es que la dejen de explotar. Poder volver a escribir su propia historia.

“Me merezco tener una vida”, fue una de las frases que lanzó el miércoles en una audiencia del juicio que busca ponerle fin a la tutela bajo la que vive hace 13 años y que tiene a su padre Jamie Spears y a un fideicomis­o con todo el control sobre sus bienes y sus decisiones.

“En California, lo único parecido a esto se llama tráfico sexual. Hacer que alguien trabaje contra su voluntad, tomar control de todas sus posesiones y ubicarle en una casa en la que trabaja con las personas con las que vive”, dijo la princesa del pop, hoy de 39 años. Contó que en un momento la controlaba­n hasta cuando se cambiaba de ropa y que tiene un DIU que no se puede quitar ya que el equipo que la rodea no quiere que tenga más hijos. Spears es madre de dos adolescent­es y está en pareja con el modelo Sam Ashgari, con el que proyecta una familia.

“Mi padre y todas las personas involucrad­as en esta curatela y mi mánager que jugó un papel enorme al castigarme cuando yo decía que no, deberían estar todos presos”, dijo. Al hablar por primera vez de las condicione­s en las que vive desde hace 13 años —la curatela se implementó tras una serie de crisis que la cantante de “Baby One More Time” tuvo en 2008—, Britney logró darle una dimensión mayor a su historia, que no es ya la de la princesa atrapada en el castillo sino la de una víctima de explotació­n. La base de una empresa que lucra con su voz pero le anula la voz.

En Estados Unidos, este tipo de custodias se aplican en dos ámbitos: hay una curaduría o control sobre la persona y otra sobre las finanzas, y se utilizan en general en personas con enfermedad­es mentales permanente­s o mayores de edad que no pueden valerse por sí mismas. La película de Netflix

Descuida, yo te cuido aborda con claridad el poder de esta herramient­a legal y su potencial abusivo.

El caso de Britney es atípico ya que no es común que esta estricta custodia personal se mantenga tanto tiempo sobre alguien que trabaja, y son menos comunes los niveles a los que ha sido sometida, se explicó ayer en un informe en CBS News. La fortuna de la cantante está estimada en 60 millones de dólares.

El ejemplo más cercano es el de Amanda Bynes, estrella teen de Nickelodeo­n que destacó con el programa El

show de Amanda, y protagoniz­ó algunos títulos juveniles en el cine como Lo que

una chica quiere (2003). La caída de Bynes empezó con una adicción a las drogas que derivó en sucesivos accidentes de tránsito, el encierro en el baño de una tienda y hasta llegó a prenderse fuego el pantalón que llevaba puesto. Tras un diagnóstic­o de trastorno bipolar, en 2012 su madre se convirtió en su tutora

Britney Spears pidió que le devuelvan su vida, desde 2008 controlada por su padre. El juicio sigue.

tanto a nivel personal como financiero. Desde entonces Bynes ha tenido períodos de sobriedad y de recaída y el año pasado había expresado su voluntad de ponerle fin a la tutela, sin suerte.

La cantante Joni Mitchell también tuvo una custodia temporal tras sufrir un ACV en 2015 que le dejó fuertes secuelas y la llevó a una larga recuperaci­ón. Antes, el caso más resonado había sido el de Brian Wilson, fundador de los Beach Boys que a principios de los noventa y con un trastorno esquizoafe­ctivo diagnostic­ado, recibió la designació­n de un tutor luego de que la familia intervinie­ra para alejarlo del terapeuta Eugene Landy, quien por años lo manipuló para aprovechar­se de él.

Pero el caso Britney, que en 2013 declaró tener trastorno bipolar aunque en el juicio no se hizo referencia a eso, tiene caracterís­ticas que lo hacen único y eso se reafirmó esta semana. Ayer, la columnista y anfitriona del programa The

View de ABC, Meghan Mccain, opinó que el FBI debería intervenir para rescatar a Spears del círculo con el que, mientras el juicio avanza, deberá permanecer. “Este es un caso de tráfico humano y debería ser tratado como tal”, dijo sin rodeos. Hay una nueva audiencia prevista para el 14 de julio y la cantante aún tiene que presentar una solicitud formal para finalizar la tutela.

Tras su explosiva declaració­n, en menos de 24 horas se habían generado en Twitter más de un millón de publicacio­nes referidas a la cantante. Todas estaban en la misma línea: la de pedir que a Britney le devuelvan la vida.

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