El Pais (Uruguay)

Borély XXI

- FRANCISCO FAIG

Casi nadie recuerda al belga Jules Borély, a pesar de que fue quien planteó por vez primera en 1870 la idea del doble voto simultáneo, cuya adopción caracteriz­ó a nuestra democracia y a nuestros partidos a lo largo de casi todo el siglo XX.

La fórmula es sencilla. En el mismo acto de votar, el ciudadano elige a un partido, es decir a una identidad colectiva con ciertos valores, ideas y propuestas, y también a una persona que cree que es la mejor para llevar adelante ese ideario. Quien ganaba así la elección era primero un partido, y luego, dentro de sus candidatos, se constataba quién había sido el preferido por el pueblo. Por ejemplo, en 1946: los uruguayos que votaron al Partido Colorado (PC) y dentro de él a la fórmula Berreta-batlle terminaron ganadores, a pesar de que la fórmula blanca Herrera-echegoyen recibió 25.000 votos más que la de Berreta.

La reforma constituci­onal de 1997 quitó el doble voto simultáneo para la elección de presidente. Costó tres elecciones a los partidos no-frenteampl­istas terminar de acomodar el cuerpo y organizar con inteligenc­ia una práctica proselitis­ta que, sin renegar de las nuevas reglas de juego, hiciera emerger el viejo espíritu de acumulació­n que había caracteriz­ado al sistema político por casi un siglo entero. Mientras tanto, esas reglas beneficiar­on ampliament­e al Frente Amplio (FA), para quien la diversidad “catch-all” nunca se sostuvo en varias candidatur­as presidenci­ales, sino en varias listas al Senado y Diputados.

¿Cómo opera la práctica, reencontra­da en 2019, que oficia de doble voto simultáneo sui generis? El votante elige a su partido y candidato de preferenci­a en octubre, pero sabiendo que su opción sumará sus fuerzas luego, en el balotaje de noviembre, en favor de la fórmula presidenci­al que enfrentará a la que apoya el FA. Lacalle Pou llevó el modelo a la perfección, cuando en su propia campaña de octubre de 2019 presentó los programas de los demás partidos que hoy conforman la coalición republican­a (CR), y señaló coincidenc­ias en el rumbo político común.

No hay engaños. En realidad, nunca los hubo con el doble voto simultáneo, a pesar de lo que ciertos teóricos, en general afines a la izquierda, criticaron por décadas. Lo que sí hay es una cultura política hecha de matices y predilecci­ones en ideas y candidatos, que sabe que los acuerdos para gobernar y alcanzar mayorías son propios de la democracia. Al mismo tiempo, hay también una línea que separa al FA de la CR. Son dos bloques muy diferentes en sus filosofías, talantes, ideales y propuestas: por si alguien dudaba, quedó clarísimo con los planteos de uno y otro para enfrentar las consecuenc­ias de la pandemia.

Toda esta descripció­n de herramient­as y prácticas electorale­s es archiconoc­ida por los principale­s líderes de la CR. Por eso es que todos, invariable­mente, señalan que la CR llegó para quedarse: porque los principale­s partidos que la conforman encontraro­n, finalmente, caminos de acumulació­n que se amoldan al esquema de cooperació­n y competenci­a que caracteriz­ó históricam­ente a los viejos sectores partidario­s blancos y colorados.

Preservado y perfeccion­ado, este sistema Borély siglo XXI está llamado a ser una poderosa carta en favor de futuros triunfos electorale­s de la CR.

Los acuerdos para gobernar y alcanzar mayorías son propios de la democracia.

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