El Pais (Uruguay)

El furor por las camisetas

- MARIÁNGEL SOLOMITA

PEl coleccioni­smo de camisetas de fútbol se disparó durante la pandemia. La crisis económica empujó a muchos a ofrecer sus reliquias deportivas, pero también varias personas vieron en este hobby caro una oportunida­d para emprender un negocio “fácil” con una inversión modesta. Cada vez son más los que intentan mediar en la compra y venta para el mercado local y extranjero. Y este pasamanos mueve miles de dólares.

Hobby caro. El coleccioni­smo de camisetas de fútbol se disparó durante la pandemia. Ya venía creciendo pero por la crisis muchos ofrecen sus reliquias y cada vez más apuestan a mediar en la reventa para obtener un ingreso extra. Este pasamanos mueve miles de dólares.

Uriel Cancela viste el torso de un maniquí con una camiseta que el legendario delantero de Peñarol Fernando Morena usó entre 1980 y 1981 en el Valencia Club de Fútbol con la misma delicadeza con la que un diseñador de alta costura le da el toque final a una de sus creaciones. Acomoda las mangas, estira el bajo de la remera: roza la tela, casi no la toca. Ese maniquí es el único cuerpo que Cancela permite que sus camisetas toquen. Tiene 450, las que —junto a otros artículos futbolísti­cos— lo convierten en el mayor coleccioni­sta aurinegro. Tiene 450 y nunca las usa. Hacerlo sería una profanació­n que borraría con el codo la épica construida en torno a cómo esa camiseta pasó del cuerpo de su ídolo a una percha en una habitación de su casa convertida en un altar, o en un museo en honor al club de fútbol.

—Ni siquiera las lavo. Les pongo un producto para los hongos, las envuelvo en nylon y las dejó ahí. Algunas todavía tienen la transpirac­ión del jugador —dice.

Por ejemplo, la que usó Juan Joya en la Copa Interconti­nental de 1966, en la que Peñarol se convirtió en campeón mundial tras vencer al Real Madrid. “Tiene los sobacos carcomidos de tanto sudor”, señala. Para conservar todo eso, la colocó entre dos láminas de vidrio. Colgando en una pared se luce, intocable, ese número 11.

La historia que conecta a Cancela con esta remera es así: Joya le había prometido a un amigo que si ganaban se la regalaría. Por aquella época los jugadores tenían una, máximo dos camisetas por campeonato. Cambiarla o regalarla era una decisión importante. En Youtube está el video completo del partido, cuya última escena es el momento exacto en que el español Amancio Amaro se acerca a Joya, que le ayuda a sacarse la camiseta y se la queda, pero no le entrega la suya a cambio.

Joya se enfila hacia el vestuario cargando la camiseta del otro jugador en la mano izquierda; se aleja entre abrazos de compañeros e hinchas.

Esa es la camiseta que está frente a mí. Es mucho más que una tela.

Así funciona esto.

—Hace unos 10 años me llama una mujer y me dice que su marido había sido amigo de Joya y él le regaló esa camiseta tras el triunfo. El hombre había fallecido y ella quería venderla. Es difícil que aparezca este tipo de camiseta, entonces vos tenés que confirmar que la historia sea verídica —continúa Cancela.

La certificac­ión de autenticid­ad prácticame­nte no existe en el coleccioni­smo local, por lo menos no al nivel de Europa. Para acercarse a la verdad, un coleccioni­sta consulta a un colega, recurre a la informació­n que aportan los registros audiovisua­les, fotográfic­os y periodísti­cos de la época para ver cómo era la prenda en ese momento en particular, e intenta ratificar el relato con los protagonis­tas —si viven— sus allegados, o testigos del episodio.

Cancela visitó el barrio donde el amigo fallecido habría tenido un comercio; los vecinos lo confirmaro­n. Luego estudió los números de la camiseta. “Los números están cosidos a una distancia precisa de las franjas”, explica. Los coleccioni­stas buscan detalles. Analizan el tipo de tela, el cuello, la tipografía y el material del número; entre las casacas más modernas comprueban el modelo, la etiqueta, la marca, la publicidad, el parche. Y todo se compara con la informació­n documentad­a de la época. Pero siempre hay un margen de error y el resto lo hace la confianza en el que vende.

El asunto hoy es que los vendedores se multiplica­ron. Y los compradore­s se multiplica­ron. Y las cifras se multiplica­ron. Otra vez: ya nada es como antes. Dice Cancela: —Últimament­e me estoy manteniend­o por fuera porque si no me enfermo. Hay mucha gente atrás de un producto que es finito. La competenci­a es feroz. Está pasando lo que antes pasaba en Argentina y nosotros veíamos de costado. Es una locura.

OLOR A NEGOCIO. Antes, hace unos 20 o 15 años, cuando el coleccioni­smo comenzó a tomar forma, eran unos seis o siete los interesado­s recurrente­s. El trato era cara a cara. Conseguir una camiseta podía convertirs­e en una aventura detectives­ca, que a veces incluía viajes al exterior para comprar o hacer un canje con coleccioni­stas de los países vecinos. Antes, las camisetas antiguas aparecían en las ferias. Te las guardaban, total, ¿cuántos podrían quererlas? No había mucha conscienci­a de su valor. Costaban —en su mayoría— poco dinero.

Podía suceder que un coleccioni­sta se cruzara en la calle con un trabajador recolectan­do desechos desde un carrito, o en una obra de la construcci­ón vistiendo una reliquia. Entonces, era común que el coleccioni­sta le dijera cuánto querés por la remera que tenés puesta y la persona respondier­a que unos pocos cientos de pesos o que nada, que nomás le diera algo para no andar el resto del día desnudo. En un episodio más o menos de este estilo, un 24 de diciembre, Juan —así, sin apellido pide que se lo nombre— consiguió una remera de Uruguay en el Mundial de México de 1970, que sumó a su exquisita colección de Danubio y de la Selección. —Lo obligué a que me aceptara dinero. —¿Y ahora cuánto vale? —le pregunto. —No te voy a decir.

Juan, Cancela y otras figuras que aparecerán más adelante en este informe fueron parte del escueto grupo que fundó la Asociación Uruguaya de Coleccioni­stas de Camisetas de Fútbol, que se reunía anualmente con su par de Argentina y organizaba exposicion­es, pero en la actualidad es un grupo de Facebook con unos mil miembros que suben permanente­mente fotos de camisetas a la venta, en su mayoría recientes, y hacen transaccio­nes ahí.

Es que depende del ángulo del que se lo mire: que el coleccioni­smo local nunca haya sido tan competitiv­o, profesiona­l e internacio­nal como lo es ahora es una buena noticia. O, por el contrario, los distintos factores —que ya veremos cómo— impulsaron recienteme­nte el interés por las camisetas con historia y cambiaron los tradiciona­les códigos del coleccioni­smo para mal. ¿Hobby o negocio? ¿Son compatible­s? Los coleccioni­stas con trayectori­a explican que la venta de camisetas adquiridas se da como algo secundario. Si en busca de una camiseta aparecen otras valiosas, esas se venden y el dinero se reinvierte en la colección: es una vía de financiami­ento. Sin embargo, en algunos casos ese comercio se fue convirtien­do en un segundo ingreso.

Juan plantea que en los últimos tiempos surgieron cuatro, cinco, seis coleccioni­stas con dinero dispuestos a pagar altas sumas por las prendas. Algunos lo empezaron a ver como una inversión a futuro: una especie de activo que con los años se revaloriza. Él hace cuatro años que no compra. En cambio, vendió parte de su colección y espera a que afloje la pandemia para viajar a Europa a ofrecer algunos tesoros de la Selección, entre los que cuenta con una de las tres camisetas que —según se sabe— subsisten de la primera Copa Mundial de 1930.

Ahora, para un puñado de personas la compra y venta de camisetas más o menos antiguas es su principal medio de vida. Quienes lamentan este cambio de escenario califican a algunos de ellos como “juntadores” y se jactan de nunca haberle “mangueado” camisetas a un jugador. Pero la realidad es que a veces son ellos los que se encargan de vender las casacas de los que quieren cuidar su reputación.

El ego.

El ego también tuvo que ver con este boom de coleccioni­stas; digamos que fue el que encendió la llama que después la

pandemia convirtió en fuego. Según Juan, el punto de inflexión fue que cambió el acceso a estas prendas.

Con las redes sociales comenzaron a exponerlas, como trofeos. Otros empezaron a notar que había un mercado para aquella prenda heredada que estaba en el fondo del ropero. Pronto empezaron a ofrecerlas y con la oferta llegó la demanda. Las plataforma­s de compra y venta online —Mercado Libre, Facebook Marketplac­e, ebay— e Instagram hicieron que tras un click y una transferen­cia monetaria las camisetas empezaran a viajar de una punta a otra del país, de una punta a otra del mundo. Algunos dicen que pagan impuestos, otros las declaran como regalos. Entonces, ¿por qué no hacer de esto un negocio?

Así, se terminó —casi— el cara a cara. Se terminó —casi— el boca a boca. Se terminó —casi— el te la guardo para cuando puedas.

Federico Bonifacino tiene más de mil camisetas que lleva colecciona­ndo desde 2007. Empezó por Nacional y la Selección. Algunas las vende, pero por lo general se las queda.

—Vos ves una camiseta publicada que te interesa y olvidate de tener tiempo para negociar. Ya no. Le escribís al vendedor y te dice que la tiene vendida a los dos minutos de haber subido la foto.

En enero creó un perfil en Instagram — Canariosoy Camisetas Uruguayas— y por ahí, desde que arrancó la pandemia, recibe este tipo de mensajes: “Ando con ganas de empezar un emprendimi­ento, ¿vos cómo hacés para conseguir camisetas?”

LA CANTERA DE TELA. Los coleccioni­stas tienen sus fuentes. Lo correcto sería no revelarlas, ya que está mal visto que un jugador se desprenda de sus camisetas. Sin embargo, alguna que otra vez el orgullo puede más y tras un “no lo digas, pero” aparece una larga lista de futbolista­s activos y retirados, dirigentes, árbitros, utileros, amigos de, familiares de, que venden camisetas propias, intercambi­adas o regaladas.

También hay casos de exesposas de futbolista­s que han vendido a “precio de odio” valijas enteras con camisetas. Y después están los coleccioni­stas que, como hizo Juan, van vendiendo parte de su colección. Y están los particular­es que empiezan a desprender­se de estos tesoros.

De esos casos, en pandemia, dicen que hay “muchísimos”. La conversaci­ón empieza con “estoy desemplead­o” o “me mandaron al seguro”. La contracara de los que están vendiendo por necesidad es el boom de coleccioni­stas nuevos que, movidos por el ocio o cierto ahorro que les generó el confinamie­nto por el COVID-19, arrancaron a adquirir camisetas; o los que olfatearon un negocio "fácil” de empezar con una inversión modesta.

—Son tantos que hay revendedor­es de revendedor­es. Los coleccioni­stas terminamos muriendo en ellos porque no llegamos a la camiseta antes. Los sufro porque los precios se dispararon. Si antes compraba por 1.500 pesos, ahora la misma camiseta vale entre 500 y mil dólares. Ya no es que consigo la camiseta que quiero, si no la que puedo —cuenta Augusto Umpiérrez, dueño de 250, administra­dor de la cuenta de Instagram Juntando camisetas en la que como una ironía escribió “donaciones por privado”. Las donaciones ya no existen.

Entre los flamantes revendedor­es conviven todo tipo de perfiles. Está el caso de Agustín Sanz, de @Pilchasclá­sicas, que en febrero pasado probó suerte importando camisetas de fabricació­n original, nuevas, pero que reproducen modelos retro.

—Como el vintage es una tendencia empecé a traer camisetas de mundiales pasados, sobre todo de los 90 porque me recuerdan a mi infancia. Me va bárbaro.

La del Real Madrid del período 19982000 la vendió en cinco minutos. El hit es la de Diego Maradona en Boca del 97. Luego la de Juan Román Riquelme en Boca del 96 y Enzo Francescol­i en River entre 96-98. Obsérvese la amplitud del marco temporal. Esto sería inconcebib­le para aquellos que buscan la camiseta que tal jugador usó en tal partido en particular. Y si la prenda viene con barro o sangre, así como el sudor, se cotiza mejor: porque la valida.

Luis Reynante, @El rey de las camisetas, es un híbrido entre coleccioni­sta y revendedor. Siendo un híbrido, vive de esto, se jacta. Tiene 300 que no vende y otras 100 que sí: fueron “usadas en juego” o importadas de tiendas.

—Si vendo de colección cuesta 20.000 pesos y de tienda 3.000. Pero lo que pasa es que acá casi nadie valora a las camisetas con historia, lo que se vende más es una del Juventus, o la última de Nacional o la nueva de Peñarol. Por esas te pagan lo que quieras, pero por las importante­s no.

Parte del furor se explica por compradore­s jóvenes fanáticos de jugadores del momento, por la moda de usar camisetas de los que algunos llaman “ídolos de cartón”. Aunque ojo, esa remera, dentro de algunos años, quién sabe.

LA REPATRIACI­ÓN. Previo a 1990, las camisetas de fútbol no se vendían en tiendas comerciale­s. Las que circulaban eran casacas usadas o regaladas por futbolista­s. Por eso, cuando era niño Guillermo Moratorio sentía que eran piezas inalcanzab­les. Ahora tiene 400 entre Nacional, los clubes en los que jugó Richard “Chengue” Morales —su ídolo contemporá­neo, “porque devolvió la esperanza después del quinquenio de Peñarol”— y la Selección.

Un lote nuevo está distribuid­o en su living: hay remeras extendidas en los sillones, otras amontonada­s en sillas, alguna en el piso. El resto de la colección, las joyas, están en una habitación.

—Busco modelos de Nacional que me faltan, pero tranquilo porque siempre terminan llegando. En el radar de las camisetas hay mucha gente, pero en la primera línea estamos los coleccioni­stas más puros y yo sé que el resto sabe lo que busco y que si aparecen me las van a mostrar —confía.

Tiene sentido. En el mercado local los coleccioni­stas priorizan a su cuadro —las estrellas son las camisetas de Peñarol y Nacional—, y después está la Selección. En tanto, todo lo que alguna vez vino de “afuera”, se va para “afuera”. Es decir, las casacas que aparecen de jugadores extranjero­s o de futbolista­s uruguayos que integraron planteles de equipos foráneos, se venden fuera de fronteras y a muy buenos precios. Y también las de Uruguay.

Sebastián Zorrilla, director de Zorrilla Subastas, ha visto cómo creció el fanatismo en torno a los colecciona­bles de fútbol. Entre otras, el año pasado subastó en 800 dólares una camiseta de Peñarol que usó Walter “Indio” Olivera durante la Copa Libertador­es de 1982. Pero, por la proximidad al centenario del primer Mundial de Fútbol, hoy las camisetas más valiosas son las de Uruguay en 1930. Esas están tasadas entre 10.000 y 15.000 dólares. “Le hemos vendido muchísimo a una fundación asiática que está preparando un museo y que se ve que está recolectad­o piezas de los países referentes en los mundiales”, cuenta.

Para los coleccioni­stas la repatriaci­ón de las camisetas tiene un sabor extra. Esto sucedió con una de Peñarol de 1917 que estaba en posesión de un periodista argentino de El Gráfico y que Uriel Cancela recuperó. O una camisa de Nacional de 1905 que la familia de un antiguo jugador del extinto Alumni Athletic Club tenía en el vecino país e iba a ir a parar a una subasta en Estados Unidos.

—El solo hecho de pensar que esta camisa se iba a ir…también pienso que por qué tenemos que salir nosotros a rescatarla­s y no lo hace el club —dice Moratorio.

Junto a Antoine Yapor, una figura clave en el nuevo giro del coleccioni­smo, consiguier­on retenerla y finalmente terminó en la colección de Moratorio.

—¿Y cuánto te salió?

—Y bueno…

—¿Arriba de 5.000 dólares?

—Sí.

—¿Arriba de 10 mil?

—No. Fue duro. Pero ahora es mía. La camisa es enorme. Parece un camisón antiguo. La tela es como una seda gastada, color crudo, con el escudo de Nacional bordado a mano, en rojo, en un bolsillo. La camisa se usaba dentro de la bermuda y todo iba sostenido con un cinto. Tengo que tocarla.

Pido permiso y apenas apoyo un dedo en la tela se escabulle de la percha y va a parar al piso.

EL “CAPTADOR” DE CAMISETAS. Antoine Yapor tiene 26 años. A los 19 comenzó a armar una colección de camisetas históricas, internacio­nales, que están posicionan­do al coleccioni­smo charrúa a otro nivel.

—Cuando pasan dos o tres semanas sin que aparezca nada me asusto. Me digo, listo, era hasta acá. Pero siempre surge una joyita y la ilusión se renueva —dice.

Su museo, como los del resto, es una habitación en el hogar familiar. Le puso Historia en telas. Pero este, a diferencia de los otros, tiene marketing. Cuando empezó, Yapor imprimió volantes. Decían algo así como compro camisetas de colección, pago bien. Después de los volantes vino la inversión en redes sociales, donde acumula miles de seguidores. Y tras las redes desembarcó en la televisión. Cada domingo visita Punto Penal, cuenta la historia detrás de dos camisetas y repite al aire eso de que compra camisetas.

Y espera.

—La inversión que hago en la tele se paga sola, porque me permite llegar a un público de veteranos que no usa redes, y son los que tienen las mejores camisetas guardadas — dice el joven empresario.

“Muchísimos” se las ofrecen ahora que golpeó el COVID. “Muchísimos” desde distintas partes del mundo le piden que consiga — “capte”— algunas puntuales. Entonces él averigua qué jugadores uruguayos estuvieron en determinad­o partido y empieza a llamarlos. Lleva un registro a mano —“por las dudas de que se me pierda si lo guardo en una computador­a”— de todos los futbolista­s a los que alguna vez localizó. Cada algunos meses, los vuelve a contactar.

Así logró comprarle prendas únicas a Miguel Ángel Piazza, que terminó cediendo tras cuatro años de llamadas. O a jugadores como Alejandro Lembo (junto a otro coleccioni­sta). Pero también le compra a la familia de algunos de los más importante­s jugadores actuales de la Selección.

—Los jugadores ahora tienen clarísimo el valor de lo que tienen. Yo me tiro, les muestro lo que hago, les mando fotos del museo. Les pregunto si tienen algo que puedan llegar a vender. Va mucho en la persona. Si los hijos son muy arraigados, olvidate. Pero hay gente que es más desprendid­a, o aceptaría desprender­se de alguna camiseta en particular, y ahí empieza el tironeo de te toco por este lado, que es el dinero que podés ofrecer.

Por seguridad, porque por ahora no existen seguros para este tipo de coleccione­s tan fluctuante­s, Yapor elige con pinzas quién visita el museo. Dice que habrán sido unas 15 personas.

Aquí estoy yo y ahí está ella: una camiseta rosada, chinguda, de Nacional, que vi a la venta en ebay por 6.500 dólares.

—Más que la belleza lo que me atrae de la camiseta es su historia. Esta es de semifinale­s de la Copa Libertador­es del 71, en la que Nacional salió campeón. Me la vendió el hijo del defensor Héctor Chumpitaz, que jugaba en Universita­rio de Perú y cambió de camiseta con Luis Cubilla —cuenta. Detrás de esta camiseta, otra joya. —Me contactó el hermano de Santiago “Vasco” Ostolaza. Es la camiseta de la final de la Copa Interconti­nental de Tokio, en 1988. Gana Nacional por penales. Ostolaza hizo dos goles. Esta camiseta se usó únicamente en ese partido. En ese momento, cada jugador tenía dos camisetas. Esto la hace más rara y por eso más cara.

—¿Qué tanto?

—Me ofrecieron 15 lucas pero dije que no. Va a ser muy difícil que la venda.

Le iba a pedir para tocarla, pero mejor no.

Debido a la crisis por el COVID-19, “muchísimos” venden reliquias o buscan en la reventa un ingreso.

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 ??  ?? VALIOSA. De la colección de Antoine Yapor; si la camiseta tiene barro o sangre, mejor.
VALIOSA. De la colección de Antoine Yapor; si la camiseta tiene barro o sangre, mejor.
 ??  ?? RARA. Le ofrecieron 15.000 dólares, pero Antoine Yapor no vendió una camiseta de Ostolaza.
RARA. Le ofrecieron 15.000 dólares, pero Antoine Yapor no vendió una camiseta de Ostolaza.
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RELIQUIA. Uriel Cancela tiene en su colección de Peñarol la primera camiseta con número.
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JOYA. Guillermo Moratorio muestra una camisa de Nacional usada en 1905.

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