El Pais (Uruguay)

Sobre comercio exterior Una salida recomendab­le

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La política monetaria, la fiscal y la política cambiaria se emplean para corregir problemas macroeconó­micos, es decir, los relacionad­os con el comportami­ento de la producción, el de los precios y el del sector externo —exportacio­nes e importacio­nes de bienes y de servicios, movimiento­s de capitales hacia y desde el exterior—.

Se trata de políticas para, en un corto plazo, corregir desequilib­rios de esa naturaleza. La política comercial —o de comercio exterior de mercadería­s— tiene otro objetivo, que es el de lograr la mejor asignación de recursos productivo­s del país: empleo y uso de recursos naturales y de capital. Para alcanzarlo tiene a disposició­n instrument­os —aranceles, subsidios y detraccion­es— cuyo buen uso tiene resultados en el mediano yenel largo plazo.

EL PASADO. En nuestro país, el uso de los instrument­os de política exterior en los últimos setenta años ha tenido resultados que, comparándo­los con los de otras naciones —del Este asiático por ejemplo—, son insatisfac­torios. En los años cincuenta del siglo pasado, la política comercial buscaba el crecimient­o de la economía con un modelo de sustitució­n de importacio­nes. Se impusieron altos aranceles sobre las compras en el exterior, de modo de generar condicione­s para el crecimient­o de la actividad industrial en el país. Una alta protección efectiva al valor agregado local estimuló el surgimient­o de actividade­s industrial­es con el consiguien­te costo para consumidor­es finales —debían pagar más que importando lo mismo—, y el desestímul­o a los exportador­es, pues la protección reduce el tipo de cambio efectivo. Fue una etapa que se agotó rápidament­e por la escasa dimensión del mercado uruguayo y la falta de competitiv­idad externa. A ello, le sobrevino un largo período de estancamie­nto de la economía.

La creación de la Alalc (Asociación Latinoamer­icana de Libre Comercio) por el Tratado de Montevideo de 196, apuntaba a una ampliación de las posibilida­des de comercio externo de nuestro país. Se negociaron concesione­s —rebajas— arancelari­as entre las partes que no mejoraron el panorama. Las concesione­s que se lograron por la negociació­n entre las partes del acuerdo tuvieron escasísima utilizació­n, por no ser en productos elaborados en el país o competitiv­os ante los similares del exterior.

Hacia fines de los años sesenta se entendió que, si la industria local no podía exportar y la Alalc no era eficaz para el comercio exportador uruguayo hacia la región, el paso siguiente, en medio del estancamie­nto industrial, era crear condicione­s para darle competitiv­idad externa. Bajo el mal llamado nombre de “reintegros de impuestos” a las exportacio­nes, se comenzaron a dar subsidios a las exportacio­nes “no tradiciona­les”. Los subsidios aumentaban el precio local de los productos exportable­s, castigaban a los consumidor­es y a los contribuye­ntes de impuestos y no tenían la respuesta esperada en términos de inversione­s. Por su lado, las exportacio­nes “tradiciona­les”, constituid­as por las de origen pecuario, soportaban el castigo de impuestos denominado­s detraccion­es, que obstaculiz­aban su expansión.

En la primera mitad de la década de los setenta se procedió a levantar, previa autorizaci­ón, la prohibició­n de importar, que recaía sobre insumos y productos terminados, que de todos modos seguirían afectados por los altos aranceles vigentes.

Hacia el final de la década se inició una disminució­n de esos aranceles que gravaban a las compras en el exterior y el retiro de otras medidas de efectos equivalent­es.

Además, ante la amenaza del Departamen­to de Comercio de Estados Unidos de introducir derechos compensato­rios a las exportacio­nes subsidiada­s, se inició el progresivo corte de los reintegros junto con la eliminació­n de las detraccion­es al agro.

La formalizac­ión de la Aladi en 1980, sucesora de Alalc, autorizó la realizació­n de acuerdos de alcance parcial entre naciones del grupo, no aplicables a otros países del conjunto. Se concertaro­n acuerdos especiales con Brasil y con Argentina, que implicaron rebajas arancelari­as a las exportacio­nes uruguayas. Fue un período de estabilida­d en las relaciones comerciale­s, que no modificaba­n la estructura productiva ni estimulaba­n las inversione­s en Uruguay. Los convenios con esos países se discontinu­aron con la creación del Mercosur, en marzo de 1991. Mejoró escasament­e por un par de años el comercio y no fue estímulo para su expansión ni para alcanzar una estructura productiva diferente. Solo recienteme­nte y debido a variacione­s temporales de los precios internacio­nales de los productos del agro y a exoneracio­nes tributaria­s a ciertas actividade­s agroindust­riales, se han producido aumentos de exportacio­nes.

EL CAMINO. Nuestro mercado interno es pequeño y el área óptima de comercio de una nación con esas caracterís­ticas es el mundo. Es por ello que, ante la situación actual del comercio exterior, se deben levantar las interferen­cias a la proyección externa de Uruguay como —reconocien­do que hay otras como la estructura arancelari­a de nuestro país— la oposición de Argentina a la posibilida­d de que un miembro del Mercosur pueda entrar en negociacio­nes comerciale­s con otras naciones que son parte del grupo. Hace 30 años, a Argentina se le vendía el 11% del total de las exportacio­nes y hoy apenas es el 4%, mientras que las ventas a China pasaron del 3% del total al 21,1%. Un acuerdo comercial con esa nación como con otras, caso Estados Unidos, Japón o la Unión Europea, mejoraría los precios de exportació­n, estimularí­a la inversión y el empleo y aumentaría el bienestar de los consumidor­es.

Los números indican el camino a transitar. Es el camino que se ha iniciado y que no se debe abandonar.

JORGE CAUMONT ECONOMISTA Con la creación del Mercosur, mejoró el comercio por un par de años, pero no fue estímulo pasa su expansión ni para modificar la estructura productiva del bloque

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