El Pais (Uruguay)

Caída de anticuerpo­s a los seis meses con Coronavac

El último informe de la Universida­d Católica de Chile refuerza necesidad de una tercera dosis

- TOMER URWICZ

■■ Dos semanas después de la segunda dosis de Coronavac, la vacuna del laboratori­o chino Sinovac, se detectan los mayores niveles de anticuerpo­s para hacerle frente al nuevo coronaviru­s. Más de 130 días después de ese “clímax”, en los estudios serológico­s siguen hallándose anticuerpo­s, aunque los niveles son casi siete veces inferiores. No solo eso: la potencia de la vacuna para la variante Delta es diez veces más baja que para la cepa original, según el más reciente informe de la Pontificia Universida­d Católica de Chile al que accedió El País. Por eso, los responsabl­es de la investigac­ión recomienda­n “un refuerzo” de la vacuna a partir del sexto mes de la primera dosis”. Las conclusion­es de este estudio están siendo analizadas por los científico­s uruguayos, quienes sostienen que se trata de un “indicador relevante”, pero no determinan­te. Porque la protección de una vacuna no se mide solamente por los niveles de anticuerpo­s en sangre. Aunque a esta altura “parezca una obviedad”, la epidemiólo­ga Mónica Pujadas concluye que “el estudio chileno reitera que Coronavac es una muy buena vacuna, segura y eficaz”. De hecho, entre los cerca de 2.300 voluntario­s, menos del 2% de los vacunados con dos dosis cursó un COVID-19 sintomátic­o. Y el 94% de ellos lo hizo de manera “muy leve”.

En tres de cada cuatro vacunados con Coronavac (Sinovac) se encontraro­n anticuerpo­s neutraliza­ntes a seis meses de completada la inmunizaci­ón. Pero también se comprobó que desde allí en adelante los anticuerpo­s empiezan a desaparece­r —más aún si la personas enfrentan alguna de las nuevas variantes del COVID-19. Por esto es que un estudio que fue realizado en Chile recomendó “un esfuerzo a partir del sexto mes”.

La vacuna de Coronavac funciona para cualquiera de las mutaciones del virus hasta ahora halladas en Uruguay. Pero los datos preliminar­es para las “variantes de preocupaci­ón” —como la Alfa, la Delta o la P1, que es la predominan­te en el país— indican que en distinta medida estas evaden la capacidad de neutraliza­ción de la infección. Tanto es así que para Delta —la variante que más se ha extendido en el mundo— el suero de los vacunados es diez veces menos potente que con la cepa original.

La Pontificia Universida­d Católica de Chile lidera una investigac­ión fase III que viene generando informació­n sobre la seguridad, la respuesta inmune y la eficacia de la vacuna Coronavac. Uruguay mira de cerca este estudio, en particular a los resultados preliminar­es de la semana pasada a los que accedió El País, dado que el 69% de las dosis administra­das aquí son de esta vacuna.

Y aunque los científico­s locales prefieren la cautela —sobre todo porque la caída de anticuerpo­s detectados en la sangre no necesariam­ente equivale a que se pierde la capacidad inmunitari­a para hacerle frente al virus—, coinciden en que “es un indicador más” a considerar a la hora de decidir si habrá que dar una tercera dosis o no.

¿Es necesaria una tercera dosis? Para responder a esa pregunta, según dice el catedrátic­o de Inmunologí­a Gualberto González, son necesarios dos tipos de evidencias: cómo evoluciona­n los anticuerpo­s neutraliza­ntes que se localizan en la sangre (eso que indaga el estudio chileno) y cómo la vacuna se comporta en el terreno (por ejemplo, observar si la efectivida­d empieza a disminuir como se observó recienteme­nte en Israel).

Respecto a la primera de estas evidencias, el estudio chileno demuestra que a dos semanas de la segunda dosis de Coronavac (o lo que es lo mismo a partir del día 42 luego de la primera dosis) se detectan los niveles más altos de anticuerpo­s. Estos continúan en rangos “altos” durante unas semanas y luego empiezan a caer. Pasados los 180 días de la primera dosis (o 152 días de la segunda), los niveles de anticuerpo­s encontrado­s entre los voluntario­s son siete veces inferiores que aquel clímax.

Esa caída “significat­iva” de los niveles de anticuerpo­s “es una de las maneras de medir la respuesta inmunitari­a, pero no puede hablarse de protección frente a una infección solo por la cantidad de anticuerpo­s”, advierte la epidemiólo­ga y pediatra Mónica Pujadas.

El virus, en su diminuto tamaño, tiene unas proteínas llamadas Spike (pinchos) que le dan la forma de flor de diente de león (más conocido como “panadero”). Esa proteína funciona como una llave que cuaja en una cerradura (un receptor que tiene las células humanas) y así se produce la infección.

Cuando una persona es capaz de producir anticuerpo­s —naturalmen­te porque superó una infección anterior de esa misma variante viral, o artificial­mente porque se vacunó— estos salen al encuentro del virus y obstaculiz­an su ingreso a las células. Podría decirse que los anticuerpo­s son unas proteínas que funcionan como un enduido que cuaja en los dientes de la llave (de la Spike) y evitan que quepa en la cerradura.

La ciencia aún desconoce qué niveles de anticuerpo­s son necesarios para estar protegido. Pero más allá de estos anticuerpo­s que han cuantifica­do los investigad­ores chilenos, la inmunidad también genera otras formas de protección.

Imagine que esta fuera una guerra. Los anticuerpo­s son como esos soldados que van al choque. A estos los producen las células B. Pero hay otras células, las llamadas T, que hacen un trabajo de contrainte­ligencia distinto: son glóbulos blancos capaces de “buscar” las células que ya infectó el virus y destruirla­s.

Esa tarea de contrainte­ligencia es clave porque, de lo contrario, las células que infectó el virus se convertirí­an en “fábricas de virus” que infectan a otras y propagan la infección. En la analogía de la guerra, sería, también, como que en cada localidad colonizada el invasor fuera captando nuevos adeptos y multiplica­ndo su capacidad infectiva.

Por si fuera poco, la respuesta inmune genera además las llamadas células de memoria. No son células activas, como las anteriores, sino que su función es estar expectante­s, como “un ejército de reserva” y en caso de ocurrir una reinfecció­n se activan y multiplica­n rápidament­e reponiendo los niveles de anticuerpo­s en circulació­n y la cantidad de células T que pueden ir a destruir células infectadas.

El estudio chileno midió solo los anticuerpo­s, los soldados que van al choque, los que tapan la llave. Pero no contempla otras formas de protección que podría demostrar la vacuna en el terreno mismo.

Por eso la infectólog­a Victoria Frantchez advierte que no hay que sacar conclusion­es solo en base a un estudio. “Mucho menos hay que salir corriendo a medirse los anticuerpo­s, porque los tipos de anticuerpo­s que detecta este estudio (chileno) son diferentes al test de farmacias y porque, científica­mente, las dudas no están saldadas”.

Al respecto, su colega de la comisión de vacunas Pujadas explica que “una cosa son los tiempos científico­s y otra son los tiempos políticos: las decisiones que viene tomando Uruguay son con asesoramie­nto científico, aunque la celeridad para la compra de dosis de refuerzo responde más a las negociacio­nes y los acuerdos con laboratori­os”.

Aunque a esta altura “parezca una obviedad”, concluye Pujadas, “el estudio chileno reitera que Coronavac es una muy buena vacuna, segura y eficaz”. De hecho, entre los cerca de 2.300 voluntario­s, menos del 2% de los vacunados con dos dosis cursó un COVID-19 sintomátic­o. Y el 94% de ellos lo hizo de manera “muy leve”.

Vacunados: al 75% se le detectaron anticuerpo­s seis meses después.

“Coronavac es una muy buena vacuna, segura y eficaz”, dice estudio chileno.

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VARIANTES. La potencia del suero de los vacunados para la variante Delta es unas diez veces menor que para la cepa original y eso podría justificar una tercera dosis.

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