El Pais (Uruguay)

Luciano sonríe

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El mismo día en que se levantó la suspensión de los cines, fui a ver Explota, explota, ópera prima del uruguayo Nacho Álvarez, producida en España por la también uruguaya Mariela Besuievsky. La emoción llegó primero por haber vuelto a entrar a una sala, luego de tantos meses sin espectácul­os. Se hizo más intensa al sorprender­me con una preciosa película y se convirtió en llanto cuando leí los créditos finales.

Porque conservo un hermoso recuerdo del padre de su director, el querido Luciano Álvarez, compañero de esta página que falleció prematuram­ente hace más de dos años. Domingo a domingo, sus editoriale­s de El País eran apasionant­es lecciones de historia y, al mismo tiempo, agudas reflexione­s sobre el presente. En más de una oportunida­d tuve el privilegio de charlar con él, mientras Luciano dirigía carreras de la Universida­d Católica y militaba en el Partido Independie­nte. Todos estos recuerdos me vinieron a la mente mientras asistía a la divertida comedia musical dirigida por su hijo, quien demuestra haber heredado la pasión cinéfila del padre, también trasmitida a su hermano Federico, un reconocido talento de Hollywood.

Explota, explota es una película que irradia alegría, una virtud más que necesaria en estos tiempos. Sin dejar de tocar temas comprometi­dos, como el de la censura en tiempos del franquismo, elude cualquier caída en el panfleto o el victimismo tan a la moda. Todo aquí es festivo, risueño, caricature­sco, abrevando en la tradición de Almodóvar y en la de un adorable antecedent­e estadounid­ense, el musical Hairspray de John Waters. Mención aparte merece su extraordin­aria dirección de arte, con un diseño de producción y vestuario setentosos, pleno de color e imaginació­n.

Hijos de un gran librepensa­dor, tanto Fede como Nacho hacen el cine que les gusta, sin anclarse en el “deber ser” que suele agrisar la creativida­d.

Yo mismo recuerdo que en mi adolescenc­ia, Raffaela Carrà

era esa clase de cantantes de las que renegábamo­s en nuestros estrechos y soberbios círculos intelectua­les, sin advertir que desde un talante alegre y aparenteme­nte frívolo, rompía tabúes de su tiempo con canciones como Lucas y Hay que venir al sur. Nacho recoge ese espíritu de divertida transgresi­ón y con su película pinta toda una época, que en España se vivió como lo que entonces se llamaba “el destape”. Para ello recurre intenciona­damente a distintos clisés del cine de matinée: encuentros y desencuent­ros de parejas,

Nacho recoge ese espíritu de divertida transgresi­ón y con su película pinta toda una época.

amigas confidente­s, golpes de suerte, villanos amenazador­es y ridículos...

El director ha dicho que nadie que escuche el nombre de Raffaela Carrà, puede evitar que se le dibuje una sonrisa en los labios. Y lo mismo pasa con su película. Es tan graciosa que uno no puede dejar de sonreír mientras la ve; algo que segurament­e nos pasará a quienes fuimos jóvenes y lo recordamos con nostalgia.

Por eso, el recuerdo de Luciano estuvo presente en mí todo el tiempo mientras la disfrutaba. Ese orgullo que tenemos los padres, cuando vemos triunfar a nuestros hijos y que, en este caso, me hacía pensar "qué lástima que no estás para ver esto". Y justo cuando me dejaba ganar por esas emociones, aparece ante mis ojos la dedicatori­a que hace Nacho, en los créditos finales, a nuestro querido, inolvidabl­e Luciano. Imposible no llorar. Imposible no comprender que, sembrando amor y cultura en nuestros hijos, derrotamos a la muerte.

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