El Pais (Uruguay)

Jorge Batlle

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El domingo 24 se cumplirán cinco años de la partida de Jorge Batlle. Fue un batllista crítico del estatismo, el intervenci­onismo y los subsidios que impulsó su padre, el Presidente Luis Batlle Berres. Jorge sabía y proclamaba que el Estado jamás iba a poder crear todas las fuentes de trabajo que necesita el país. Sabía y proclamaba que el sistema jubilatori­o iba a colapsar. Y certezas incómodas como esas, las decía a voz en cuello. No callaba las conviccion­es. Por decirlas, perdió elecciones y estuvo preso de la Justicia Militar bajo el gobierno todavía constituci­onal de Bordaberry.

No fue un pensador sistemátic­o, de gabinete. Tanto que más de una vez pudo hacer suyo el apotegma de Unamuno: “Me contradigo porque estoy vivo.” Pero tampoco fue un pragmático ni un relativist­a. Tenía principios y los defendía. Fue por principios que se irguió contra la dictadura y transitó toda suerte de estrechece­s con dignidad de ciudadano a pie. Fue también por principios que en 2002 nos evitó el default que pedían juntos el FMI y el Frente Amplio. Y fue como hombre de principios que en 2005 volvió al llano con tanta grandeza que, a la distancia y con todas las comparacio­nes hechas, hoy lo extrañan en la escena pública tanto los suyos como los contrarios.

Muchos lo sellaron con el signo de “liberal”, dándole a la palabra el uso económico de la corriente de Friedman y Von Hayek. Pero en el mundo, y muy especialme­nte en el Uruguay laico y plural, desde fines del siglo XIX el liberalism­o no fue tanto una política del mundo material como un modo de convivir entre ciudadanos que sentían y pensaban diferente pero sabían que antes que las opiniones y las tendencias debe estar, siempre, el respeto por el prójimo. Por lo cual el gran pacto liberal generaba en nuestro suelo polémicas encendidas y ásperas, pero creaba un concierto cívico de libertad, que era —y sigue siendo— el factor diferencia­l de nuestra República y nuestras institucio­nes, hechas de alternanci­a partidaria desde hace dos tercios de siglo.

Ese modo de convivir fue el que aprendió en casa de su padre —sobrino e interlocut­or de José Batlle y Ordóñez, de cuya muerte anteayer se cumplieron 92 años— y en la redacción de El Día de “tío César”, a quien conservó cariño y gratitud por encima de las contiendas internas del Partido Colorado. Antes de hacerse estudioso de la economía y visionario de las estrategia­s políticas, Jorge Batlle supo erigirse como hombre libre, que pensaba

No nos dejó un plan para el país. Nos dejó un ejemplo para la vida pública y la voz del ciudadano.

por su cuenta a partir de un Uruguay con más debates que consensos, con ruedas pensadoras más que rebaños militantes. Por eso fue, en la expresión de Vaz Ferreira, una auténtica alma liberal, contrapues­ta a los fanatismos de las almas tutoriales.

No hablaba lindo, pensaba lejos. Sabía historia y vibraba con ella. Más que en indicativo, vivió en imperativo. Fue una expresión laica pero espiritual del Levántate y anda. El suyo fue un pensamient­o por semilla, por esporas, por actitud.

No nos dejó un plan para el país. Nos dejó un ejemplo para la vida pública y la voz del ciudadano.

Cinco años después de su tránsito, es cada vez más frecuente coincidir con el adversario, ver las cosas desde otros puntos de vista, escuchar al que tiene ideas aunque no lo hayamos votado.

En ese modo abierto y fermental, regresa lo que Jorge Batlle nos dejó como esencia de la perpetuida­d nacional.

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