“No lo di­go con pe­dan­te­ría, pe­ro cum­plí con ser un buen ac­tor”

66 2018

Galería - - Columna: Nobleza Obliga - Flo­ren­cia pu­ja­das fotos: leo ba­riz­zo­ni

Mi­guel Án­gel So­lá

pa­só una no­che di­fí­cil, pe­ro no pa­re­ce can­sa­do. An­tes de lle­gar a Mon­te­vi­deo hi­zo una fun­ción en Ar­gen­ti­na, tu­vo pro­ble­mas con su au­to en la ru­ta y se tran­có en el trán­si­to rum­bo a to­mar el bar­co que lo lle­va­ría de Bue­nos Ai­res a Co­lo­nia, don­de hi­zo una es­ca­la tu­rís­ti­ca jun­to a su hi­ja Ma­ria­na. Re­cién des­pués de esas pe­ri­pe­cias el ac­tor ar­gen­tino, de 68 años y con po­cas ho­ras de sue­ño en­ci­ma, lle­gó a Mon­te­vi­deo. “Pe­ro ya es­tá: lle­ga­mos a tiem­po pa­ra el ca­fé”, di­ce des­de la re­cep­ción del Ho­tel Four Points.

Mien­tras su hi­ja se apron­ta pa­ra pa­sear más tar­de por Mon­te­vi­deo, So­lá se ins­ta­la en un rin­cón de la re­cep­ción pa­ra la entrevista. No tie­ne apu­ro. An­tes de res­pon­der ca­da pre­gun­ta ha­ce una pe­que­ña pau­sa y me­di­ta sus ar­gu­men­tos. To­ma un po­co de ca­fé y con­tes­ta con un ex­tra­ño acen­to, que qui­zás res­pon­de a las dé­ca­das que vi­vió en Es­pa­ña.

Des­pués de que se lo vie­ra en su pro­ta­gó­ni­co en El úl­ti­mo tra­je, una pe­lí­cu­la so­bre un vie­jo sas­tre ju­dío que via­ja a Po­lo­nia pa­ra en­con­trar a un ami­go que lo sal­vó de los na­zis, el ac­tor re­gre­sa a Mon­te­vi­deo pa­ra pre­sen­tar Do­ble o na­da en el Tea­tro El Gal­pón. La obra, que in­ter­pre­ta jun­to a su pa­re­ja Pau­la Can­cio, es una nue­va ver­sión de Tes­tos­te­ro­na, una pie­za que se es­tre­nó en Ma­drid pa­ra mos­trar la re­la­ción de po­der en­tre el di­rec­tor de un me­dio de co­mu­ni­ca­ción y una de sus po­si­bles su­ce­so­ras. “Mez­cla los en­ga­ños con la trai­ción y el amor con­ce­bi­do des­de un lu­gar un tan­to en­fer­mi­zo. Es una mues­tra de la so­cie­dad ac­tual”, ase­gu­ra So­lá. La obra se pre­sen­ta­rá el sá­ba­do 10 y do­min­go 11 de no­viem­bre en el Tea­tro El Gal­pón.

Fue un tra­ba­jo en equi­po. Mien­tras no­so­tros pre­pa­rá­ba­mos la obra en Es­pa­ña, don­de se lla­mó Tes­tos­te­ro­na, un gru­po que­ría es­tre­nar­la en Ar­gen­ti­na. Me ha­bían ofre­ci­do ha­cer­la a mí, pe­ro no­so­tros ya es­tá­ba­mos em­bar­ca­dos en es­ta ver­sión con Pau­la. En­ton­ces, le avi­sé que ha­bía-

La ac­triz Pau­la Can­cio, que tam­bién es su se­ño­ra, de­bu­tó en tea­tro con Do­ble o na­da en Es­pa­ña. ¿Có­mo fue la pre­pa­ra­ción de los ro­les en pa­re­ja?

mos en­sa­ya­do y la es­tre­na­mos 20 días an­tes que ellos. Hi­ci­mos una tem­po­ra­da, ago­ta­mos lo­ca­li­da­des y en el me­dio me lla­ma­ron pa­ra ha­cer la se­rie de te­le­vi­sión La leo­na, con Pau­la. Ella de­bu­tó en tea­tro con­mi­go y pro­bó lo que era es­tar so­bre un es­ce­na­rio con al­guien co­mo yo, anár­qui­co y li­bre. Ve­nía con la idea de que el di­rec­tor man­da y le lla­mó la aten­ción que en tea­tro es el ac­tor el que man­da. A mí me gus­ta pen­sar en las obras co­mo si hi­cie­ra tres mil fun­cio­nes pa­ra po­der com­pren­der el mun­do de esos se­res o em­pe­zar a desechar lo que hay en ellos. Esos mis­mos se­res me eli­mi­nan pre­jui­cios que ten­go so­bre la vi­da que les doy. Se apo­de­ran de mí pe­ro so­lo en el es­ce­na­rio. Des­pués ba­jo y no me acuer­do de na­da. Si me pre­gun­tás aho­ra no sa­bría de­cir­te una fra­se de gol­pe. Lo tu­vi­mos que eva­luar tam­bién por­que mi sis­te­ma crea­ti­vo es muy ra­ro, no tie­ne na­da que ver con la es­truc­tu­ra.

Soy anár­qui­co y me gus­ta mu­cho de­jar de res­pe­tar lo com­pren­di­do pa­ra se­guir vi­vien­do co­mo el per­so­na­je. En el tea­tro siem­pre quie­ren que apren­das la le­tra de me­mo­ria y yo le ten­go te­rror a eso. Es li­te­ra­tu­ra y pun­to. No es una dis­ci­pli­na vin­cu­la­da a la mé­tri­ca. La ac­tua­ción es una pro­sa irre­gu­lar. Es­ta obra, Do­ble o na­da, es­tá in­mer­sa en la so­cie­dad ac­tual, en el as­que­ro­so o ma­ra­vi­llo­so — de­pen­de de la pers­pec­ti­va de ca­da uno— mun­do del po­der.

Es cier­to que es muy des­agra­da­ble, pe­ro lo vi­vi­mos y lo so­por­ta­mos ma­ña­na, tar­de y no­che. Aun­que pue­de ser di­fí­cil re­tra­tar a es­te hom­bre, no de­ja de ser ne­ce­sa­rio. Es tan im­por­tan­te co­mo in­ter­pre­tar a un tor­tu­ra­dor, a un hom­bre que ha­ce fe­liz a los de­más o a un mé­di­co que pien­sa en có­mo cui­dar a sus pa­cien­tes. No hay ma­ne­ra de con­tar nues­tra his­to­ria si no la pre­sen­ta­mos en el es­ce­na­rio. Y no im­por­ta lo que sea. Yo ado­ro es­te per­so­na­je, a ve­ces me se­pa­ro y lo juz­go, pe­ro cie­rro la bo­ca por­que ten­go que em­pa­ti­zar con él.

Sí, por­que en de­fi­ni­ti­va ha­ce mal en ese con­tex­to, en ese lu­gar y en ese mo­men­to. Él es un ti­po ma­ni­pu­la­dor que ha­ce lo que sien­te que es me­jor pa­ra lo­grar que la otra par­te ha­ga lo que él quie­re. Es un víncu­lo ex­tra­ño, pe­ro en to­do mo­men­to pien­sa que es lo me­jor pa­ra la su­ce­so­ra de su tra­ba­jo. Tie­nen una for­ma de que­rer muy ra­ra, y una for­ma de apos­tar al otro un tan­to peor.

Sí, pe­ro es cu­rio­so. Hay mu­je­res, de de­ter­mi­na­da edad, cria­das ba­jo de­ter­mi­na­do con­tex­to, que ter­mi­nan pen­san­do que la ma­la per­so­na son ellas por­que na­cie­ron en una épo­ca di­fe­ren­te. La vi­da es una se­rie de ma­len­ten­di­dos y no hay for­ma de ubi­car esos he­chos a me­nos que apa­rez­ca la vo­lun­tad. Es­tos dos per­so­na­jes son bri­llan­tes por­que lo­gran te­ner al es­pec­ta­dor en la pun­ta de la bu­ta­ca con es­pe­cu­la­cio­nes, du­das y mie­dos. La obra es una lom­briz que se re­tuer­ce cons­tan­te­men­te por los ca­mi­nos más ás­pe­ros. Yo ten­go la enor­me es­pe­ran­za de que mu­cha gen­te, que en al­gún mo­men­to de la obra se ríe de lo que pa­sa, al sa­lir del tea­tro, al pa­sar los días, no sea ca­paz de ar­ti­cu­lar una ri­sa si en su reali­dad su­ce­de lo mis­mo. La obra no te di­ce ‘acá es­tá el bueno, acá es­tá el ma­lo’, pe­ro te ha­ce in­fi­ni­dad de pre­gun­tas.

To­dos tie­nen una pre­gun­ta, pe­ro no hay men­sa­jes. El men­sa­je es­tá en vos y en qué acep­tás co­mo con­clu­sión. Lo que vas a ver es muy buen tea­tro y, sin em­bar­go, sen­tís que es­tás pi­san­do una se­rie de tram­pas de to­do ti­po. Las obras te ha­cen pen­sar en los mo­men­tos y qui­zás re­plan­tear­te los mo­men­tos en los que te iden­ti­fi­cás con lo que ocu­rre. El ser hu­mano es muy com­ple­jo. En (la obra de tea­tro) Equus el per­so­na­je re­cién en el se­gun­do ac­to sa­be qué

¿Có­mo de­fi­ne su sis­te­ma crea­ti­vo?

¿Fue di­fí­cil tra­ba­jar en la in­ter­pre­ta­ción de un per­so­na­je des­agra­da­ble, abu­si­vo y un tan­to mi­só­gino? ¿Es po­si­ble sen­tir em­pa­tía con un per­so­na­je así?

Pe­ro esa re­la­ción de po­der en­tre los hom­bres y las mu­je­res se re­pi­te en la so­cie­dad. Y cues­tio­na los ro­les im­pues­tos en la ac­tua­li­dad. ¿Siem­pre in­ten­ta que sus tra­ba­jos pro­pon­gan in­te­rro­gan­tes?

es lo que ha pa­sa­do. Y el psi­quia­tra abre di­cien­do que un ni­ño na­ce en un mun­do con mi­les de fe­nó­me­nos ca­pa­ces de cap­tar su aten­ción, pe­ro ca­da uno y sin sa­ber por qué re­pa­ra en al­go. Así ha­ce­mos co­ne­xión las per­so­nas: hay al­go en el ins­tin­to del ser hu­mano que cla­ma por iman­tar­se con es­to otro. Y eso pa­sa tam­bién en Do­ble o na­da.

No, por­que siem­pre hay nue­vos per­so­na­jes. Yo no hi­ce tan­tos pa­pe­les en tea­tro, pe­ro mi tra­yec­to­ria es im­por­tan­te, no es ri­sa. No lo di­go con pe­dan­te­ría sino con or­gu­llo: cum­plí con ser un buen ac­tor. Y eso fue lo úni­co que pe­dí en mi vi­da. Pu­de ha­ber­me equi­vo­ca­do en al­gu­na elec­ción, por­que a ve­ces te­nés ham­bre y ne­ce­si­tás co­mer. El pro­ble­ma es que yo no pue­do pro­du­cir Un enemi­go del pue­blo y no pue­do ha­cer un Ga­li­leo Ga­li­lei, no ten­go di­ne­ro pa­ra ha­cer­lo. Esas obras las lo­gran pro­du­cir los en­tes es­ta­ta­les, pe­ro sus des­ti­nos no ter­mi­nan de cu­brir uno o dos me­ses de fun­cio­nes. Hay obras que son pa­ra in­ter­pre­tar­las to­da la vi­da aun­que en la reali­dad pa­se al­go di­fe­ren­te. Siem­pre es­toy en el es­ce­na­rio con dos o tres per­so­na­jes, no mu­cho más, y los pro­duc­to­res di­cen que soy muy exi­gen­te. Nun­ca rom­pí un ca­ma­rín ni fal­té a mi tra­ba­jo. Pe­ro no tran­so, ten­go esa pu­ta ma­la cos­tum­bre. No soy un sim­pá­ti­co de mier­da, ten­go hu­mor pe­ro no me voy a reír de vos, no me voy a reír de mí mis­mo. Voy a reír­me de una cir­cuns­tan­cia que ha­ce que la vi­da de los de­más sea más ale­gre. Pe­ro no soy as­tu­to, no soy pi­llo. No per­te­nez­co a los de la vi­ve­za crio­lla: no te voy a afa­nar un man­go, no te voy a to­car nun­ca na­da y te voy a pe­dir per­mi­so si te quie­ro dar un be­so. No soy in­va­si­vo y esas per­so­nas no son las que se es­ti­lan. En­ton­ces, cues­ta más.

Y, si te di­go que nun­ca fal­té a una fun­ción sal­vo por te­ner la mé­du­la ro­ta o por ha­ber­me ro­to to­da la bo­ca y te­ner que em­pe­zar a ha­blar de nue­vo. Tam­bién tu­ve que em­pe­zar a ca­mi­nar de ce­ro, sa­ber que un pie ve­nía des­pués del otro. Soy exi­gen­te pe­ro lo soy co­mo to­das las per­so­nas que se le­van­tan to­das las ma­ña­nas a ha­cer el tra­ba­jo que quie­ren. A la no­che me voy muy can­sa­do a la ca­ma y los do­lo­res del cuer­po a ve­ces no me de­jan ha­cer to­das las co­sas que quie­ro ha­cer. Me ani­ma­ría a mu­cho más, pe­ro ten­go que cui­dar­me por­que sé cuá­les son los mo­vi­mien­tos que me pue­den en­tor­pe­cer de­fi­ni­ti­va­men­te. Hay mu­chas co­sas que van más allá de la li­ber­tad y el de­seo, y lo que uno sa­be que po­dría pe­ro no lo lo­gra. Y eso frus­tra.

El es­ce­na­rio un día me va a pa­tear y me va a de­cir que no pue­do es­tar más ahí arri­ba. Es una ta­rea de va­lien­tes y a ve­ces uno em­pie­za a sen­tir los mie­dos de la co­bar­día. El he­cho de no ani­mar­me a ha­cer de­ter­mi­na­dos mo­vi­mien­tos por­que me pue­do que­dar du­ro es un ín­di­ce de co­bar­día y de pru­den­cia tam­bién. Nun­ca voy a sa­ber si pue­do ha­cer­lo, pe­ro el mie­do de que­dar du­ro me ti­ra.

Sien­to que es po­si­ble que sea mi des­pe­di­da de los pro­ta­gó­ni­cos. Ten­go que se­guir co­mien­do, no ten­go he­ren­cia, ten­go que se­guir tra­ba­jan­do. Pe­ro la reali­dad es que no soy un ti­po muy útil pa­ra la in­dus­tria. Ade­más, to­dos los lu­ga­res es­tán to­ma­dos. Ya ves que El úl­ti­mo tra­je an­du­vo so­li­ta por to­dos la­dos por­que los pro­duc­to­res la de­ja­ron mo­rir. Y du­ró 18 se­ma­nas por el bo­ca a bo­ca del pú­bli­co.

No, por­que hi­ce bien mi tra­ba­jo. Ten­dría que ser frus­tran­te pa­ra ellos (los pro­duc­to­res), pe­ro no lo es por­que ya tie­nen otros pro­yec­tos. Y otro, y otro y otro. Tie­nen co­lo­ca­das sus pa­pas en las ga­lli­nas de hue­vos de oro, don­de sí se in­vo­lu­cran mu­cho más.

Siem­pre son se­mi­lle­ros. La gen­te tie­ne que op­tar en­tre sa­lir a asal­tar, pe­dir li­mos­na o crear. Es una si­tua­ción di­fí­cil. Es­ta obra ( Do­ble o na­da) se es­tre­nó an­tes con otros ac­to­res en Bue­nos Ai­res y du­ró un mes y me­dio en car­tel. No la fue a ver na­die. Y cuan­do no­so­tros qui­si­mos ve­nir con la obra por­que ya es­tá­ba­mos ha­cien­do La leo­na acá nos di­je­ron que iba con­tra to­do cri­te­rio co­mer­cial y que nin­gún em­pre­sa­rio ad­mi­ti­ría que un fra­ca­so re­cien­te pu­die­ra ser lle­va­do otra vez al es­ce­na­rio. Pen­sa­mos que era una pe­na por­que era muy bue­na, es­ta­ba muy fres­ca y no era ne­ce­sa­rio po­ner mu­cha pu­bli­ci­dad. No lo creían. Y en­tre los ami­gos se pro­du­jo El dia­rio de Adán y Eva, una obra que hi­ci­mos con Pau­la y que tu­vi­mos por más de un año. Des­pués vol­vi­mos a pre­sen­tar­la y nos vol­vie­ron a de­cir que íba­mos al mue­re. Aho­ra que po­de­mos ha­cer­la sien­to que re­cién na­ció.

No sien­to que ha­ya pa­sa­do eso, pe­ro en Ar­gen­ti­na no se re­pro­du­jo na­da de lo que yo hi­ce afue­ra. Es otra co­sa. Na­da de lo que hi­ce afue­ra, de lo que ga­né en to­do el mun­do, se mos­tró.

¿De quién? Si na­die mos­tró na­da. El pú­bli­co se mue­re, se en­fer­ma. En la te­le­vi­sión apa­re­cen los que ga­nan for­tu­nas ca­da vez que se pre­sen­tan en el ex­te­rior y son real­men­te ma­ca­bros y me­dio­cres co­mo ac­to­res. Pe­ro es lo que hay. Es lo que ven­de. Pe­ro si hu­bie­se gen­te que su­pie­ra ven­der ten­drían que mos­trar otra co­sa.

Veo de to­do. Pue­do ha­cer una lis­ta de co­sas que vi que son muy bue­nas. No te ol­vi­des que no­so­tros cria­mos una ni­ña de cin­co años y te­ne­mos la opor­tu­ni­dad de ha­cer una sa­li­da una vez ca­da dos se­ma­nas. Por lo ge­ne­ral, va­mos a ver obras in­de­pen­dien­tes y al­gu­nas —muy po­cas— del tea­tro co­mer­cial.

Es di­fí­cil, pe­ro her­mo­sa. Ya sa­bés que te vas a des­per­tar con sus gri­ti­tos y que te vas a ir a dor­mir cuan­do pue­das. Siem­pre apa­re­ce con sus pre­gun­tas, sus in­qui­si­cio­nes de la vi­da. Es mo­no­lo­guis­ta y ha­ce una es­pe­cie de com­pen­dio de pre­gun­tas una so­bre la otra. La es­cu­chás ha­blar de San Mar­tín, la re­gla o có­mo es el co­le­gio. Es un ser her­mo­so y me ha­ce mu­chos di­bu­jos por­que sa­be que soy un ba­bo­so. Ca­da co­sa que ha­ce pa­sa a ser mi mun­do. n

Des­pués de tan­tos años de ca­rre­ra, ¿no tie­ne mie­do a re­pe­tir los per­so­na­jes? ¿Es exi­gen­te con­si­go mis­mo? ¿Se ima­gi­na fue­ra de los es­ce­na­rios? ¿Por qué di­jo que de 2017, era su úl­ti­ma pe­lí­cu­la en un rol pro­ta­gó­ni­co? ¿Le frus­tró que la pe­lí­cu­la so­lo es­tu­vie­ra cua­tro me­ses en car­te­le­ra? ¿Có­mo ve el es­ce­na­rio re­gio­nal pa­ra los ac­to­res?

En al­gu­nas en­tre­vis­tas di­jo que en Ar­gen­ti­na no se re­co­no­ció la ca­rre­ra que man­tu­vo en Es­pa­ña. ¿To­da­vía lo sien­te? En­ton­ces, el re­co­no­ci­mien­to es­tá. ¿Es lo que ven­de? ¿Con­su­me tea­tro en Ar­gen­ti­na? ¿Có­mo vi­ve la pa­ter­ni­dad con una hi­ja de cin­co años a los 68?

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