Mo­men­tos Mo­rei­ra

Galería - - Mirador / Internacional - Ele­na ris­so fo­tos: leo ba­riz­zo­ni

En 2013 fue me­da­lla de oro en los Jue­gos Sud­ame­ri­ca­nos de la Ju­ven­tud de Li­ma.

En 2015 fue me­da­lla de pla­ta en los Jue­gos Pa­na­me­ri­ca­nos de To­ron­to.

En 2016 tu­vo su pri­me­ra par­ti­ci­pa­ción en Jue­gos Olím­pi­cos. Fue en Río de Ja­nei­ro, don­de fue la aban­de­ra­da de la de­le­ga­ción de de­por­tis­tas uru­gua­yos. Ter­mi­nó en el lu­gar 25 en­tre 37 com­pe­ti­do­ras.

En di­ciem­bre de ese año fue cam­peo­na mun­dial ju­ve­nil en Auc­kland, Nue­va Ze­lan­da.

En ma­yo de 2018 fue me­da­lla de pla­ta en los Jue­gos Sud­ame­ri­ca­nos (Ode­sur) que se dispu­taron en San­tia­go de Chi­le.

En se­tiem­bre de de es­te año fue me­da­lla de oro en la Se­ma­na Olím­pi­ca de Enos­hi­ma, Ja­pón, don­de en 2020 se dispu­tarán los Jue­gos Olím­pi­cos. ja­ba a Mon­te­vi­deo pa­ra com­pe­tir con ri­va­les de la ca­pi­tal y de otras zo­nas cos­te­ras. Los do­min­gos de noche to­ma­ba el óm­ni­bus y lle­ga­ba los lu­nes al li­ceo. Tam­bién, cuan­do po­día, prac­ti­ca­ba con ri­va­les ar­gen­ti­nas, por­que en su tie­rra ya que­da­ban pocas con quie­nes me­dir­se.

A al­gu­nos com­pe­ti­do­res les cues­ta adap­tar­se al cam­bio de agua de río a la de mar. En Pay­san­dú prac­ti­ca­ba en el río Uru­guay, en Mon­te­vi­deo en el Río de la Pla­ta, don­de por los vien­tos y las co­rrien­tes el ti­po de agua se ase­me­ja más a la de mar, di­ce. No tu­vo pro­ble­mas, por­que le en­can­ta el vien­to y es­ta­ba acos­tum­bra­da a los 20 nu­dos a los que lle­ga­ba en al­gu­nas oca­sio­nes en Pay­san­dú.

Cuan­do en 2015 se cla­si­fi­có a los Jue­gos Olím­pi­cos, se dio cuen­ta de que la vi­da en­tre Pay­san­dú y Mon­te­vi­deo, en­tre óm­ni­bus y cla­ses, no era via­ble, así que se ins­ta­ló en la ca­pi­tal, jun­to a una de sus her­ma­nas y una tía. Ahí co­men­zó una nue­va eta­pa, en ge­ne­ral ro­dea­da de ma­yo­res, por­que Mo­rei­ra es­tá acos­tum­bra­da a com­pe­tir con re­ga­tis­tas más gran­des que ella, tan­to en fí­si­co co­mo en edad. “En el 2015 me in­vi­ta­ron al Mun­dial de ma­yo­res por­que ha­bía una pla­za y na­die iba. Éra­mos 120; mi ob­je­ti­vo era que­dar en­tre las pri­me­ras 100 y que­dé en el lu­gar 30. Ahí pen­sé que si ya com­pe­tía a ni­vel de ma­yo­res, al prin­ci­pio me iba a cos­tar, por­que era más difícil, pe­ro que mi cre­ci­mien­to iba a ser más rá­pi­do, por­que me sal­tea­ba las com­pe­ten­cias ju­ve­ni­les”, con­tó.

Más allá de los lo­gros con­se­gui­dos, ni Mo­rei­ra ni nin­gún otro ve­le­ris­ta pue­de vi­vir de su ac­ti­vi­dad en Uru­guay, por eso de­pen­de de ayu­das es­ta­ta­les. Al igual que otros de­por­tis­tas de dis­ci­pli­nas me­nos po­pu­la­res que el fútbol, tie­ne el aus­pi­cio del Ban­co de Se­gu­ros del Es­ta­do y cuen­ta con una be­ca mi­li­tar en la Ar­ma­da. Al igual que ocu­rre con mú­si­cos a los que se con­tra­ta pa­ra ban­das mi­li­ta­res, ella tie­ne que par­ti­ci­par en de­ter­mi­na­das ac­ti­vi­da­des de la fuer­za de mar y dar char­las so­bre su dis­ci­pli­na.

LA VE­LA EN LA VA­LI­JA. El bar­co pa­ra com­pe­tir en lá­ser ra­dial es de cua­tro me­tros y la ve­la mi­de 5,7 me­tros cua­dra­dos. Es­tá he­cho de fi­bra de vi­drio y hay tres em­pre­sas en el mun­do que fa­bri­can los que es­tán ho­mo­lo­ga­dos pa­ra com­pe­ten­cias in­ter­na­cio­na­les. El pre­cio pue­de ron­dar los 9.000 dó­la­res y la ma­yo­ría de los re­ga­tis­tas que com­pi­ten con Mo­rei­ra los cambian una vez al año.

Ella no so­lo no lo ha­ce, sino que la ma­yo­ría de sus con­quis­tas fue­ron en bar­cos aje­nos, por­que es difícil tras­la­dar a Ga­rra cha­rrúa a paí­ses le­ja­nos, por una cues­tión de cos­tos. La na­ve sue­le que­dar en el Yacht y ella al­qui­la al- gu­na en el ex­te­rior o uti­li­za las que le pro­por­cio­na la or­ga­ni­za­ción de las com­pe­ten­cias, al­go que tra­ta de evi­tar por­que en ge­ne­ral no es­tán en las me­jo­res con­di­cio­nes.

Mo­rei­ra via­ja con la ve­la, el ti­món, la or­za, sus tra­jes — de neo­preno o ly­cra, se­gún el cli­ma— y sus sal­va­vi­das. “Nor­mal­men­te, la gen­te po­ne to­do en un con­te­ne­dor y lo man­da. Yo lle­vo las co­sas en un va­li­ja. Las ve­las las do­blo y las guar­do en una ca­ja de ar­mas. Siem­pre ten­go pro­ble­mas por­que me pre­gun­tan qué lle­vo aden­tro, pe­ro tie­ne el ta­ma­ño per­fec­to pa­ra guar­dar­las”, con­tó.

Más allá de los en­tre­na­mien­tos y las pla­ni­fi­ca­cio­nes, en las com­pe­ten­cias es Mo­rei­ra quien to­ma, en so­le­dad, las de­ci­sio­nes. Por eso des­de ha­ce un tiem­po cuen­ta con la asis­ten­cia de una psi­có­lo­ga que le pro­por­cio­na la Fun­da­ción De­por­te Uru­guay, que le per­mi­te tra­ba­jar la par­te men­tal, co­mo for­ma de com­ple­men­tar su en­tre­na­mien­to fí­si­co. “Soy de po­ner­me mu­cha pre­sión y an­tes cuan­do co­me­tía un error en una re­ga­ta se­guía pen­san­do mu­cho tiem­po en eso. La psi­có­lo­ga me ayu­dó a ma­ne­jar­lo: si co­me­tí un error, ten­go que ha­cer bo­rrón y cuen­ta nue­va y a otra his­to­ria. El de­por­te tam­bién es ex­pe­rien­cia, erro­res siem­pre vas a co­me­ter. El te­ma es bus­car una sa­li­da. Creo que en los úl­ti­mos dos o tres años cam­bié, aho­ra soy más se­ria en el agua, an­tes era más de bo­lu­dear”, ex­pli­có.

En el mar, di­ce, no tie­ne mie­do. Por eso no le preo­cu­pa arries­gar­se y cuan­do pue­de in­ten­ta ba­rre­nar olas con el bar­co. Ha­ce al­gu­nas se­ma­nas, en Ja­pón, la ola era tan gran­de que la ca­ta­pul­tó más de tres me­tros ha­cia ade­lan­te y el bar­co que­dó per­pen­di­cu­lar. En­se­gui­da lle­gó la ola si­guien­te, que la dio vuelta. “Ahí sen­tís la adre­na­li­na. A una per­so­na que no ha­ya pa­sa­do tan­to tiem­po en el agua, eso tal vez le da mie­do. A no­so­tros no; va­mos con los cha­le­cos sal­va­vi­das, y el en­tre­na­dor va en otro bar­co con la ra­dio, así que si ocu­rre al­gu­na si­tua­ción com­pli­ca­da avi­sa a Pre­fec­tu­ra”, di­jo.

Por es­tas ho­ras la ve­la de Mo­rei­ra es­tá do­bla­da, pron­ta pa­ra via­jar a Bra­sil a com­pe­tir por un nue­vo desafío. Des­pués se vie­nen me­ses in­ten­sos, por­que de lo que ocu­rra el año que vie­ne de­pen­de­rá si se cla­si­fi­ca o no pa­ra los Jue­gos Olím­pi­cos de 2020. Hay dos for­mas de ac­ce­der a Ja­pón: por una de las seis pla­zas que se otor­gan en el Mun­dial de ma­yo­res, o por la úni­ca que se con­ce­den en los Pa­na­me­ri­ca­nos, que en 2016 fue­ron los que la de­po­si­ta­ron en Río de Ja­nei­ro. En­tre prác­ti­cas, ejer­ci­cio y tra­ba­jo psi­co­ló­gi­co, es­pe­ra lo­grar­lo. Y, en ese ca­so, ya po­drá ir pen­san­do en cuál se­rá el pró­xi­mo ta­tua­je. n

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