“El vie­jo mu­rió con las bo­tas pues­tas. Es la muer­te que desea cual­quier ge­ne­ral”

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Co­mo es un mo­men­to especial de la cam­pa­ña pa­ra las in­ter­nas, te­nía que ha­ber al­gún ora­dor que no que es­tu­vie­ra me­ti­do en el me­dio. Igual le pe­dí a mi pri­mo, José Amo­rín Batlle, que di­je­ra al­gu­nas pa­la­bras so­bre pa­pá. Mi dis­cur­so fue un ho­me­na­je a los lí­de­res de esa ge­ne­ra­ción. Lo es­cri­bí por­que no lo iba a po­der de­cir sin tran­car­me.

Ape­nas co­mien­za la en­tre­vis­ta, sue­na por pri­me­ra vez uno de sus dos ce­lu­la­res. Pi­de apa­gar el gra­ba­dor y man­tie­ne una con­ver­sa­ción de unos mi­nu­tos so­bre el es­ta­do de sa­lud de su ma­dre, que evo­lu­cio­na de una frac­tu­ra. Ape­nas cor­ta, y se dis­po­ne a re­to­mar la char­la, sue­na otra vez el apa­ra­to. Se tra­ta de un clien­te que lo con­sul­ta por unos te­rre­nos ocu­pa­dos, con­ver­san unos mi­nu­tos y que­dan en ha­blar des­pués. Las lla­ma­das no son la úni­ca in­te­rrup­ción: mi­nu­tos más tar­de hay que pa­rar la en­tre­vis­ta por­que tie­ne que mo­ver el au­to. Cuan­do lle­gó no ha­bía lu­gar pa­ra es­ta­cio­nar, así que pa­ró en una en­tra­da de ga­ra­je y le pi­dió al cui­da­do­ches que le to­ca­ra tim­bre si te­nía que mo­ver el vehícu­lo.

Al igual que su pa­dre, mue­ve los bra­zos con ade­ma­nes, o los co­lo­ca de­trás de la ca­be­za pa­ra res­pon­der. Se ríe a car­ca­ja­das, aun­que lo que di­ga no sea gra­cio­so, y le­van­ta con én­fa­sis la voz, al­go que, se­gún ad­mi­te, pro­vo­ca al­gún que otro re­zon­go por par­te de su se­ño­ra.

Ha­blan­do de esos lí­de­res di­jo: “Ellos son los que con el ejem­plo nos han en­se­ña­do a que no te­ne­mos que clau­di­car en la de­fen­sa de lo que cree­mos que es justo pa­ra nues­tra so­cie­dad”. ¿Qué es lo que hay que de­fen­der?

El men­sa­je que nos de­jan es que no se pue­de ba­jar los bra­zos. Creo que per­so­nas co­mo Jorge, co­mo Ale­jan­dro At­chu­garry, Julio María San­gui­net­ti, han de­ja­do el al­ma. Julio lo es­tá de­mos­tran­do aho­ra, a su edad.

Ha­bló de pro­vo­car los “gran­des cam­bios que el país ne­ce­si­ta”. ¿Cuá­les se­rían?

Ahí evo­qué un dis­cur­so de mi pa­dre; di­jo que si le da­ban a ele­gir en­tre el ex­ce­so de dis­cre­cio­na­li­dad y el ex­ce­so de li­ber­tad, él pre­fe­ría el ex­ce­so de li­ber­tad. Vie­ne al ca­so por­que es­ta­mos en un mun­do, en el que Uru­guay no es esquivo, en que el Gran Her­mano quie­re sa­ber to­do de to­dos. Cuan­ta más re­gu­la­ción hay, más li­ber­tad nos qui­tan. En aque­lla épo­ca ha­bía un ex­ce­so de re­gu­la­ción, hoy es­ta­mos yen­do en un ca­mino si­mi­lar. ¿En Uru­guay? Acá no exis­tía una ley de pren­sa (de me­dios). Una ley de pren­sa siem­pre qui­ta li­ber­tad. Siem­pre la pren­sa tu­vo la li­ber­tad de de­cir lo que qui­sie­se. Aho­ra quie­ren re­gu­lar las no­ti­cias fal­sas.

Ha­ce unos días, en Ca­nal 10 di­jo que si bien siem­pre tu­vo un per­fil ba­jo, cuan­do su pa­dre mu­rió sin­tió que te­nía que ha­cer al­go por el país. ¿Por qué?

Nun­ca tu­ve as­pi­ra­ción po­lí­ti­ca. Uno no pue­de rehuir de su pa­sa­do y su ape­lli­do. Cuan­do mue­re mi pa­dre, co­mo to­do hi­jo, uno sien­te que lo que más le de­ja un pa­dre es su le­ga­do y tie­ne la obli­ga­ción de de­vol­ver mu­cho que vie­ne de an­tes. Me sien­to, pri­me­ro, uru­gua­yo, des­pués, co­lo­ra­do, y den­tro del Par­ti­do Co­lo­ra­do mi op­ción fue por Amo­rín Batlle. De­ci­dí ayu­dar­lo. Ten­go un tra­ba­jo que me to­ma mu­cho tiem­po, pe­ro los fi­nes de se­ma­na los ten­go li­bres y le doy una mano. De noche, que es cuan­do ge­ne­ral­men­te son las reunio­nes po­lí­ti­cas, tam­bién. Es­toy en una eta­pa de mi vi­da en la que mis hi­jos no re­quie­ren tan­ta pre­sen­cia fa­mi­liar; mi hi­jo ma­yor vi­ve so­lo; mi hi­jo me­nor tie­ne sus co­sas. Mi se­ño­ra se la ban­ca un po­co.

¿Cuál cree que es el prin­ci­pal pro­ble­ma del go­bierno?

Lo re­co­no­cen des­de el go­bierno: te­ne­mos pro­ble­mas de se­gu­ri­dad, de­ri­va­dos de pro­ble­mas cri­mi­na­lís­ti­cos y de la edu­ca­ción, que no es­tá lle­gan­do adon­de tie­ne que lle­gar. Te­ne­mos pro­ble­mas en la sa­lud, de to­do ti­po, des­de co­rrup­ción a po­ca asis­ten­cia.

¿Qué sien­te cuan­do di­cen que la si­tua­ción de in­se­gu­ri­dad es con­se­cuen­cia de la cri­sis del 2002?

El otro día leía una fra­se en Fa­ce­book, que no sé de quién es, que de­cía: “Lle­ga una edad en que no le po­dés echar la cul­pa a tu pa­dre, ni a tu fa­mi­lia, ni al que te dio em­pleo, ni a la so­cie­dad, ni a na­die. Vos sos res­pon­sa­ble de to­do”. El go­bierno tie­ne una edad en que no les pue­de se­guir echan­do la cul­pa a los de­más. Por­que tam­bién po­dría de­cir que hoy es­ta­mos co­mo es­ta­mos gra­cias a có­mo ma­ne­ja­mos las co­sas en el 2002. Hoy no so­mos Ar­gen­ti­na, que si­gue des­pués de 15 años tra­tan­do de sa­lir del 2002. Acá no su­pi­mos apro­ve­char la bo­nan­za eco­nó­mi­ca pa­ra dar­le los re­cur­sos a la gen­te que los pre­ci­sa. Lo úni­co que le di­mos es pla­ta. Y no los edu­ca­mos. No es así. Hay mu­chí­si­mas más co­sas, en­tre ellas evi­den­te­men­te la cul­tu­ra y la edu­ca­ción. Eso es tí­pi­co del po­pu­lis­mo: siem­pre echar­les la cul­pa a los de­más. ¿Es­te go­bierno es po­pu­lis­ta? No tan po­pu­lis­ta co­mo otros, pe­ro sí. En la re­gión he­mos te­ni­do 15 años de go­bier­nos po­pu­lis­tas y hoy in­creí­ble­men­te lo que más es­cu­chás es ha­blar en con­tra del po­pu­lis­ta. Hoy Trump es po­pu­lis­ta, Bol­so­na­ro es fas­cis­ta y po­pu­lis­ta. Y es lo mis­mo po­pu­lis­mo de iz­quier­da o de de­re­cha, fas­cis­mo de iz­quier­da o de de­re­cha es lo mis­mo.

¿Por qué apo­ya a Amo­rín Batlle cuan­do Er­nes­to Tal­vi, su­pues­ta­men­te, es el ele­gi­do de su pa­dre?

Pri­me­ro, mi pa­dre es­tá muer­to. No sa­be­mos qué di­ría mi pa­dre hoy. Era un gran mo­ti­va­dor, mo­ti­vó a va­rias ge­ne­ra­cio­nes en to­dos los par­ti­dos. Uno de los prin­ci­pa­les ges­to­res del par­ti­do de go­bierno es Zel­mar Mi­che­li­ni, que se lo pre­sen­tó mi pa­dre a Luis Batlle, y era su se­cre­ta­rio per­so­nal. En su úl­ti­ma épo­ca le dio mu­cha ma­ni­ja a Tal­vi pa­ra que se ti­ra­ra y es­ta­ba muy con­ten­to por­que ha­bía acep­ta­do. Era otro el Par­ti­do Co­lo­ra­do, otras las can­di­da­tu­ras. Hoy, pa­ra mí, José Amo­rín es el que más re­pre­sen­ta el pen­sa­mien­to de mi pa­dre.

Tal­vi con­tó en ga­le­ría có­mo fue que su pa­dre in­ten­tó con­ven­cer­lo en una char­la en Ce­res. ¿Por qué cree que no se lo pro­pu­so en 2004, 2009 o 2014?

Hay tiem­po pa­ra to­do y pa­ra to­dos. Mi pa-

dre siem­pre es­ta­ba bus­can­do a al­guien pa­ra dar­le ma­ni­ja. Julio María San­gui­net­ti es­tá pri­me­ro en la lis­ta, tam­bién (Pe­dro) Bor­da­berry, que no ha­cía po­lí­ti­ca has­ta que mi vie­jo lo lle­vó a un mi­nis­te­rio. La lis­ta se­ría in­ter­mi­na­ble. El úl­ti­mo fue Er­nes­to. Gra­cias a que lo hi­zo, hoy te­ne­mos una in­ter­na muy com­pe­ti­ti­va. José hi­zo su ca­rre­ra po­lí­ti­ca con pa­pá jun­tan­do vo­tos des­de el llano.

Pe­ro su pa­dre nun­ca lo pro­mo­vió co­mo can­di­da­to.

El vie­jo era así, nun­ca me iba a pro­mo­ver a mí. Si vos eras de la fa­mi­lia, ha­ce­te so­lo. Y es­tá bien, se lo agra­de­ce­mos, por­que nos ha he­cho lu­char­la tan­to y nos hi­zo du­ros. Más allá de eso, en la in­ter­na te­ne­mos a José; a Tal­vi, que vie­ne del mun­do aca­dé­mi­co y pue­de apor­tar mu­cho, y Julio (San­gui­net­ti), que sa­lió a la can­cha a de­jar el al­ma. ¿Es­tá dan­do a San­gui­net­ti can­di­da­to? No di­go eso, di­go que es­tá tra­ba­jan­do mu­cho pa­ra su sec­tor. Es un ejem­plo pa­ra to­dos los de a pie. Te­ne­mos una in­ter­na pu­ra­men­te batllis­ta en un par­ti­do que ha­ce 12 o 15 años ha­bía de­ja­do de ser­lo. Tal vez por el 2002, por­que si bien fui­mos los que sa­ca­mos al país ade­lan­te, la gen­te su­frió mu­cho y te cas­ti­gó en las elec­cio­nes si­guien­tes.

Hay quie­nes sos­tie­nen que el Fren­te Am­plio se apro­pió del dis­cur­so batllis­ta y que se con­vir­tió en un im­pul­sor de le­yes so­cia­les...

Per­do­na­me, de­ci­me una ley so­cial im­por­tan­te del Fren­te Am­plio. La des­pe­na­li­za­ción del abor­to. La des­pe­na­li­za­ción del abor­to, es­tá bien. ¿Cuál otra? El ma­tri­mo­nio igua­li­ta­rio. (Si­len­cio) Fue in­no­va­do­ra. Com­pa­rar­la con la ley de ocho ho­ras, con la ley del di­vor­cio a so­lo pe­di­do de la mu­jer... Acá mu­chas ve­ces es­ta­mos ol­vi­dán­do­nos de que a prin­ci­pios del si­glo XX es­ta­ba el di­vor­cio a so­lo pe­di­do de la mu­jer. Des­pués de eso, cual­quier co­sa que se te ocu­rra es na­da. El batllis­mo les re­co­no­ció a las mu­je­res el de­re­cho a sa­lir de ese so­me­ti­mien­to ma­chis­ta a su so­lo pe­di­do. El vo­to uni­ver­sal, igual; las mu­je­res no po­dían vo­tar, mu­cho me­nos par­ti­ci­par en po­lí­ti­ca. Eso fue Batlle y Ordóñez.

En eso tu­vo un pa­pel fun­da­men­tal el Par­ti­do Na­cio­nal.

Sí. Es­te país lo hi­ci­mos en­tre los blan­cos y los co­lo­ra­dos. Es­toy com­pa­ran­do las épo­cas, son las épo­cas de Batlle y Ordóñez. A Batlle y Ordóñez le to­có cir­cuns­tan­cial­men­te ga­nar las elec­cio­nes y tu­vo que ne­go­ciar y por eso el re­sul­ta­do de Batlle y Ordóñez era el co­le­gia­do.

Tam­bién hay quie­nes di­cen que an­tes el par­ti­do del Es­ta­do era el Par­ti­do Co­lo­ra­do y hoy es el Fren­te Am­plio.

El Es­ta­do, co­mo bien lo de­cía Batlle y Ordóñez y co­mo bien lo ha di­cho mu­cha gen­te en es­te país, tie­ne que es­tar al ser­vi­cio de la per­so­na. Y no la per­so­na al ser­vi­cio del Es­ta­do. Eso no era así. Batlle y Ordóñez no les pu­so im­pues­to a los tra­ba­ja­do­res. Les dio me­nos ho­ras de tra­ba­jo. Es­te go­bierno lo que ha­ce es im­po­ner­le im­pues­tos al tra­ba­ja­dor, le di­jo que le iba a dar me­jor edu­ca­ción, me­jor se­gu­ri­dad, me­jor sa­lud, y es­ta­mos ca­da día más com­pli­ca­dos. Si vie­ne una com­pli­ca­ción de afue­ra va a ser muy difícil sa­lir por­que es­ta­mos más en­deu­da­dos que nun­ca, con la car­ga im­po­si­ti­va más gran­de. Los más dé­bi­les son los que pre­ci­san edu­ca­ción, sa­lir a tra­ba­jar, sa­lud. Les han di­cho que pue­den

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