“Las pri­me­ras pe­lí­cu­las son un de­re­cho de pi­so que te per­mi­ten ha­cer una co­mo es­ta con au­to­ri­dad”

FE­DE ÁLVAREZ DI­RI­GE LA CHI­CA EN LA TE­LA­RA­ÑA, EL MILLENNIUM, DE STIEG LARS­SON, QUE YA ES­TÁ EN CAR­TEL 72 2018 BA­SA­DO EN LA SA­GA

Galería - - Columna: Nobleza Obliga - Pa­tri­cia mán­ta­ras

es­tán so­bre él, que sa­le del lu­gar dis­cre­to de di­rec­tor de ci­ne pa­ra res­pon­der las in­te­rro­gan­tes de los pe­rio­dis­tas, que ro­tan ca­da 15 mi­nu­tos mien­tras él per­ma­ne­ce en el mis­mo sillón. Las cir­cuns­tan­cias no son las idea­les pa­ra lo­grar una en­tre­vis­ta fres­ca o una con­tes­ta­ción re­ve­la­do­ra, pe­ro Fe­de Álvarez se es­me­ra, y le agre­ga al pro­fe­sio­na­lis­mo que lo ha he­cho par­te de la in­dus­tria más gran­de del ci­ne, el en­tu­sias­mo de un di­rec­tor no­vel, aun­que ya no lo sea.

Lo que lo tra­jo a Mon­te­vi­deo es el es­treno de su ter­ce­ra pe­lí­cu­la (en la que vuel­ve a tra­ba­jar con el di­rec­tor de fo­to­gra­fía Pe­dro Luque, tam­bién uru­gua­yo), La chi­ca en la te­la­ra­ña, un th­ri­ller que com­bi­na al­go del ci­ne ne­gro con es­pio­na­je y al­go del ci­ne de su­per­hé­roes pe­ro sin ras­tros del te­rror que mar­có sus dos pri­me­ras pe­lí­cu­las. La pro­ta­go­nis­ta es Lis­beth Sa­lan­der, la leal e in­co­rrup­ti­ble hac­ker que fas­ci­nó a los lec­to­res des­de que se pu­bli­có Los hom­bres que no ama­ban a las mu­je­res, el li­bro del sue­co Stieg Lars­son que dio co­mien­zo a la tri­lo­gía Millennium y que se pu­bli­có po­co des­pués de mo­rir su au­tor, que nun­ca lle­gó a ver el éxi­to de su obra. La chi­ca en la te­la­ra­ña re­to­ma su his­to­ria pa­ra na­rrar

Es­ta vez, las lu­ces

los acon­te­ci­mien­tos que tu­vie­ron lu­gar en el cuar­to li­bro de la sa­ga, Lo que no te ma­ta te ha­ce más fuer­te, es­cri­to por Da­vid La­ger­crantz.

El león de la Me­tro ru­ge y la ac­triz bri­tá­ni­ca Clai­re Foy (ga­na­do­ra del Glo­bo de Oro por in­ter­pre­tar a una jo­ven rei­na Isa­bel II en la se­rie The Crown) se con­vier­te en es­ta he­roí­na fe­mi­nis­ta, es­ta jus­ti­cie­ra que “las­ti­ma a los hom­bres que las­ti­man a las mu­je­res”. Su per­so­ni­fi­ca­ción de Sa­lan­der im­pac­ta, y has­ta el acento sue­co so­bre su in­glés bri­tá­ni­co ori­gi­nal — un re­cur­so pa­ra que la pe­lí­cu­la ha­bla­da en in­glés fun­cio­ne en es­ce­na­rios nór­di­cos—, re­sul­ta per­fec­to pa­ra es­ta mu­jer valiente e in­que­bran­ta­ble. Em­pie­za la pe­lí­cu­la, con sus 117 mi­nu­tos que pa­san co­mo una ex­ha­la­ción.

Fue cir­cuns­tan­cial, pe­ro al mis­mo tiem­po que eso no exis­te. Na­tu­ral­men­te, las co­sas se dan por­que la so­cie­dad se mue­ve ha­cia cier­tos lu­ga­res al mis­mo tiem­po. No­so­tros es­tá­ba­mos ter­mi­nan­do el guion o en pre­pro­duc­ción cuan­do to­do el Me Too em­pe­zó, pe­ro no so­lo eso. Los hac­kers eran has­ta ahí per­so­na­jes de pe­lí­cu­la y aho­ra de gol­pe es al­go de lo que se lee to­do el tiem­po, con los ru­sos que hac­kea­ron las elec­cio­nes y ese ti­po de co­sas. En­ton­ces hu­bo dos ele­men­tos que pa­re­cían de pe­lí­cu­la que de gol­pe se vol­vie­ron al­go su­per­rea­lis­ta. Có­mo lo va a re­ci­bir la gen­te nun­ca se sa­be, pe­ro sí creo que el mun­do es­tá cam­bian­do, cla­ra­men­te, y es­pe­ro que es­tén abier­tos a ver un per­so­na­je fe­me­nino co­mo ella, que no pa­sa por que es­té es­plén­di­da y ten­ga el pe­lo es­pec­ta­cu­lar, y el cuer­po y la ro­pa apre­ta­da, que es lo que Holly­wood ha­ce to­do el tiem­po. No­so­tros no que­ría­mos ha­cer eso, que­ría­mos te­ner un per­so­na­je fe­me­nino que fue­ra in­di­ca­do no des­de la sub­je­ti­vi­dad y la fan­ta­sía mas­cu­li­na, co­mo pa­sa mu­chas ve­ces, sino des­de la sen­si­bi­li­dad del ac­tor en sí mis­mo, de la ac­triz en es­te ca­so, de Clai­re Foy; de­jar­la que crea­ra su per­so­na­je en fun­ción de có­mo ella que­ría ser re­pre­sen­ta­da. Eso ha­ce que sea muy di­fe­ren­te de a lo que uno es­tá acos­tum­bra­do a ver en pe­lí­cu­las de es­te estilo, y es al­go que me po­ne muy or­gu­llo­so, por­que se ha­ce muy po­co y se de­be­ría ha­cer más.

Eso es lo que más me fas­ci­na­ba y por lo que que­ría ha­cer una pe­lí­cu­la. Las otras que se hi­cie­ron nun­ca eran de ella, ella era un per­so­na­je más, y pa­ra un icono fe­mi­nis­ta tan im­por­tan­te co­mo ella me pa­re­cía in­jus­to y has­ta per­ver­so que no hu­bie­ra una pe­lí­cu­la don­de real­men­te fue­ra Lis­beth Sa­lan­der la pro­ta­go­nis­ta. Que em­pe­za­ra con ella y ter­mi­na­ra con ella.

Cuan­do uno ha­ce cas­ting no mi­ra lo su­per­fi­cial, sino que lo que ter­mi­na ha­cien­do es po­ner ac­to­res que ha­yan he­cho al­go pa­re­ci­do en el pa­sa­do, y na­da más. Cuan­do uno cas­ti­nea a al­guien que di­rías: “Ah, bueno, sí, es una op­ción ob­via”, es por­que sim­ple­men­te ya hi­zo de hé­roe de ac­ción, o ya hi­zo de al­guien me­dio re­bel­de. Ella no hi­zo nin­gu­na de esas co­sas, pe­ro tie­ne el don que muy po­cos ac­to­res tie­nen, so­lo los bri­llan­tes, que es la ca­pa­ci­dad de de­jar­te sa­ber a vos, co­mo au­dien­cia, qué le es­tá su­ce­dien­do aden­tro, en su men­te y en su al­ma. Pue­de es­tar enoja­da y se­ria y no que­rien­do que se­pas na­da de ella, pe­ro te lo de­ja sa­ber al mis­mo tiem­po. Esa dua­li­dad es

La pe­lí­cu­la apa­re­ce en un mo­men­to en que el em­po­de­ra­mien­to de la mu­jer es­tá cons­tan­te­men­te so­bre la me­sa y en dis­cu­sión. ¿Cree queel fil­me es fru­to de eso o fue cir­cuns­tan­cial? ¿Cree que el mo­men­to in­ci­di­rá en có­mo lo re­ci­ba el pú­bli­co? Lis­beth Sa­lan­der es un per­so­na­je im­po­nen­te.

Clai­re Foy es una op­ción po­co ob­via pa­ra ese per­so­na­je, por los pa­pe­les que in­ter­pre­tó an­te­rior­men­te.

lo que to­dos so­mos, siem­pre te­ne­mos una ac­ti­tud que que­re­mos pre­sen­tar­le a la gen­te, pe­ro hay una reali­dad aden­tro nues­tro que no es ne­ce­sa­ria­men­te la mis­ma.

cas­ting

Yo in­ten­to no pen­sar mu­cho en esas co­sas. Lo que sí ten­go que ha­cer es ser fiel al per­so­na­je co­mo es­tá en las pá­gi­nas; si uno es fiel al es­pí­ri­tu del per­so­na­je y a lo que se es­cri­bió ori­gi­nal­men­te, ge­ne­ral­men­te los fans van a en­con­trar el per­so­na­je re­pre­sen­ta­do de la ma­ne­ra que ellos lo ima­gi­nan, o cer­ca de lo que ellos ima­gi­nan. Eso siem­pre es lo más im­por­tan­te, y en es­te ca­so creo que con el tra­ba­jo de Clai­re el per­so­na­je es su­per­fiel a Lis­beth Sa­lan­der co­mo es­tá en el li­bro.

No res­pi­res,

La chi­ca en la te­la­ra­ña? Aho­ra ten­go dos pe­lí­cu­las he­chas, nin­gu­na de las dos se hi­zo con gran­des pre­su­pues­tos pe­ro tu­vie­ron un éxi­to bru­tal de ta­qui­lla a es­ca­la mun­dial. En los es­tu­dios eso es al­go muy im­por­tan­te y en cuan­to a te­ner po­der de de­ci­sión y po­der crea­ti­vo cuan­do uno em­pie­za a ha­cer pe­lí­cu­las más gran­des, el te­ner eso en tu ha­ber cam­bia to­do. De gol­pe te da una au­to­ri­dad y un po­der de de­ci­sión que nun­ca vas a te­ner en la pri­me­ra pe­lí­cu­la. Las pri­me­ras son un de­re­cho de pi­so que te per­mi­te ha­cer pe­lí­cu­las co­mo es­ta con au­to­ri­dad y con po­der crea­ti­vo to­tal. Al me­nos pa­ra es­ta pe­lí­cu­la sí.

Creo que es por­que hay cier­tos gé­ne­ros que fun­cio­nan muy bien en el ci­ne, en la pan­ta­lla gran­de. Hay otros gé­ne­ros que siem­pre es lin­do ver en el ci­ne, pe­ro que tam­bién po­dés ver en tu ca­sa. Y hoy en día, con Net­flix, el strea­ming y to­do es­to, hay pe­lí­cu­las que mu­cha gen­te pre­fie­re ver en su ca­sa, y no ne­ce­sa­ria­men­te ir y pa­gar un mon­tón de pla­ta en el ci­ne; las te­les son ca­da vez más gran­des y se ven ca­da vez me­jor. To­do eso ha he­cho una gran mi­gra­ción de gen­te que ter­mi­na pen­san­do qué es lo que va a ir al ci­ne a ver. Creo que el te­rror, sin du­da, es uno de esos gé­ne­ros que se dis­fru­tan mu­chí­si­mo en la pan­ta­lla gran­de por­que da más mie­do, y la ex­pe­rien­cia co­mu­ni­ta­ria de es­tar sen­ta­do en una sa­la de ci­ne con ex­tra­ños y asus­tán­do­se, así co­mo con las co­me­dias, es ge­nial. Y es­ta pe­lí­cu­la que hi­ci­mos tam­bién, es una ex­pe­rien­cia pa­ra te­ner en el ci­ne. Las pe­lí­cu­las de es­te estilo, th­ri­ller y de ac­ción, es­tán he­chas pa­ra ver­se en la pan­ta­lla gran­de y te dan una ex­pe­rien­cia mu­cho me­jor. Hoy en día, la­men­ta­ble­men­te se van re­du­cien­do los gé­ne­ros que la gen­te se vuelca más a ver en el ci­ne.

Sí, te­nía­mos ex­per­tos en tec­no­lo­gía y un hac­ker, de guan­te blanco, que tra­ba­jó con no­so­tros en la pe­lí­cu­la, que te ayu­da­ba a ase­gu­rar­te de que lo que es­tu­vie­ras po­nien­do en la pan­ta­lla no fue­ra des­ca­be­lla­do, que fue­ra ba­sa­do en tec­no­lo­gías reales y en co­sas que exis­ten hoy en día. Dan mie­do por­que uno pien­sa que la pass­word que tie­ne en su mail, con el nom­bre de su mas­co­ta y un nú­me­ro es se­gu­ra, y no lo es (ri­sas). La pe­lí­cu­la te de­mues­tra que un hac­ker, al­guien ca­pa­ci- ta­do, pue­de to­mar con­trol de esas co­sas en dos se­gun­dos.

La­men­ta­ble­men­te, sí. To­do lo que apa­re­ce en la pe­lí­cu­la es­tá ba­sa­do en tec­no­lo­gías reales.

Es un ofi­cio y hay téc­ni­cas. En es­te ca­so em­pe­za­mos con Ro­do (Sa­ya­gués), que fue tam­bién mi co­guio­nis­ta en las otras pe­lí­cu­las, es­cri­bien­do co­mo en cin­co pá­gi­nas el puz­le, có­mo íba­mos a con­tar esa his­to­ria. Des­pués de eso tra­ba­jé con el in­glés Jay Ba­su pa­ra con­ver­tir ese puz­le, le­tra por le­tra, en lo que fue el guion. Te­nía­mos tam­bién un guion ori­gi­nal que adap­ta­mos, que era de un ter­cer guio­nis­ta, Ste­ven Knight, que es uno de los me­jo­res guio­nis­tas in­gle­ses. Es un ofi­cio co­mo cual­quier otro, se apren­de ha­cien­do, vas a ensayo y error, y con mu­cho tra­ba­jo. Los guio­nes no son al­go que cuan­do uno es­tá ins­pi­ra­do va a la compu­tado­ra y es­cri­be, la úni­ca ma­ne­ra de ha­cer un guion es de­di­cán­do­te diez ho­ras por día a tra­ba­jar, des­de que te le­van­tás has­ta que te vas a dor­mir, de lu­nes a vier­nes y to­mán­do­lo co­mo que es tu tra­ba­jo; no to­mán­do­lo, es tu tra­ba­jo, y te­nés que ha­cer­lo y te­nés que en­tre­gar­lo en fe­cha. Ese pro­ce­so se apren­de mu­cho pro­fe­sio­na­li­zan­do el ofi­cio. n

¿Có­mo es ha­cer pa­ra per­so­na­jes co­mo es­te, que tie­nen sus fans, que se los ima­gi­nan en su ca­be­za y que ya han si­do re­pre­sen­ta­dos en ci­ne con an­te­rio­ri­dad? ¿Fue una pre­sión ex­tra?

En su se­gun­da pe­lí­cu­la, ha­bía man­te­ni­do un pre­su­pues­to aco­ta­do, por­que eso le ga­ran­ti­za­ba más li­ber­tad crea­ti­va. ¿Có­mo fue con ¿Ya pagó el de­re­cho de pi­so en­ton­ces?

En los úl­ti­mos cin­co años el ci­ne de te­rror tri­pli­có sus in­gre­sos en ta­qui­lla en Es­ta­dos Uni­dos. ¿A qué cree que se de­ba el fe­nó­meno?

Así co­mo hay pe­lí­cu­las que hoy no po­drían es­cri­bir­se por có­mo ha ido cam­bian­do el mun­do, es­ta his­to­ria hu­bie­ra si­do im­po­si­ble de es­cri­bir ha­ce unos años. La his­to­ria se apo­ya mu­cho en avan­ces tec­no­ló­gi­cos. ¿Hu­bo una in­ves­ti­ga­ción en ese as­pec­to? O sea que lo que se ve en la pe­lí­cu­la es to­do real, pue­de su­ce­der en la vi­da real.

Es co­guio­nis­ta de la obra con Jay Ba­su y Ste­ven Knight. ¿Có­mo se es­cri­be una pe­lí­cu­la así, en la que to­do el tiem­po hay que ge­ne­rar un obs­tácu­lo, un pro­ble­ma, y lue­go la so­lu­ción pa­ra sor­tear­lo?

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