“El si­glo XXI va a ser de las mu­je­res”

Galería - - Columna: Nobleza Obliga - Pa­tri­cia mán­ta­ras

“Ga­dea no re­cuer­da bien cuán­do em­pe­zó a des­con­fiar de su ma­dre”.

Di­cen que la pri­me­ra lí­nea de una no­ve­la de­be ser co­mo un an­zue­lo que en­gan­che al lec­tor pa­ra que si­ga y, even­tual­men­te, se com­pro­me­ta con la his­to­ria. Con es­ta lí­nea em­pie­za La maes­tra de tí­te­res, la más re­cien­te no­ve­la de la es­cri­to­ra uru­gua­ya na­cio­na­li­za­da es­pa­ño­la Car­men Po­sa­das (ga­na­do­ra del Pre­mio Pla­ne­ta en 1998), so­bre una mu­jer que es to­da una celebridad en Ma­drid, con una vi­da de lu­jo y gla­mour, pe­ro tam­bién de es­cán­da­los. Ni sus su­ce­si­vos ma­ri­dos ni sus hi­jas la co­no­cen en pro­fun­di­dad, no lo su­fi­cien­te, al me­nos, pa­ra in­tuir el ma­yor se­cre­to que guar­da. La his­to­ria de Bea­triz Ca­lan­da es­tá na­rra­da en tres épo­cas: el pre­sen­te; su ado­les­cen­cia, en ple­na Tran­si­ción de Es­pa- ña ha­cia la de­mo­cra­cia, y en la pos­gue­rra, en la ju­ven­tud de su ma­dre.

Mien­tras es­pe­ra en el ae­ro­puer­to de Mé­xi­co DF el avión que la lle­va­rá a la Fe­ria del li­bro de Gua­da­la­ja­ra, adon­de se­gui­rá la gi­ra pro­mo­cio­nal de La maes­tra de tí­te­res (que ya es­tá dis­po­ni­ble en li­bre­rías), Po­sa­das ha­bla con

de la al­ta so­cie­dad es­pa­ño­la en la que trans­cu­rre gran par­te de la no­ve­la, y tam­bién de los pro­ble­mas que le ha traí­do su in­co­rrec­ción po­lí­ti­ca, de la mo­nar­quía, los in­fluen­cers, y ex­pli­ca por qué te­me más por el fu­tu­ro de sus nie­tos que por el de sus nie­tas. Pri­me­ro, por­que es una no­ve­la com­ple­ja, en el sen­ti­do de que son co­mo tres tra­mas que se van en­tre­la­zan­do. Y lue­go, por­que aun­que la no­ve­la tie­ne un as­pec­to muy frí­vo­lo, que pa­re­ce que es so­lo la his­to­ria de una se­ño­ra que sa­le en las re­vis­tas del co­ra­zón, eso es un po­co la coar­ta­da pa­ra ha­blar de có­mo ha evo­lu­cio­na­do la so­cie­dad es­pa­ño­la en los úl­ti­mos 50 años: he es­cri­to có­mo era en los años 50, des­pués en la Tran­si­ción, que es un mo­men­to muy im­por­tan­te, cuan­do mue­re Fran­co, y des­pués en el pre­sen­te. Lue­go hay un se­cre­to que so­lo se des­ve­la al fi­nal.

So­bre to­do, lo que fue ho­rri­ble es que al fi­nal, co­mo ha­bía abier­to tan­tas ven­ta­ni­tas, las te­nía que ce­rrar to­das y dar un aca­ba­do co-

ga­le­ría ¿Por qué di­ce que es­ta es la me­jor no­ve­la que ha es­cri­to? Ima­gino que fue com­ple­jo idear y ar­mar una es­truc­tu­ra co­mo esa.

he­ren­te. Eso es lo que más me cos­tó, por­que co­mo lec­to­ra de no­ve­las, me da ra­bia que te que­des has­ta las cua­tro de la ma­ña­na con una no­ve­la que te gus­ta mu­cho y que lue­go la re­so­lu­ción es una es­tu­pi­dez enor­me que di­ces: ¿Pa­ra es­to me he que­da­do sin dor­mir? ¿pa­ra que me di­gan que el asesino es el ma­yor­do­mo o una ton­te­ría por el es­ti­lo? En­ton­ces, yo tra­ba­jo mu­cho los fi­na­les pa­ra que el lec­tor di­ga: me en­ga­ñó, no me ima­gi­na­ba que es­to iba a ser así.

Al­guien que vie­ne de afue­ra tie­ne la ven­ta­ja de que lo que ve siem­pre le lla­ma más la aten­ción que a una per­so­na que es­tá me­ti­da en es­ta so­cie­dad y que po­si­ble­men­te no se fi­je en de­ta­lles. Siem­pre un via­je­ro retrata me­jor un país que el pro­pio au­tóc­tono. Yo he te­ni­do la suer­te de te­ner esa mi­ra­da de out­si­der de Es­pa­ña y, por otro la­do, es­toy vi­vien­do en Es­pa­ña, así que ten­go las dos mi­ra­das.

La co­noz­co muy bien. Lo más di­fí­cil era con­tar las his­to­rias y que na­die se sin­tie­ra ofen­di­do, por­que yo lo que que­ría era ha­cer un re­tra­to lo más cer­te­ro po­si­ble, en­ton­ces eso siem­pre es res­ba­lo­so. Pe­ro creo que con el hu­mor y con una cier­ta mi­ra­da be­né­vo­la so­bre los per­so­na­jes… Yo no juz­go, de­jo que el lec­tor sea quien to­me sus pro­pias po­si­cio­nes.

Más o me­nos se pa­re­cen en to­dos los paí­ses. Tam­bién he vi­vi­do en In­gla­te­rra, y esa cla­se siem­pre se pa­re­ce. In­clu­so se co­pian unos a otros, o sea que hay mu­chos ras­gos en co­mún. Lue­go hay par­ti­cu­la­ri­da­des; los in­gle­ses son mu­cho más ex­clu­si­vis­tas, no te de­jan en­trar; los fran­ce­ses pa­re­ce que son muy abier­tos, pe­ro al fi­nal tam­po­co lo son tan­to; los es­pa­ño­les se abren mu­cho, pe­ro tam­bién tie­nen sus có­di­gos. Lo que es in­tere­san­te es co­no­cer los re­qui­si­tos de ca­da so­cie­dad pa­ra que ellos te acep­ten.

Me cos­tó bas­tan­te. Es al­go que no va con mi ca­rác­ter en ab­so­lu­to, yo odio es­tar en el escaparate. En­ton­ces, cuan­do mu­rió mi ma­ri­do hi­ce un es­fuer­zo muy gran­de por des­apa­re­cer. En reali­dad, cuan­do uno no ali­men­ta a los pa­pa­raz­zi ellos se ol­vi­dan de ti, por­que hay tan­ta gen­te que quie­re fi­gu­rar que si hay al­guien que vo­lun­ta­ria­men­te, co­mo di­cen en Es­pa­ña, da un cuar­to al pre­go­ne­ro, al fi­nal se ocu­pan de esa per­so­na.

Me pa­re­ce ago­ta­dor. Por­que con eso de que es­ta­mos to­dos con­ten­tos y con­ten­tas, so­mos gua­pas y gua­pos, tar­das mu­chí­si­mo en dar un men­sa­je. Es ver­dad que hay pa­la­bras que se pue­den uti­li­zar y que son neu­tras, por ejem­plo en vez de de­cir ciu­da­da­nas y ciu­da­da­nos pue­des de­cir ciu­da­da­nía, pe­ro lle­var el len­gua­je in­clu­si­vo al ab­sur­do yo creo que va en con­tra de no­so­tros. Ha­ce po­co aquí en Es­pa­ña una uni­ver­si­dad de­ci­dió que ha­bía que cam­biar­les los nom­bres a los me­ses, pa­ra que enero se lla­ma­ra enera, fe­bre­ro fe­bre­ra, y mar­zo mar­za. Cuan­do el ar­gu­men­to es tan de­li­ran­te al fi­nal se vuel­ve con­tra la pro­pia cau­sa.

En eso si­go sien­do muy uru­gua­ya. La mo­nar­quía pa­ra mí si­gue sien­do una co­sa co­mo de la Edad Me­dia, de dra­go­nes y prin­ce­sas y co­sas así. Yo no ha­go re­ve­ren­cia a na­die. Pe­ro es ver­dad que aquí en Es­pa­ña ha cum­pli­do una fun­ción de cohe­sión so­cial. Es­pa­ña es un país que te­nía mu­chas di­fi­cul­ta­des pa­ra her­ma­nar las dos Es­pa­ñas, y el rey Juan Car­los tu­vo la vir­tud de con­se­guir con­sen­so en ese sen­ti­do. Y es cier­to tam­bién que mu­chos de los paí­ses más avan­za­dos del mun­do, des­de In­gla­te­rra has­ta Ho­lan­da y Di­na­mar­ca, tie­nen mo­nar­quías cons­ti­tu­cio­na­les y fun­cio­nan muy bien. No es mi for­ma de go­bierno, yo no la ele­gi­ría nun­ca, pe­ro cum­ple su fun­ción.

Lo de Iña­ki Ur­dan­ga­rin ha he­cho mu­cho da­ño por­que a par­tir de ahí em­pe­za­ron a sur­gir otros te­mas de co­rrup­ción que in­clu­so sal­pi­ca­ron al rey Juan Car­los, con lo de Co­rin­na (Lar­sen, la em­pre­sa­ria ale­ma­na con quien ha­bría te­ni­do un víncu­lo amo­ro­so), y co­mi­sio­nes ile­ga­les, et­cé­te­ra. Eso es es­pe­cial­men­te pe­li­gro­so en Es­pa­ña por­que tie­ne una mo­nar­quía mu­cho más dé­bil, me­nos arrai­ga­da de lo que pue­de ser la in­gle­sa, la da­ne­sa o la ho­lan­de­sa. O sea que los es­pa­ño­les no son exac­ta­men­te mo­nár­qui­cos. Eran juan­car­lis­tas, en su mo­men­to. Aho­ra el rey Fe­li­pe creo que lo es­tá ha- cien­do muy bien, ha­ce gran­des es­fuer­zos por cum­plir su fun­ción, pe­ro ten­drá que ga­nar­se tam­bién ese re­co­no­ci­mien­to que te­nía su pa­dre, y le es­tá cos­tan­do. Aquí na­die re­ga­la na­da.

¿Le sim­pli­fi­có com­po­ner un re­tra­to de la al­ta so­cie­dad es­pa­ño­la sien­do us­ted mis­ma par­te de ella, o to­do lo con­tra­rio? ¿Y res­pec­to a la al­ta so­cie­dad en par­ti­cu­lar? ¿Qué di­fe­ren­cias en­cuen­tra en­tre la cla­se al­ta es­pa­ño­la y la uru­gua­ya?

¿Có­mo hi­zo us­ted, una per­so­na re­co­no­ci­da, pa­ra man­te­ner­se al mar­gen de la pren­sa ro­sa y las re­vis­tas del co­ra­zón?

Co­mo gran de­fen­so­ra del idio­ma es­pa­ñol y ga­na­do­ra del Pre­mio Ibe­roa­me­ri­cano de Pe­rio­dis­mo Rey de Es­pa­ña por una co­lum­na jus­ta­men­te so­bre es­te te­ma, ¿qué opi­na del len­gua­je in­clu­si­vo?

Pa­ra mu­chos uru­gua­yos, la mo­nar­quía es al­go im­pen­sa­do, y cues­ta creer que pue­da te­ner una fun­ción o una uti­li­dad. ¿Có­mo la ve us­ted?

¿El es­cán­da­lo de Iña­ki Ur­dan­ga­rin y aho­ra los su­pues­tos pro­ble­mas con­yu­ga­les del rey Fe­li­pe y Le­ti­zia afec­ta­ron la ima­gen de la reale­za es­pa­ño­la?

So­bre va­rios te­mas tie­ne una vi­sión po­lí­ti­ca­men­te in­co­rrec­ta. ¿Al­gu­na vez se me­tió en pro­ble­mas por al­gu­na de las co­lum­nas que pu­bli­ca en di­fe­ren­tes me­dios (in­clu­yen­do le­ría,

So­bre to­do tie­nen eso del fun­da­men­ta­lis­mo. A mí me pa­re­ce muy bien que quien pue­da y quie­ra ama­man­te a sus hi­jos dos años y me­dio, pe­ro que no te ha­gan creer que eso es lo bueno pa­ra el ni­ño, por­que to­das las ma­dres que tie­nen la ma­la suer­te de te­ner que tra­ba­jar y no pue­den ha­cer­lo se van a sen­tir cul­pa­bles. Es ab­sur­do.

Me preo­cu­pan más mis nie­tos que mis nie­tas. Yo creo que el si­glo XXI va a ser el si­glo de las mu­je­res, y lo van a te­ner mu­cho más fá­cil. Va a ser más fá­cil pa­ra las mu­je­res sa­lir ade­lan­te que pa­ra los hom­bres. Y des­pués me preo­cu­pa que es­ta­mos to­dos ca­yen­do en una es­pe­cie de com­pla­cen­cia ge­ne­ral con los ni­ños que me pa­re­ce ex­ce­si­va. Los ni­ños de­ci­den qué se co­me en ca­sa, a dón­de va uno de va­ca­cio­nes, si va­mos a ir al zoo­ló­gi­co o al ci­ne. Es­tán es­ti­mu­la­dos y muy con­sen­ti­dos, y yo creo que los más per­ju­di­ca­dos son ellos, por­que si te ha­cen creer que eres el cen­tro del uni­ver­so, un buen día te van a de­cir que no es así, y el gol­pe con la reali­dad va a ser mu­cho más du­ro que lo que era con no­so­tros. No­so­tros sa­bía­mos que te­nía­mos que ga­nar­nos nues­tro lu­gar en la fa­mi­lia y en la so­cie­dad; aho­ra pa­re­ce que to­do se lo re­ga­lan.

Igual que no­so­tras las mu­je­res du­ran­te años y años he­mos te­ni­do una can­ti­dad de hán­di­caps y he­mos te­ni­do que lu­char con­tra ellos, aho­ra en te­mas de di­vor­cio, por ejem­plo, ca­si siem­pre el que sa­le per­dien­do es el hom­bre. Aho­ra, por pri­me­ra vez aquí en Es­pa­ña, han pa­sa­do una ley por la cual cuan­do un ma­tri­mo­nio se se­pa­ra, que nor­mal­men­te es la mu­jer la que se que­da en la ca­sa con los hi­jos, en esa ca­sa, que es de los dos, ob­via­men­te, no pue­de vi­vir una se­gun­da pa­re­ja de la mu­jer. Es­ta­ba pa­san­do una si­tua­ción a mi mo­do de ver muy in­jus­ta, en la cual ese hom­bre se­guía pa­gan­do una hi­po­te­ca de una ca­sa en la que no vivía, y en la que vivía otro se­ñor. Ese ti­po de co­sas, que no­so­tras co­mo mu­je­res he­mos en­fren­ta­do en otros as­pec­tos a lo lar­go de la his­to­ria, aho­ra la es­tán te­nien­do los hom­bres. Es­to es muy res­ba­lo­so, me doy cuen­ta de que me van a ma­tar por de­cir es­to.

Es un po­co mal­gas­tar el ta­len­to de las per­so­nas, por­que es­ta­mos ha­blan­do de que es­tán pre­ju­bi­lan­do a per­so­nas de ape­nas 50 años. In­clu­so en la vi­da la­bo­ral, si tie­nes más de 40 y pier­des tu tra­ba­jo, ya es muy di­fí­cil vol­ver a en­con­trar uno nue­vo. En­ton­ces, es una es­pe­cie de so­cie­dad Klee­nex en la que vi­vi­mos. Ellos pre­fie­ren pa­gar me­nos di­ne­ro a un ju­nior que pa­gar­le un po­qui­to más a una per­so­na que tie­ne ex­pe­rien­cia, con lo cual tam­bién la ca­li­dad del tra­ba­jo es mu­cho me­nor y es­tán mal­gas­tan­do una can­ti­dad de ta­len­to que po­dría uti­li­zar con ven­ta­ja la em­pre­sa.

Me pa­re­ce una lo­cu­ra. Em­pe­zó to­do con las re­vis­tas del co­ra­zón, es­ta gen­te que con­ta­ba su vi­da y sus milagros, y có­mo se ca­sa­ba y có­mo se des­ca­sa­ba, y có­mo siem­pre en­con­tra­ba al hom­bre de su vi­da, y có­mo años más tar­de ha­bía en­con­tra­do otro hom­bre de su vi­da, y co­sas por el es­ti­lo. Eso era bas­tan­te pin­to­res­co, por­que era un nú­me­ro li­mi­ta­do de per­so­nas. Pe­ro aho­ra to­do el mun­do quie­re con­ver­tir su vi­da en una es­pe­cie de escaparate, y con­tar día a día y mi­nu­to a mi­nu­to qué desa­yu­na, con quién se acues­ta, có­mo va la com­pra; las co­sas más ba­na­les y ab­sur­das. No so­la­men­te in­ti­mi­da­des, tam­bién es­tu­pi­de­ces. El otro día es­ta­ba en la pá­gi­na de un blo­gue­ro fa­mo­sí­si­mo, que tie­ne al­go así co­mo cua­tro mi­llo­nes de se­gui­do­res, y ex­pli­có lar­ga­men­te có­mo pre­pa­rar un ca­fé con le­che.

Sí, yo creo que el ser hu­mano tie­ne un as­pec­to vo­yeur, le en­can­ta ver có­mo ac­túa el res­to de la hu­ma­ni­dad. Pe­ro su­pon­go que ten­drá un lí­mi­te, por­que yo no sé a quién le pue­de in­tere­sar es­to. Es­ta­mos lle­gan­do a un ni­vel de idio­tez preo­cu­pan­te.

Cla­ro que in­flu­ye. To­do es tan in­me­dia­to que hoy en día, no­ve­las que no pe­gan ins­tan­tá­nea­men­te que­dan pa­ra siem­pre en el lim­bo. Por eso na­die arries­ga ni in­no­va. Me­jor apos­tar a se­gu­ro.

Ha­ce unas se­ma­nas coin­ci­dí con Car­los Lis­cano en Fran­cia y aho­ra es­toy le­yen­do su obra. Me pa­re­ce un gran es­cri­tor. Muy pro­fun­do y con un dis­cur­so di­fe­ren­te a lo que uno es­tá acos­tum­bra­do. Apar­te de los clá­si­cos que siem­pre re­leo (es­te año, Proust), me han en­can­ta­do dos au­to­res de no fic­ción: Yu­val Noah Ha­ra­ri y Ka­ren Arms­trong. n

“Los ni­ños aho­ra de­ci­den qué se co­me en ca­sa, a dón­de va uno de va­ca­cio­nes, si va­mos a ir al zoo­ló­gi­co o al ci­ne. (…), y yo creo que los más per­ju­di­ca­dos son ellos, por­que si te ha­cen creer que eres el cen­tro del uni­ver­so, un buen día te van a de­cir que no es así, y el gol­pe con la reali­dad va a ser mu­cho más du­ro que lo que era con no­so­tros”. Res­pon­die­ron con agre­si­vi­dad.

Co­mo abue­la de cin­co nie­tos, ¿qué le preo­cu­pa de los ni­ños ac­tua­les, de los adul­tos que se­rán? Cuén­te­me más. ¿Por qué le preo­cu­pan sus nie­tos va­ro­nes?

Tam­bién ha es­cri­to so­bre el po­co va­lor que se le da hoy a la ex­pe­rien­cia, a los adul­tos, en un mo­men­to en que la ju­ven­tud pa­re­ce ser lo úni­co que va­le. ¿Lo ha ex­pe­ri­men­ta­do de cer­ca?

Ha com­pa­ra­do a Bea­triz Ca­lan­da, la pro­ta­go­nis­ta de su no­ve­la, que ven­de su vi­da a la pren­sa y ha­ce tes­ti­go al mun­do de su in­ti­mi­dad, con la ex­po­si­ción que se ve hoy en las re­des. ¿Có­mo ve esa reali­dad de las sel­fies y los in­fluen­cers? Co­sas tan co­ti­dia­nas que sor­pren­de que pue­dan in­tere­sar a otras per­so­nas.

Esa cul­tu­ra de que to­do es vi­sual, in­me­dia­to y se con­su­me rá­pi­do, ¿in­ci­de en el ni­vel de com­pro­mi­so y de aten­ción que el lec­tor le po­ne a una no­ve­la? ¿Se ve in­flui­da por es­to al es­cri­bir? ¿Qué es­cri­tor jo­ven his­pano si­gue de cer­ca? ¿Cuál es el me­jor li­bro que ha leí­do en el úl­ti­mo tiem­po?

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