El Diario - - #OPINIÓN -

Mi al­ma glo­ri­fi­ca al Señor, y mi es­pí­ri­tu se re­go­ci­ja en Dios mi Sal­va­dor, por­que se ha dig­na­do en fi­jar­se en su hu­mil­de sier­va. Des­de aho­ra me lla­ma­rán di­cho­sa to­das las ge­ne­ra­cio­nes...” Es­tas pa­la­bras co­rres­pon­den a la le­tra de la can­ción de Ma­ría, madre de Je­su­cris­to, cuan­do es­ta­ba em­ba­ra­za­da y se acer­ca­ba el na­ci­mien­to de su hi­jo.

Vi una foto de una de las ma­dres en la fron­te­ra, em­ba­ra­za­da, pa­de­cien­do frío y ham­bre y sin te­cho. Pe­se to­do es­to, son­reía. ¿Tal vez pen­sa­ba en la can­ción de Ma­ría?

¿Y aca­so Ma­ría se­guía can­tan­do es­ta can­ción, si­len­cio­sa­men­te, cuan­do da­ba luz en un es­ta­blo, cuan­do se vio obli­ga­da a huir para sal­var su hi­jo re­cién na­ci­do de la vio­len­cia. ¿Tal vez can­ta­ba es­ta can­ción to­da­vía cuan­do re­gre­só para acom­pa­ñar­lo cuan­do pre­di­ca­ba la ver­dad a pe­sar de la mi­ra­da ame­na­za­do­ra de los sol­da­dos, para re­no­var la fe de su pue­blo. Y cuan­do al fin su hi­jo mu­rió crucificado, ¿Si­guió can­tan­do su can­ción?

Y lue­go des­pués, cuan­do ella y su pue­blo se ha­lla­ban obli­ga­dos a aban­do­nar su país para ir y ra­di­car­se en otros paí­ses don­de ca­re­cían de de­re­chos por no ser ciu­da­da­nos, ¿Can­ta­ba to­da­vía?

Y que hu­bie­ran pen­sa­do los ‘Do­nald Trump’ de su épo­ca al oír­la de­cir “hi­zo proezas con su bra­zo; des­ba­ra­tó las in­tri­gas de los so­ber­bios. De sus tro­nos de­rro­có a los po­de­ro­sos, mien­tras que ha exal­ta­do a los hu­mil­des. A los ham­brien­tos los col­mó de bie­nes, y a los ri­cos los des­pi­dió con las ma­nos va­cías”.

Si aca­so aque­lla madre en la fron­te­ra can­ta­ba esa can­ción, Trump de­be ha­ber es­me­nos ta­do sa­cu­di­do por el te­mor.

No hay ma­yor po­der que la creen­cia que una madre tie­ne para los hi­jos a los cua­les ha da­do luz. A lo me­jor eso es por­que Trump pre­ten­de ne­gar la en­tra­da en es­te país a las ma­dres en la fron­te­ra, y el mo­ti­vo por­que to­dos los días ICE de­tie­nen las ma­dres y las se­pa­ra de sus hi­jos en pre­pa­ra­ción de de­por­tar­las.

En es­te país vi­ven cin­co millones de ni­ños que son ciu­da­da­nos es­ta­dou­ni­den­ses y que tie­nen una madre o un pa­dre, o los dos, in­do­cu­men­ta­dos.

Hay otros dos millones de be­bés, ni­ños y jó­ve­nes que ya ca­li­fi­ca­ron para la DA­CA o pue­den ca­li­fi­car.

ICE, la mi­gra, pre­ten­de de­por­tar a to­das sus ma­dres tam­bién.

A po­cas cua­dras de don­de vi­vo una madre era ca­je­ra en una tien­di­ta. Agen­tes fe­de­ra­les lle­va­ron a ca­bo una re­da­da en la tien­da, para in­ves­ti­gar una po­si­ble ven­ta ile­gal de ci­ga­rros, y la arres­ta­ron, a pe­sar que no te­nía na­da que ver con la ven­ta de los ci­ga­rros, que era un pro­ble­ma del due­ño de la tien­da. Cin­co días des­pués la de­por­ta­ron y su hi­jo ha que­da­do atrás en los Es­ta­dos Uni­dos.

¿Por qué es que es­tas ma­dres son vis­tas co­mo una ame­na­za tan gran­de?

La semana que en­tra va­mos a ce­le­brar la apa­ri­ción de la san­ta Vir­gen de Gua­da­lu­pe a Juan Die­go.

¡Que sea es­ta la tem­po­ra­da para que las ma­dres se unan en so­li­da­ri­dad.l

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