El pre­si­den­te Do­nald Trump quie­re el mu­ro

El Nuevo Herald (Sunday) - - OPINIÓN - POR PE­DRO CA­VIE­DES

Mu­chos vi­to­rea­ron es­ta se­ma­na a la re­pre­sen­tan­te Nancy Pe­lo­si y al se­na­dor Chuck Schu­mer, por una sin­gu­lar reunión so­bre el pre­su­pues­to, con ac­ce­so a la pren­sa, en la Ofi­ci­na Oval. Los con­gre­sis­tas man­tu­vie­ron la com­pos­tu­ra cuan­do el pre­si­den­te Trump les dis­cu­tió, pe­ro fue­ron cla­ros en que no es­ta­ban de acuer­do con su plan de ha­cer un mu­ro en la fron­te­ra.

El pre­si­den­te di­jo que él se ad­ju­di­ca­ba com­ple­ta­men­te la res­pon­sa­bi­li­dad del cie­rre del go­bierno, si no le in­cluían fon­dos pa­ra su mu­ro (el que iba a pa­gar Mé­xi­co, ¿se acuer­dan?). Y esa úl­ti­ma de­cla­ra­ción fue con­si­de­ra­da por mu­chos co­mo un ti­ro en el pie.

Lle­ga la na­vi­dad y de re­pen­te un sin­nú­me­ro de tra­ba­ja­do­res del go­bierno (el ma­yor em­plea­dor del país) se ven sin su che­que, y ya sa­brán quién es el res­pon­sa­ble, por­que él mis­mo se lo di­jo a las cá­ma­ras.

Qui­zá. Aun­que pa­ra mí es me­nos cla­ro. ¿Sa­ben por qué? Por el te­ma. Ese te­ma de la in­mi­gra­ción y de la su­pues­ta in­va­sión y des­truc­ción que trae­rá con­si­go esa ca­ra­va­na de ‘di­fe­ren­tes’, to­ca, in­vo­ca, ape­la, a una de las con­di­cio­nes más hu­ma­nas. Esa que di­ce: La cul­pa no es mía, es del otro. Esa que di­ce: la res­pon­sa­bi­li­dad no es mía, es del otro.

Es tal la fuer­za de esa idea, lo có­mo­da qui­zá, que son mi­llo­nes los que si­guen al pre­si­den­te y le creen que la res­pon­sa­bi­li­dad de sus ma­les pue­de ser de unas per­so­nas, que ni si­quie­ra han en­tra­do al país.

Es tal la fuer­za de esa idea, que la gen­te lle­ga a creer con vehe­men­cia, que 5.000 al­mas can­sa­das y ham­brien­tas, ni­ños, mu­je­res, has­ta an­cia­nos, son una ame­na­za, una in­va­sión, pa­ra el país con el ejér­ci­to más po­de­ro­so de la his­to­ria del pla­ne­ta. ¿Dón­de que­dó la ló­gi­ca?

Ya lo di­je en mi co­lum­na pa­sa­da, si se me­ten to­dos al es­ta­dio de los Mar­lins, se­ría una muy ma­la no­che de en­tra­das pa­ra De­rek Je­ter. Ca­ben 36.742 en el es­ta­dio. Se ve­ría va­cío.

Y tie­ne tan­ta fuer­za esa idea, que po­ne fren­te al es­pe­jo a los que lle­ga­ron de allá, a los que tam­bién fue­ron esos que aho­ra re­sul­tan una ame­na­za, y no se ven. Hay in­mi­gran­tes que vi­ven en los Es­ta­dos Uni­dos, que aplau­den a ra­biar una de las ma­yo­res re­tó­ri­cas an­ti­in­mi­gran­tes de po­lí­ti­co al­guno en la his­to­ria de es­te país.

¿Có­mo fun­cio­na­rá eso? Di­rán: sí, la cul­pa es de los in­mi­gran­tes, pe­ro yo soy ve­ne­zo­lano, y es de los co­lom­bia­nos. O yo soy gua­te­mal­te­co, y son los me­xi­ca­nos. O yo soy pe­ruano, y son los cu­ba­nos. O yo en mi país era ri­co, y esos son po­bres. O yo sí vi­ne por una bue­na ra­zón, y no por ham­bre. O yo tam­bién soy blan­co.

¿Pue­de ha­ber una con­tra­dic­ción más gran­de en­tre eso y el es­pí­ri­tu de es­ta gran nación?

En lo que a mí res­pec­ta, cuan­do el pre­si­den­te Trump acu­sa de tan­to a los in­mi­gran­tes, qui­zá no es­ta­rán en su lis­ta los que vie­nen de las la­ti­tu­des de su es­po­sa (por aho­ra), pe­ro les ase­gu­ró que sí, to­dos los que na­ci­mos de don­de quie­re el mu­ro pa­ra el sur, in­clu­yen­do a las is­las.

Así que yo no sé los tra­ba­ja­do­res que se vean sin el che­que en ple­na na­vi­dad (es­pe­ro que no pa­se y el go­bierno fe­de­ral si­ga abier­to) qué pen­sa­rán. Pe­ro lo que sí es­toy se­gu­ro es que mu­chos, mu­chí­si­mos, in­clui­dos, co­mo no, una bue­na can­ti­dad de in­mi­gran­tes, le agra­de­ce­rán al pre­si­den­te, por pa­rar­se en la ra­ya pa­ra que le cons­tru­yan su mu­ro. ¡Y el país se sal­ve!

Qué pe­li­gro.

De esa re­tó­ri­ca es de lo que tie­ne que sal­var­se.

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