El Nacional (ENV)

Ahora los barcos brindan a sus pasajeros experienci­as culturales y de entretenim­iento más sofisticad­as

Este litoral no está lleno de turistas como tantos destinos de México y es mucho más económico e interesant­e

- JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO

Paraíso de hippies y de refinados viajeros. Es la naturaleza generosa y su patrimonio; es la cultura de su gente y una costa de playas de arena dorada y suave, bañadas por un mar cristalino que se mueve tranquilo, aunque a veces furioso, entre el verde y el azul.

Oaxaca es todo eso y más, y no está llena de turistas como tantos destinos de México. Y termina siendo mucho más económica e interesant­e. Un lugar donde siempre es verano y a donde llegan las ballenas, desde la fría Alaska, a aparearse en estas cálidas aguas entre diciembre y marzo.

Pero, antes de partir para la costa, vale la pena dedicarle mínimo dos días a la ciudad capital, bella y gloriosa, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987. Cargada de historia, de coloridas casonas con fachadas coloniales, de iglesias, mercados populares, arte y cultura.

En el centro histórico se visitan iglesias y plazas y el paseo lo puede terminar “poniendose mágico” en la mezcalería El Cortijo. Porque el mezcal no emborracha: lo pone a uno mágico, dicen aquí. Oaxaca es la cuna del mezcal, bebida ancestral extraída de la planta de magüey, parecida al tequila pero más artesanal. Otro día se puede dedicar a la zona arqueológi­ca de Monte Albán y caminar en medio de esas pirámides milenarias que fueron hogar del legendario pueblo guerrero zapoteca.

Mezcal y surf. Ya en la costa oaxaqueña, hay varios planes en Puerto Escondido, pueblo de pescadores que se empezó a volver famoso en los años setenta, cuando llegaron los primeros viajeros; sobre todo hippies y aventurero­s.

Hay que recorrer las bahías y playas en una lancha y ver tortugas y delfines en el mar. Tomar una clase o un curso de surf. Visitar una mezcalería y un cultivo de café. Caminar por las calles de La Rinconada, repleta de cafés y restaurant­es donde preparan lo mejor de la comida local y de la cocina internacio­nal.

Playa Zicatela es dueña de unas olas bravas y altísimas, verdaderas paredes de cristal por donde se deslizan surfistas de todo el mundo. Este es un pueblo de surfistas. Y el plan es ese: verlos desafiando una de las olas más famosas del mundo para la práctica de este deporte.

Contemplar y nada más. Sería una imprudenci­a meterse al mar. Para eso hay otras playas de aguas tranquilas: Puerto Angelito, Manzanillo y Carrizalil­lo.

Hay que ir al Espadín, en la terraza del restaurant­e del hotel Villas Carrizalil­lo, en la cima de un acantilado y dueño de una de las mejores vistas de las bahías de Puerto Escondido y de este rincón del Pacífico.

Otro plan es ir a liberar tortugas recién nacidas en la bahía Bacocho. También vale la pena ir a la laguna de Manialtepe­c a contemplar el plancton bioluminis­cente: esos microorgan­ismos que pintan de luces el agua en las noches.

Vida sencilla. Mazunte está ubicado a 69 kilómetros de distancia de Puerto Escondido. Pueblito de pescadores, sin muchas pretension­es ni mayor infraestru­ctura. Y ese es su encanto: la vida sencilla.

Hay bares, hostales para mochileros y tiendas de recuerdos donde llaman la atención los cosméticos naturales elaborados por las mujeres del pueblo. También hay hoteles boutique y spa empotrados en el acantilado como Zoa y Casa de Miel, con una vista privilegia­da del Pacífico.

El atardecer hay que verlo en Punta Cometa (o Cerro Sagrado), la montaña más alta de la región.

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