El Nacional (ENV)

Rafael Cadenas recibe la orden Andrés Bello

El pasado jueves 29 de noviembre, en el Aula Magna de la Universida­d Católica Andrés Bello, el narrador y poeta Fedosy Santaella dictó una clase magistral con motivo del día de Bello y la imposición de la orden Andrés Bello a nuestro poeta mayor, Rafael

- FEDOSY SANTAELLA

Esta es la tercera vez que me toca hablar en presencia del maestro Cadenas. En una de ellas me fue dado además torturarlo con la lectura de mis poemas; así que, sea dicho, mi vergüenza ya debería estar acostumbra­da a no tener vergüenza frente al maestro Cadenas, pero no, mi vergüenza no es tan sinvergüen­za como parece, y ante el poeta y todos los dignísimos presentes les ofrezco disculpas si estas palabras por venir le parecieren torpes.

Michel Foucault señala en Hermenéuti­ca del sujeto que con el cartesiani­smo el conocimien­to se convierte en la única vía de acceso a la verdad. En la época moderna, sentencia, el saber se acumula en un proceso social, donde el sujeto actúa sobre la verdad, pero la verdad no lo hace ya sobre el sujeto. Así, según Foucault, en este momento se rompe el vínculo entre la transforma­ción espiritual del sujeto y el acceso a la verdad, que comienza a entenderse como desarrollo autónomo del conocimien­to. Es decir, puede que usted sepa mucho de ingeniería en computació­n, de filosofía kantiana o incluso de novela decimonóni­ca francesa y aun así ser un verdadero pelmazo.

No obstante, a pesar de lo que señala Foucault, la espiritual­idad y el conocimien­to no necesariam­ente pasan por estar reñidos en las postrimerí­as de la hora cartesiana. Creo que la poesía, en toda la extensión de la palabra (es decir, como acto vivido y como acto escrito), es un lugar del conocimien­to, o mejor, otro lugar del conocimien­to que además tiene un profundo sustento en el manejo exquisito del lenguaje. Cuando uso la palabra “exquisito”, quiero acotar su origen en el verbo latino exquiro, que en inglés, donde queda más claro por la similitud, correspond­e a query, es decir, una pregunta que a menudo expresa dudas sobre algo. A eso refiero cuando hablo de lo exquisito en el lenguaje poético: el poeta es exquisito porque interroga al lenguaje, porque expresa dudas sobre si lo que escribe o quiere escribir se correspond­e a lo que necesita o busca expresar. Eugenio Montejo lo apunta de la siguiente manera en “Los árboles”. Acá la estrofa final del poema:

Es difícil llenar un breve libro con pensamient­os de árboles.

Todo en ellos es vago, fragmentar­io. Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito de un tordo negro, ya en camino a casa, grito final de quien no aguarda otro verano, comprendí que en su voz hablaba un árbol, uno de tantos, pero no sé qué hacer con ese grito, no sé cómo anotarlo.

No habla Montejo de enredos lingüístic­os –o no necesariam­ente– sino de decir aquello que se ha experiment­ado, la sensación, el pensamient­o que te ha atravesado como una espada y que ya luego se deslizó hacia fuera a través de la luminosa herida. No es ser altisonant­e, el mismo Cadenas lo anota: “Que cada palabra lleve lo que dice”, pero también que cada palabra sea como un temblor que la sostiene, que se mantenga como un latido, viva, vibrante, nunca derrotada en su intento, nunca muerta en los lugares comunes. En “La vida secreta de la poesía”, Mark Strand dirá: “Cada palabra es importante, su intensidad es máxima”. La poesía no se la busca fácil a sí misma ni se la deja fácil al lector. Strand acota que “hasta parece que se burla de nuestra ansia por la simplifica­ción y por un orden sencillo del que disponer”.

Eso hace la poesía: duda del lenguaje, de su eficacia, de lo que ella misma pueda decir. Esa otra forma de la duda (y lo digo en contraposi­ción a la duda cartesiana de la que nos habla Foucault), es también una forma de buscar y de conocer el mundo.

De alguna manera, el poeta es como un parresiast­és, aquel hombre de la antigua Grecia que decía las verdades a los poderosos, aun a pesar de su propia vida. No obstante, el poeta no es el parresiast­és político, aquel que hablaba en público en el ágora, sino más bien me resulta aquel parresiast­és ético cuya máxima representa­ción es Sócrates.

Sócrates, tal como lo muestra Platón, siempre dudó. Dudó incluso el día que Querefonte le notificó que el oráculo de Delfos había dicho que él, Sócrates, era el más sabio de los hombres. Qué temerario nuestro Sócrates, que hasta del dios duda. Pero véase. ¿De qué duda Sócrates? Sócrates duda de la forma de las palabras e incluso de la verdad que se encuentra en las propias palabras. Duda y no dejará de dudar de lo que la gente en la calle dice saber de sí misma y del mundo. De persona en persona, irá buscando el alma en sus palabras. El cuidado del alma.

Sócrates no paraba de hablar con la gente. Poetas como Cadenas y como Bello tampoco paran de hablar con la gente a través de su estudio, de sus traduccion­es, de su poesía. El maestro Cadenas, se sabe, es un hombre de pocas palabras. ¿Pero acaso no habla siempre? ¿No habla en su poesía, que es una voz constante, un diálogo inacabable del alma con sus lectores?

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ANDRÉS BELLO / HISTORIA Y BIOGRAFÍA

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