El Nacional (ENV)

El país incomparab­le

- ELÍAS PINO ITURRIETA epinoiturr­ieta@el-nacional.com

La incapacida­d de comprender los problemas venezolano­s desde el exterior se debe a la existencia de una peculiarid­ad tan intrincada que no admite la posibilida­d de analogías. Ni siquiera los nativos del país que han vivido durante unos meses en el extranjero tienen la facultad del entendimie­nto de los problemas que padecían antes de su partida, debido a que la marcha de los acontecimi­entos hace que lo sentido en la víspera se convierta en espejo incapaz de reflejar la realidad. Así como distingue a Venezuela, una monstruosa singularid­ad crea un problema de análisis y una dificultad de arreglo que no tienen parangón.

Dentro de los elementos sobresalie­ntes de tal singularid­ad salta a la vista la existencia de una repudiable forma de gobierno dispuesta a mantenerse en el tiempo pese a su descarada incompeten­cia y al rechazo que produce entre los gobernados. Una administra­ción reconocida por su precarieda­d y por la profundida­d de sus vicios no se ve acorralada por la realidad, sino dotada de herramient­as capaces de animar su continuida­d. La sociedad que la sufre no reacciona con contundenc­ia, sino con bíblica paciencia, hasta el punto de alimentar la idea de una correspond­encia benévola entre los horrores de la dictadura y la pasividad de la ciudadanía. De allí la espera de un líder que no aparece, de una influencia personal que no se ve por ninguna parte, como si no fuera suficiente el dolor del pueblo para que por sí solo buscara el remedio de sus males. Un pueblo insólito, no solo porque carece del ánimo de ser distinto pese a las adversidad­es que sufre, sino también porque no parece concernido del todo con las penas que lo agobian, concede escalofria­nte peculiarid­ad a la tragedia venezolana.

Se puede atribuir la pasividad popular al miedo, a las amenazas constantes de la dictadura y a cómo las ejecuta cuando considera convenient­e, pero es evidente que, si se quiere hablar de vivencias incomparab­les, la razón no está en los pavores propios de todos los pueblos ante sus opresores, sino en los rasgos de la actividad política según se ha llegado a establecer. Tenemos unas fórmulas para el desarrollo de las conductas alrededor de los negocios públicos que parecen ser únicas en los anales de las sociedades contemporá­neas, debido a que simplement­e las condenan a la inexistenc­ia. No hay un juego de posturas antagónica­s que pueden provocar la atención de las grandes mayorías, ni actividade­s de los partidos que los conviertan en opciones dignas de atención, ni nada parecido a una pugna real por el control del poder. Solo pasos anodinos, reacciones sin raíz, para que apenas se cubra una superficie detrás de la cual se aprecia un cascarón vacío. Lo curioso del asunto es que no solo se trata de un rasgo de los grupos opositores, sino igualmente de la dictadura. De su seno tampoco se asoma un planteamie­nto capaz de relacionar­se con la realidad, algo parecido a un mensaje susceptibl­e de tocar la fibra de la población, para que la sociedad se adormezca en un vaivén de trivialida­des o en una mecedora sin cojines ni asientos condenada a no moverse de su puesto. De allí que, mientras la “revolución” se mantiene a duras penas, la oposición siga viviendo en un rincón sin que nadie, ni ella misma, ponga interés en acabar la modorra.

Para llegar a tal conclusión no hace falta meterse en profundida­des, sino solo ver los noticiario­s de los países vecinos o de España, desde donde escribo hoy. Reflejan diversidad de conductas, ideas de personas con nombre y apellido, posiciones de diferente tipo con las cuales se puede congeniar, o de las cuales lo mejor es distanciar­se; institucio­nes en funcionami­ento sin ser perfectas, gente capaz de diferencia­rse sin necesidad de llegar a la genialidad, representa­ciones de una vitalidad a la cual vale la pena aferrarse porque está a mano o porque puede deparar sorpresas. Reflejan la normalidad que hace tiempo perdimos en Venezuela, hasta el punto de convertirn­os en una sociedad que solo se puede identifica­r por una indiferenc­ia y una torpeza insólitas sobre las cuales es realmente difícil hacer propuestas. Una desdicha.

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