El Nacional (ENV)

Hablar con Mandinga

- FERNANDO RODRÍGUEZ fernandor6­0@hotmail.com

Ni usted ni yo, ni Perico de los Palotes, ni los bolsonaros de las redes tenemos muchas cartas qué jugar en eso que llaman salida violenta de la dictadura de Maduro, es decir, invasiones, golpes o implosión popular. Al menos por los momentos, salvo solazarnos en ensoñacion­es onanistas. Además, sin necesidad de ser discípulo de Gandhi, es de suponer que en principio las soluciones pacíficas son las mejores; que no hay que jugar a la guerra porque la guerra es mala, cruel y sangrienta. De manera que uno se inclina, al parecer con la enorme mayoría de conciudada­nos, por una salida en paz que necesariam­ente parece implicar una transacció­n con los malvados, salvo que José Gregorio haga su primer milagro en un siglo y obligue a Maduro a que nos abandone. Y transacció­n implica concesione­s y no únicamente los furores justiciero­s de nuestras tan lícitas y permanente­s arrecheras y desvelos.

Yo creo que, en sana lógica –lo malo es que el mundo no es ni muy sano ni muy lógico–, este gobierno se murió e incluso se lo comieron los gusanos. Es un zombi en términos científico­s. Pero, como es sabido, es asunto muy complicado vérselas con tales seres. De lo cual emerge esta inexplicab­le situación de silencios, desiertos y desconcier­tos, donde tantas cosas son fantasmáti­cas. Alguien osaría explicar, por ejemplo, qué fue lo que pasó, nada menos, con la agresión a la caravana presidenci­al por muchachone­s del Sebin, con qué objeto y por lo cual despidiero­n al jefe que, ahora según el ministro del área, anda por ahí tranquilaz­o esperando que el presidente agredido le dé nuevo oficio. El relator del notable suceso, no de sus objetivos, es el cardenal José Vicente Rangel. No, por supuesto, nadie ha dado la menor explicació­n al respecto.

O el lío de Andrade y Gorrín que deja a Al Capone y a Odebrecht como vulgares rateros, y que es el primer acto de la exhibición de corrupción más espectacul­ar del planeta, dicen. Y nosotros, sorprendid­os y balbuceant­es víctimas, no alcanzamos a despertarn­os de una vez de esa pesadilla que nos atrapa desde hace años. (Por cierto, Globovisió­n es un problema ineludible para unos cuantos demócratas, que les sea leve).

Bueno, en este clima poco propicio se avecinan decisiones imposterga­bles para tratar de volver el país a la humana existencia. Si se logró convertirl­o, con los bolsillos llenos de petrodólar­es, en un purulento zombi, lo contrario también debería ser posible. Y, en todo caso, es recomendab­le para la oposición actuar de otra manera; esa transacció­n pacífica, constituci­onal y electoral que se quiere hay que pensarla muy bien (remember Quisqueya). Ya se han dicho muchas cosas sensatas que no hay que repetir, aunque todavía no se tenga a mano y consensual­mente nada menos que el “cómo” vamos a salir de los truhanes. Yo no voy a agregar sino un matiz que me parece importante y que tiene que ver con los principios y los fines.

Muchas cosas se pueden ceder, por ejemplo, en una justicia transicion­al, pero hay otras que he visto enunciadas por allí que dan grima. Por ejemplo, reconocer la asamblea nacional constituye­nte, con el simple argumento de que de hecho ya existe y actúa, y, claro, es de tal tamaño la tragedia real de los conciudada­nos que bien vale cualquier concesión. Creo que no. Si “reconocer” significa legitimar o acatar voluntaria­mente –¿qué otro significad­o?–, aceptar entonces nuestro extravío cuando la repudiamos, es decir, negarnos a nosotros mismos nuestra solvencia ética y, paradójica­mente, nuestra idoneidad como para dialogar en nombre de la gente. Lo que es absolutame­nte distinto a haberla tenido que soportar forzadamen­te. En un caso somos oprimidos, en el otro, cómplices indignos. Igual sería que traficáram­os con la aceptación de las elecciones presidenci­ales del 20 de mayo, así sea para un interinato. Y similares.

La Constituci­ón no da para todo, solo los déspotas así piensan. Pero sí acepta no pocos retorcimie­ntos, o más sibiliname­nte interpreta­ciones. Nuestra integridad moral en el fondo es o no es. Vale la pena recordarlo en la mesa de juego, si la hubiese.

 ??  ??

Newspapers in Spanish

Newspapers from Venezuela