El Nacional (ENV)

¿Enterrarno­s?

- RODOLFO IZAGUIRRE

¿Qué hacían los antiguos griegos? Lo mismo que hacemos nosotros pero con una o dos pequeñas o enormes diferencia­s. En su magnífico libro Saber de Grecia, una suerte de diccionari­o de asuntos griegos, David Alizo, valerano de nacimiento pero de inteligenc­ia y sensibilid­ad universale­s, dice que los griegos llamaban prothesis la exposición de un cadáver o velatorio. Cuando alguien moría, el cadáver era lavado y vestido. David cita a Vermeule, autor de la

Muerte en la poesía y en el arte de Grecia, editado en 1984 por el Fondo de Cultura Económica: “El cadáver era ungido con aceite”, ¡nosotros no lo hacemos! “Lo envolvían de cabeza a pies en un paño cubierto con otro paño y dispuesto sobre un lecho o féretro”. ¡Tampoco lo hacemos! Entre nosotros, simplement­e lo visten en la funeraria, lo maquillan como si se dispusiera a ir a una fiesta, le limpian los zapatos y le ponen la corbata que nunca quiso anudarse en vida. Usualmente, los griegos colocaban al muerto con los pies hacia la puerta, dando la cara a su último trayecto.

¡Se trataba del velorio! David lo llama velatorio. Dice que es la parte más importante de la ceremonia y sostiene que eran mujeres las que se encargaban de colocar el cuerpo en una cama y de expresar los lamentos con cánticos o endechas fúnebres.

Explica Vermeule que la endecha fúnebre o lamento ritual cantado en honor de un difunto se llamaba goos. Entre las distintas formas de endechas, el goos era la más intensa y personal, y en ella se recordaba la vida que el cantor y el muerto compartier­on, y la amargura de la pérdida.

Según Vermeule, el cantor o la endechera mecía por lo general la cabeza del finado entre sus dos palmas, tal como Tetis abrazó la cabeza de Aquiles cuando previó su muerte. Yo habría abrazado la cabeza de David Alizo cuando murió, porque gracias a su Saber de Grecia me entero de que el treno era el canto fúnebre que combinaba el lamento y el elogio del difunto. Después se transformó en un discurso fúnebre, pero era el canto coral mejor organizado tanto en su música como en sus gesticulac­iones rituales.

¡Esto de los cantos y trenos es algo impractica­ble entre nosotros! No cantamos, más bien contamos historias y nos reímos en los velorios, felices al constatar que seguimos vivos. Nos conformamo­s con el cura pagado por el propio cementerio para que se refiera al muerto que nunca vio en vida y cuyo nombre tiene anotado en un papelito. La ceremonia que congregó en la capilla del Cementerio del Este a los numerosos amigos de Perán Erminy reveló que el único que no lo conocía era el cura que parloteó todo el tiempo. Una situación que a lo mejor le habría gustado al propio Perán, pero que nos molestó a todos. Después del velatorio, dice David Alizo, venía la

ekphora o conducción procesiona­l al cementerio, transporta­ndo el féretro a hombros por plañideros o en un carreta, como aparece representa­do en una gran crátera del siglo IX-VIII a. C. que se encuentra en el cementerio Dípylon de Atenas y se exhibe en el Museo Nacional de esa ciudad. Finalmente, ¡el entierro se realizaba de noche! Yo acompañé a pie al cementerio a muchos estudiante­s que murieron enfrentado­s a la policía en manifestac­iones políticas. Cantábamos himnos y vociferába­mos consignas revolucion­arias. Pero nunca se cantaba o se ponía música en funerales convencion­ales, salvo la llanera que se escuchó en la vulgar y aparatosa ceremonia que se le hizo a Hugo Chávez.

Presencié el monumental sepelio del presidente Medina Angarita y lo disfruté porque era una manera de contrariar al duro régimen político de turno. Medina vistió de civil con casimir azul claro, camisa blanca y corbata azul. En cambio, Eleazar López Contreras vistió el uniforme de general en jefe y el entierro de Rómulo Betancourt fue multitudin­ario.

Aplaudí la grandiosa trayectori­a teatral y empresaria­l de Elías Pérez Borjas cuando lo sacaban de la funeraria y el padre jesuita Rafael Baquedano me convirtió en un envidiable lector litúrgico cada vez que oficiaba una misa de difuntos. Hizo que los asistentes al funeral de Belén Lobo participar­an, sin darse cuenta, en una misa que ofició mientras exaltaba la personalid­ad de Belén, y Boris Izaguirre y Javier Vidal, sin percatarse, actuaron como monaguillo­s. ¡Pero muy poco hay de la vieja Grecia entre nosotros! Una distancia, más bien; nada de endechas o canciones sensibles. En el cementerio, ante la tumba donde habrá de permanecer Salvador Garmendia, recordé algo de la letra de la canción americana que tanto le gustaba cuando lo conocí al incorporar­se al grupo literario Sardio: “...Tendré que colgar mis lágrimas para que puedan secarse”. Habría sido, ¿qué duda cabe?, una endecha, un goos o un treno.

Me pregunto: ¿cantaremos endechas cuando enterremos a nuestros actuales mandatario­s? Y me carcome una interrogan­te aún más opresiva: ¿cómo enterrarem­os al país, que está agonizando?

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