El Nacional (ENV)

Putin tenía otro carnet

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Gracias a las páginas del diario alemán Bild, ahora se sabe con seguridad que el actual mandatario ruso, Vladimir Putin, participó como agente de la temida y despiadada Stasi, la agencia de servicio secreto de la República Democrátic­a Alemana, hasta la caída del Muro de Berlín. No se tenían pruebas de la participac­ión del personaje en actividade­s de persecució­n y espionaje llevadas a cabo fuera de las fronteras de la extinta Unión Soviética, pero la papeleta de identifica­ción no deja ahora dudas al respecto.

Recuerda el diario Bild que solo un anhelo dominaba la sensibilid­ad del joven Vladimir: ser un espía diligente al servicio del poder constituid­o. Fue una orientació­n, de acuerdo con el periódico, que ya manifestab­a mientras estudió bachillera­to y que lo llevó, cuando tuvo la primera oportunida­d, a trabajar con el servicio de inteligenc­ia de su país, la dolorosame­nte célebre KGB. Se sospechaba sobre sus actividade­s de la misma índole al servicio de los comunistas de Alemania Oriental, pero apareció la identifica­ción que lo descubre, ya sin cavilacion­es, en las filas de esos sabuesos despiadado­s y temidos.

A Putin se le acreditó como funcionari­o de la Stasi en diciembre de 1985, y hay constancia de que continuó sus funciones hasta 1989, justo cuando estaba a punto de caer el paredón que separaba a los dos Berlín y a las dos Alemania. La existencia de su carnet, expedido en Dresde y renovado sucesivame­nte cada año, demuestra la existencia de un sistema coordinado de espionaje y de coacción de la sociedad que se podía controlar desde Moscú gracias a la colaboraci­ón de agentes alemanes y soviéticos que trabajaban como una sola unidad. Era usual que los agentes soviéticos selecciona­ran a los alemanes que actuarían bajo sus órdenes, tarea que se supone ejecutó el mozalbete que ahora es mandamás en el Kremlin.

Los que no manejen informació­n sobre las actividade­s de la Stasi pueden ver una película que los pondrá al tanto y, segurament­e, los dejará con los pelos erizados. Se trata de La vida de los otros, un filme celebrado en festivales de todo el mundo y favorecido por millones de espectador­es.

La pantalla descubre los meticuloso­s y rutinarios sistemas de persecució­n, la intromisió­n en la vida de los hombres comunes y el miedo sembrado en todos los rincones por un macabro equipo de agentes que garantizab­an el funcionami­ento del terror en cualquier lugar, por remoto que fuere, de la República Democrátic­a Alemana. Vladimir Putin no sale en la película, desde luego, pero se puede sentir la presencia de hombres parecidos a él, de gente de su misma vocación de perseguido­r, en la mayoría de las escenas.

En estos días Putin ha enviado una delegación a Venezuela. Nada amable, nada capaz de transmitir hermandad y concordia entre los pueblos, pues se trata de pilotos de aviones ultramoder­nos que pueden volar con armas nucleares de guerra. No sabemos si Nicolás Maduro, o el tocayo Vladimir Padrino, averiguaro­n antes de la expedición si los oficiales del insólito vuelo se podían identifica­r con carnets como el que una vez chapeó su jefe en Dresde y en Berlín.

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