In­gla­te­rra le dio otro ca­che­ta­zo a la dura realidad de Los Pu­mas

Ar­gen­ti­na me­jo­ró la ac­ti­tud. Pero eso no fue su­fi­cien­te en Twic­ken­ham fren­te a un ad­ver­sa­rio su­pe­rior.

Clarin - Deportivo - - DEPORTIVO - Ma­riano Ryan mr­yan@cla­rin.com

Ayer se cum­plie­ron 11 años de la úni­ca vic­to­ria de Los Pu­mas en Twic­ken­ham. Aquel 11 de noviembre de 2006 un se­lec­cio­na­do ar­gen­tino que ve­nía gol­pea­do por las di­fe­ren­cias irre­con­ci­lia­bles en­tre ju­ga­do­res y di­ri­gen­tes se le plan­tó de igual a igual a In­gla­te­rra y ter­mi­nó ce­le­bran­do un triun­fo re­so­nan­te. “Es­to re­cién em­pie­za”, les di­jo el ca­pi­tán Agus­tín Pi­chot a sus com­pa­ñe­ros en la ron­da del final, to­da­vía en el cés­ped sagrado del má­xi­mo tem­plo del rugby. On­ce años des­pués el mis­mo se­lec­cio­na­do ar­gen­tino que ve­nía igual­men­te en ba­ja aun­que por otras ra­zo­nes muy di­fe­ren­tes -dé­fi­cit pro­fun­do en el juego y en los re­sul­ta­dos, con 16 de­rro­tas con­se­cu­ti­vas an­te con­jun­tos del Tier 1, el gru­po de los diez me­jo­res equi­pos del mundo-, no pu­do re­pe­tir esa ce­le­bra­ción del final. Y el ca­pi­tán de hoy, Agus­tín Creevy, tam­po­co les pu­do ha­blar a sus hombres tras la de­rro­ta. Es que la bron­ca fue de­ma­sia­do gran­de como pa­ra que el hoo­ker lo­gra­ra en­he­brar al­gu­na fra­se que le­van­ta­ra el áni­mo de un plan­tel que re­ci­bió otro du­ro gol­pe.

Los Pu­mas arran­ca­ron la exi­gen­te ven­ta­na de noviembre con una de­rro­ta fren­te a In­gla­te­rra por 21 a 8. El re­sul­ta­do pu­do ser peor, de todos mo­dos. Por­que el equi­po que de­bió reinventar Ed­die Jones tras el fra­ca­so de su pro­pio Mun­dial ha­ce dos años y que se con­vir­tió otra vez en po­ten­cia tal como lo mar­ca su ri­quí­si­ma historia, pa­re­ció ju­gar con el freno de mano pues­to y só­lo con or­den y ri­gor fí­si­co le al­can­zó pa­ra do­ble­gar a un se­lec­cio­na­do que, so­bre to­do, ne­ce­si­ta ga­nar. Y de ma­ne­ra ur­gen­te. Sin im­por­tar el có­mo.

Jus­ta­men­te a eso sa­lió a ju­gar Ar­gen­ti­na. Que­dó cla­ro que el triun­fo era el prin­ci­pal ob­je­ti­vo pero lo que sor­pren­dió fue la ma­ne­ra en la que se in­ten­tó lle­gar a esa vic­to­ria. Es que Los Pu­mas no se pa­re­cie­ron a Los Pu­mas. O al menos tu­vie­ron po­co del sis­te­ma que bus­có im­po­ner -y que lo­gró al­can­zar, so­bre to­do en el último Mun­dial- Daniel Hour­ca­de. Es­ta vez el me­dio pa­ra al­can­zar el fin fue ha­cer­se fuer­te en de­fen­sa, me­jo­rar las for­ma­cio­nes fi­jas y ce­rrar el juego con los for­wards. Pero no re­sul­tó el plan.

Gra­cias a una me­jo­ra evi­den­te de la ac­ti­tud hu­bo una cla­ra su­pera­ción en el tac­kle, con González Igle­sias y Gar­cías Bot­ta como aban­de­ra­dos en ese as­pec­to del juego. Mien­tras, el scrum y el li­ne cre­cie­ron de una ma­ne­ra os­ten­si­ble con res­pec­to a las úl­ti­mas pre­sen­ta­cio­nes (es­pe­cial­men­te el fi­jo). Pero só­lo en al­gu­nos pa­sa­jes del com­ple­men­to y con la ven­ta­ja de In­gla­te­rra en el mar­ca­dor ya con­so­li­da­da, Los Pu­mas tu­vie­ron una su­pe­rior vo­ca­ción ofen­si­va. Una prue­ba fue el try al­can­za­do por Ni­co­lás Sánchez lue­go de un avan­ce de 30 fa­ses.

Se po­dría de­cir que la dis­tan­cia en el re­sul­ta­do pu­do ha­ber si­do me­nor si Bof­fe­lli, Her­nán­dez o el pro­pio Sánchez hu­bie­ran es­ta­do más acer­ta­dos en sus pa­ta­das a los pos­tes (ape­nas em­bo­ca­ron uno de seis in­ten­tos y cua­tro de ellos fue­ron muy fac­ti­bles), aun­que eso no hu­bie­ra al­can­za­do pa­ra mo­di­fi­car el con­cep­to.

Hu­bo al­gu­nos ren­di­mien­tos in­di­vi­dua­les po­si­ti­vos como los de los ya nom­bra­dos González Igle­sias y Gar­cía Bot­ta a quie­nes se su­ma­ron Kre­mer, Ma­te­ra y Mo­ro­ni. Pero no re­sul­tó su­fi­cien­te pa­ra un equi­po que se acos­tum­bró a per­der de una ma­ne­ra muy pe­li­gro­sa. Que In­gla­te­rra le ga­ne a Ar­gen­ti­na es ló­gi­co por las reali­da­des de ca­da uno pero que Ar­gen­ti­na só­lo pue­da su­pe­rar a Georgia en la tem­po­ra­da sue­na a na­da.

Cues­ta salir, es di­fí­cil ver el ho­ri­zon­te y el agua ya lle­gó al cue­llo. Ita­lia se­rá el pró­xi­mo ad­ver­sa­rio en un par­ti­do que pue­de ser de­ter­mi­nan­te pa­ra Hour­ca­de y su staff téc­ni­co. El en­tre­na­dor cuen­ta con el aval de sus ju­ga­do­res. Pero el tu­cu­mano no le en­cuen­tra la vuel­ta. Y no hay es­pa­cio pa­ra que na­die mi­re pa­ra otro la­do fren­te a una realidad dura. Y do­lo­ro­sa.

REUTERS

Pa­ra ade­lan­te. Agus­tín Creevy tra­ta de man­te­ner­se de pie fren­te al tac­kle de Vu­ni­po­la. Sus com­pa­ñe­ros Kre­mer, Ale­manno, Te­taz Cha­pa­rro y Lan­da­jo bus­can apo­yar­lo.

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