Día fun­da­cio­nal en Ch­ris­top­her­sen

Clarin - Rural - - RURAL - Héctor A. Huer­go hhuer­go@cla­rin.com

Fue un día fun­da­cio­nal. Otro más en la sa­ga fe­no­me­nal de la Se­gun­da Re­vo­lu­ción de las Pam­pas. La inau­gu­ra­ción de la plan­ta de ge­ne­ra­ción eléc­tri­co en el me­ga­tam­bo de Ade­co­agro hi­zo que­brar de emo­ción no so­lo a Er­nes­to Pit­ta­lu­ga, ge­ren­te de lechería de la em­pre­sa, en el fi­nal de su breve dis­cur­so. La­gri­mea­ban has­ta el fla­man­te mi­nis­tro de Agroin­dus­tria, Luis Mi­guel Et­che­vehe­re, Ma­riano Bosch, el CEO de Ade­co­agro, y to­do el equi­po que ha­bía con­cre­ta­do una ver­da­de­ra rup­tu­ra pa­ra­dig­má­ti­ca en la for­ma de pro­du­cir le­che en la Ar­gen­ti­na.

Yo tam­bién llo­ré. Un sue­ño con­ver­ti­do en reali­dad. En reali­dad, lo que se inau­gu­ró fue mu­cho más que un bio­di­ges­tor. Se con­cre­tó la fa­se fi­nal de un círcu­lo vir­tuo­so, don­de ca­da fac­tor de la pro­duc­ción cum­ple con una mi­sión es­pe­cí­fi­ca. La tie­rra, la me­jor tie­rra del país, en las sua­ves lo­ma­das de Ch­ris­top­her­sen --a po­cos me­tros de la fa­mo­sa Pi­ca­sa que siem­pre es ma­la no­ti­cia--, se de­di­ca a la pro­duc­ción del ali­men­to. Fun­da­men­tal­men­te, maíz, pa­ra grano y si­la­je. Pe­ro tam­bién ave­na y tri­gos pa­ra en­si­lar. De 15 a 20 to­ne­la­das de ma­te­ria se­ca de al­ta ca­li­dad pa­ra ali­men­to de las le­che­ras.

Y la va­ca cum­ple la fun­ción de trans­for­mar ese ali­men­to en le­che. Pa­ra ex­plo­tar el ex­tra­or­di­na­rio in­cre­men­to del po­ten­cial ge­né­ti­co de las va­cas Ho­lan­do, ha­bía que dar­les to­do el con­fort. Em­pe­zan­do por evi­tar el cos­to ener­gé­ti­co y las pe­nu­rias de los tras­la­dos con­ti­nuos del pas­to al tam­bo. Así, las va­cas pro­me­dian des­de ha­ce un año los 37 li­tros por día. El do­ble que la me­dia na­cio­nal, que dis­po­ne de la mis­ma ge­né­ti­ca. Con­vier­ten un ki­lo de ma­te­ria se­ca en 1,5 li­tros de le­che.

El mo­de­lo Ade­co­agro per­mi­tió su­pe­rar la enor­me res­tric­ción pa­ra avan­zar en es­ca­la. En Ch­ris­top­her­sen hay dos tam­bos de 3500 va­cas ca­da uno. Se or­de­ñan en sen­das ca­le­si­tas a un rit­mo de 500 va­cas por ho­ra, tres ve­ces por día. En el país exis­ten gran­des pro­duc­to­res de le­che que des­do­blan sus ro­deos en va­rias uni­da­des, y ca­da una se ma­ne­ja con el sis­te­ma tra­di­cio­nal: un tam­be­ro que ca­pi­ta­nea to­do el ma­ne­jo, des­de el pas­to has­ta el or­de­ñe. Sie­te días por se­ma­na, dos ve­ces por día.

Ma­riano Bosch se em­pe­ña en ex­pli­car que ellos no es­tán cues­tio­nan­do otros mo­de­los, que pue­den a su jui­cio ser fun­cio­na­les. Pe­ro res­ca­ta que es­te sis­te­ma les re­sul­ta fun­cio­nal tam­bién des­de el pun­to de vis­ta de la or­ga­ni­za­ción del tra­ba­jo y la ca­li­dad de vi­da de los ope­ra­do­res. Tur­nos ro­ta­ti­vos de ocho ho­ras, la gen­te vive en el pue­blo y unas com­bis los lle­van to­dos los días al cam­po. Los ni­ños van a la es­cue­la, al club y so­cia­li­zan con sus ami­gos, rom­pien­do la di­co­to­mía en­tre “los chi­cos del cam­po” y los de la ciu­dad. Una bre­cha que se di­si­pa.

No hay que bo­ye­rear ni arrear las va­cas ba­jo la llu­via, el frío, el ca­lor y el ba­rro. El con­fort no es tan­to pa­ra las va­cas co­mo pa­ra la gen­te. To­do se con­tro­la me­jor, des­de el par­to en el es­ta­blo, la sa­ca­da de ce­lo, la in­se­mi­na­ción.

Y un da­to cla­ve. Bosch ase­gu­ra que aún en los peo­res mo­men­tos de la lechería, co­mo los que se vi­vie­ron en los úl­ti­mos años, el sis­te­ma fue ren­ta­ble. Nun­ca dio nú­me­ros en ro­jo, a pe­sar del cos­to de cual­quier cur­va de apren­di­za­je. Por su­pues­to, no pue­den dar­se el lu­jo de que al­go fa­lle. La cla­ve es man­te­ner la pro­duc­ción por en­ci­ma de los 35 li­tros por va­ca y por día. Es­tán con­ven­ci­dos de que se pue­de.

Y con­ven­cie­ron a los ac­cio­nis­tas, que hoy son mi­les de in­ver­so­res. Ha­ce cin­co años abrie­ron su ca­pi­tal en el Nas­daq de Wall Street, don­de co­ti­zan ba­jo la si­gla AGRO. Allá va­lo­ran no so­lo los nú­me­ros, sino tam­bién el va­lor de la sus­ten­ta­bi­li­dad. Que in­clu­ye lo eco­nó­mi­co, lo am­bien­tal y tam­bién lo so­cial.

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