Zu­ri­ta, poe­mas en el pai­sa­je de la pa­sión

El con­sa­gra­do poe­ta chi­leno Raúl Zu­ri­ta lee­rá ma­ña­na a las 18.30, den­tro de la Fe­ria del Li­bro.

Clarin - Spot - - Nota De Tapa - Ma­tías Se­rra Brad­ford mse­rra­brad­ford@cla­rin.com

El chi­leno Raúl Zu­ri­ta es de los poe­tas que sa­ben leer, que sa­ben de­cir. A eso vie­ne pa­ra el Fes­ti­val de Poe­sía de la Fe­ria del Li­bro, que ter­mi­na ma­ña­na. Miem­bro es­ta­ble del pan­teón de la acau­da­la­da poe­sía chi­le­na, el au­tor de Pur­ga­to­rio, In­ri, In Me­mo­riam y Verás, re­ci­bió el año pa­sa­do el Pre­mio Ibe­roa­me­ri­cano de Poe­sía Pa­blo Ne­ru­da.

Lan­za­dos ha­cia la in­cle­men­cia, los tex­tos de Zu­ri­ta son va­ria­cio­nes so­bre una ma­ne­ra de res­pi­rar, de con­ju­rar con­tra lo os­cu­ro (la peor par­te de la his­to­ria de Chile). Ca­da es­cri­to su­yo po­ne en mo­vi­mien­to la por­ten­to­sa fá­bu­la de un poe­ma en que lo vi­si­ble y lo in­vi­si­ble fir­man una tre­gua. El as­pec­to in­ver­te­bra­do de sus ver­sos es só­lo par­te del se­cre­to de su fuer­za, y el re­mo­lino de sus lí­neas for­ma un vór­ti­ce en el que el lec­tor nau­fra­ga agra­de­ci­do: “Ex­tra­ños so­les can­tan llo­vien­do des­de el cie­lo, / ex­tra­ños fru­tos so­bre el océano santo”.

-¿Des­pués de tan­tos años de su pri­mer poe­ma, si­gue es­pe­ran­do al poe­ma, otro poe­ma?

-Uno es­tá es­pe­ran­do otro poe­ma. Siem­pre de­be­ría ha­ber un día de ma­ña­na.

-Da la im­pre­sión de que su poe­sía es de aguar­dar el poe­ma, más que de sa­lir en su ca­za.

-En mi vi­da he te­ni­do muy po­cas ideas, dos y me­dia di­ga­mos, y las he ex­plo­ta­do has­ta más no po­der. Ha si­do un es­pe­rar y al mis­mo tiem­po pen­sar que si al­go lle­ga a apa­re­cer por lo me­nos ten­go que es­tar dis­pues­to. Sien­to que no fui a bus­car las co­sas sino que las co­sas vi­nie­ron a mi en­cuen­tro: la his­to­ria, las cir­cuns­tan­cias del país.

-¿Y con qué en­tra en con­ver­sa­ción un poe­ma su­yo?

-Me gus­ta­ría que en­tra­ra en con­ver­sa­ción con las co­sas, la cor­di­lle­ra, el mar. Pe­ro no sé qué es lo que que­rría con­ver­sar con­mi­go. Por mo­men­to sien­to que ha si­do un lar­go mo­nó­lo­go… Nun­ca he pen­sa­do en un lec­tor, por­que es pro­ba­ble que si pen­sa­ra em­pe­za­ría a es­cri­bir pa­ra ese lec­tor.

-Po­dría de­cir­se que des­de afue­ra su poe­sía se ve con­sis­ten­te, co­mo de una so­la pie­za. Me pre­gun­to si en el ca­mino que­dó otro ti­po de poe­ta que le ha­bría gus­ta­do ser.

-Me ha­bría gus­ta­do es­cri­bir el poe­ma “A la mis­te­rio­sa” de Ro­bert Des­nos, y su “No, el amor no es­tá muer­to”. Me gus­ta tan­to que me pre­gun­to có­mo se­ría ha­ber­lo es­cri­to.

-La im­pre­sión que cau­san sus poe­mas no es la de es­tar atrás, en el pa­sa­do, sino ade­lan­te, en un fu­tu­ro.

-Pon­go es­ce­na­rios que es co­mo si hu­bie­ran pa­sa­do un mi­llón de años, co­mo si al­guien vi­nie­ra y re­co­gie­ra esas ce­ni­zas. No sé si ha­brá si­do la in­fluen­cia de pe­lí­cu­las post-apo­ca­líp­ti­cas, pe­ro sien­to co­mo si al­guien vi­nie­ra del fu­tu­ro, de mi­llo­nes de años luz, y vie­ra es­tas imá­ge­nes.

-Zu­ri­ta, ¿qué le pa­sa con los ríos y las mon­ta­ñas?

-Qui­sie­ra sa­ber­lo. No sé por qué me so­bre­co­gen. Pien­so en to­dos los que han mi­ra­do esas mon­ta­ñas y es co­mo si los ojos de lo que mi­ra­ron te sa­lu­da­ran. Los paisajes son gran­des te­lo­nes en blan­co, que se van lle­nan­do con la pa­sión de vi­vir. Mi­rar con to­dos los que han mi­ra­do. Tal vez el ori­gen de mi ob­se­sión con el pai­sa­je se dio con el gol­pe de es­ta­do de 1973. Es co­mo si tu­vie­ras un abri­go que nun­ca has usa­do y de re­pen­te te lo ro­ban. Y lle­gó la exal­ta­ción de la pa­tria, que co­no­ce­mos tan bien, la exal­ta­ción de las be­lle­zas na­tu­ra­les, del te­rri­to­rio. Y ahí yo pen­sé, eso es mío, y la gran lu­cha que se vino es cuá­les son los sig­ni­fi­ca­dos.

-¿La geo­gra­fía lo ayu­dó a no ser un poe­ta rec­ti­lí­neo?

-Creo que sí. Tam­bién es­tá la in­fluen­cia de Ne­ru­da, de Pa­blo de Rok­ha, de Gabriela Mis­tral, que cons­tru­ye­ron gran­des imá­ge­nes con el pai­sa­je. Chile no es un te­rri­to­rio se­gu­ro. El pri­mer trau­ma que uno tie­ne en la es­cue­la es el ma­pa: que es­ta cor­ni­sa que es la cor­di­lle­ra se des­miem­bre. En­ton­ces es di­fí­cil ima­gi­nar­te paisajes es­tá­ti­cos. En el de­sier­to la luz cam­bia cons­tan­te­men­te. En un día son mi­llo­nes de cie­los. Tú pue­des ima­gi­nar­te la cor­di­lle­ra mo­vién­do­se, mar­chan­do.

-Sus poe­mas es­tán sem­bra­dos de nom­bres pro­pios.

-La poe­sía par­te siem­pre de lo par­ti­cu­lar. Es la pie­dad por ca­da de­ta­lle del mun­do. Tú pue­des lle­gar a par­tir de los ojos de al­guien a la mi­ra­da de Dios. No pue­des par­tir de la idea abs­trac­ta de un Dios, de­be exis­tir el pa­so por lo real.

GE­RAR­DO DELL’ORO

Mi­ra­da de poe­ta. Raúl Zu­ri­ta, ayer, en Buenos Aires.

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