An­ne Car­son ce­le­bra a la poe­ta Sa­fo

La es­cri­to­ra ca­na­dien­se tra­du­jo los frag­men­tos del úni­co poe­ma de la grie­ga que lle­gó a nues­tros días.

Clarin - Spot - - Cultura - Especial pa­ra Cla­rín Be­ti­na Gon­zá­lez.

Leí a Sa­fo por pri­me­ra vez cuan­do te­nía die­ci­séis años. Fue en la tra­duc­ción de Os­car Andrieu, pu­bli­ca­da por Cen­tro Edi­tor. Pa­sé por esos ver­sos con sua­vi­dad, con la con­cien­cia de estar oyen­do una voz po­ten­te pe­ro hace tiem­po muer­ta. Sa­fo no se que­dó conmigo. Sos­pe­cho que la ma­yo­ría de sus lec­to­res del si­glo vein­te tu­vie­ron una ex­pe­rien­cia si­mi­lar.

Tar­dé dé­ca­das en dar­me cuen­ta de que esa no era Sa­fo. Eran si­glos de tra­duc­to­res tra­tan­do de com­ple­tar y "em­be­lle­cer" los po­cos frag­men­tos que nos lle­ga­ron de los nue­ve vo­lú­me­nes de poe­sía com­pues­tos por esa mu­jer, an­te­rior a Ho­me­ro, a Pla­tón, a lo que pa­re­ce el co­mien­zo del mun­do en­te­ro. Y así, su obra intensa, su­ma­men­te eró­ti­ca y a la vez ce­re­bral per­ma­ne­ció se­pul­ta­da en pa­la­bras de otros du­ran­te si­glos.

Hasta que en 2002, Sa­fo volvió a ser ella mis­ma gracias a An­ne Car­son. Ese año, es­ta poe­ta y en­sa­yis­ta ca­na­dien­se pu­bli­có una nue­va tra­duc­ción que hi­zo es­ta­llar el pe­que­ño pe­ro exi­gen­te círcu­lo de lec­to­res de los clá­si­cos. Ya lo ha­bía he­cho an­tes con Eros, el dul­ce amar­go, li­bro in­cla­si­fi­ca­ble, entre el en­sa­yo y la poe­sía, ver­da­de­ra me­di­ta­ción lí­ri­ca so­bre el amor. Y lo vol­ve­ría a ha­cer en 2012 con An­ti­go­nick, poe­sía ins­pi­ra­da en la más be­lla tra­ge­dia de Só­fo­cles. Por su com­bi­na­ción úni­ca de eru­di­ción y van­guar­dis­mo, por su irre­ve­ren­cia an­te los lí­mi­tes dis­ci­pli­na­res y su per­ma­nen­te mez­cla de ar­te, fi­lo­so­fía, crí­ti­ca y poe­sía, Car­son es una fi­gu­ra úni­ca en el mun­do an­glo­sa­jón. Por suer­te, los úl­ti­mos años he­mos vis­to tra­du­ci­dos al cas­te­llano va­rios de sus li­bros, entre ellos, Red Doc (ba­jo­la­lu­na) y Eros, el dul­ce amar­go, (Fior­do).

"Al tra­du­cir, tra­té de poner todo lo que pue­de leer­se de ca­da poe­ma en el len­gua­je más sen­ci­llo po­si­ble,

usan­do el mis­mo or­den de las pa­la­bras y del pen­sa­mien­to que usó Sa­fo. Me gus­ta pen­sar que cuan­to me­nos apa­rez­co yo co­mo traductora, más se tras­lu­ce de Sa­fo. En es­ta amorosa fan­ta­sía (la trans­pa­ren­cia del yo) tra­ba­ja­mos las tra­duc­to­ras", di­ce Car­son en el pró­lo­go a If Not, Win­ter (Si no, el in­vierno) la edi­ción bi­lin­güe en grie­go y en in­glés de la obra de Sa­fo. Con­sis­te

en un poe­ma ("Oda a Afro­di­ta", el úni­co com­ple­to), más 189 frag­men­tos, de los cua­les más de la mi­tad con­tie­nen me­nos de diez pa­la­bras. Eso nos da una idea de la di­men­sión de la pér­di­da de la obra de la poe­ta de Les­bos. Sin em­bar­go, se tra­ta un vo­lu­men de 500 pá­gi­nas (200 de notas de la traductora, que son, en sí mis­mas, un via­je eru­di­to y alu­ci­nan­te a de­ta­lles co­ti­dia­nos del mun­do grie­go). Los frag­men­tos tra­du­ci­dos en el li­bro con­tie­nen más cor­che­tes que ver­sos­la con­ven­ción que usa Car­son pa­ra in­di­car lo que fal­ta. El efec­to es dra­má­ti­co, lú­di­co y de­vas­ta­dor. Así lo ex­pli­ca ella en el mis­mo tex­to: "Los cor­che­tes son emo­cio­nan­tes. Aunque es­te­mos le­yen­do a Sa­fo en una tra­duc­ción, no hay ra­zón pa­ra que nos per­da­mos el dra­ma de leer un pa­pi­ro par­ti­do a la mi­tad, lleno de agu­je­ros o del ta­ma­ño de una es­tam­pi­lla. Los cor­che­tes im­pli­can un es­pa­cio libre pa­ra la aven­tu­ra de la ima­gi­na­ción".

If Not, Win­ter es a la vez el pa­la­cio y la rui­na, la pre­sen­cia y la au­sen­cia, la ex­pre­sión y el con­cep­to, la ma­ra­vi­lla del rit­mo ro­to y a la vez vi­vo de la poe­sía de Sa­fo.

"Esa ope­ra­ción con­cep­tual de Car­son me in­tere­só mu­cho, por­que no tra­ta de com­ple­tar lo que se per­dió con el tiem­po sino que de­ja ex­pues­to pre­ci­sa­men­te el tiem­po", se­ña­la Agus­ti­na Mu­ñoz, la crea­do­ra del pro­yec­to de la per­for­man­ce Las pa­la­bras que fal­tan, que se reali­zó es­te jue­ves en el Fes­ti­val In­ter­na­cio­nal de Li­te­ra­tu­ra de Bue­nos Ai­res y a la que tu­ve la suer­te de asis­tir. So­bre un escenario en el que las ve­las ilu­mi­na­ban un pe­que­ño al­tar a Afro­di­ta, Car­son le­yó sus ver­sio­nes en in­glés - en su tono in­qui­si­ti­vo y a la vez neu­tro, tan ca­rac­te­rís­ti­co-, Kons­tan­ti­na Kot­za­ma­ni, los ori­gi­na­les en grie­go y la pro­pia Mu­ñoz, la ma­ra­vi­llo­sa tra­duc­ción al cas­te­llano de Lau­ra Witt­ner, todo acom­pa­ña­do por la mú­si­ca (su­til, ca­si co­mo ecos de lo per­di­do) de Gui­ller­mi­na Et­kin.

"En­sa­ya­mos el mis­mo día de la per­for­man­ce", cuen­ta Mu­ñoz. "Te­nía­mos ar­ma­do el guión de tres vo­ces pa­ra traer el so­ni­do de esas pa­la­bras, pa­ra po­der ha­cer vi­si­ble la ope­ra­ción de la tra­duc­ción, esa es­pe­cie de in­vo­ca­ción de otro, lo que hay en una pa­la­bra y en­ten­der ese alien­to. Creo que con las tres vo­ces se mar­ca tam­bién ese tras­la­do en el tiem­po, de una voz a otra y a otra y a todo lo que hay en el medio".

Así fue, al me­nos pa­ra mí, al sa­lir del es­pec­tácu­lo. El efec­to de oír a Sa­fo a ve­ces en las tres vo­ces si­mul­tá­neas, otras en ver­sio­nes con­se­cu­ti­vas fue asom­bro­so, pa­ra na­da pa­re­ci­do al recuerdo de mi lec­tu­ra ado­les­cen­te. Me fui del au­di­to­rio del Cen­tro Cul­tu­ral de la Cien­cia con la sen­sa­ción de ha­ber re­ci­bi­do un don o un re­ga­lo. Una sen­sa­ción que trans­mi­ten muy bien es­tos ver­sos de la poe­ta grie­ga, que es­cu­ché, ad­mi­ra­da: "co­mo la dul­ce man­za­na en­ro­je­ce en la ra­ma más al­ta en lo al­to de la ra­ma más al­ta y los re­co­lec­to­res ol­vi­da­ron— no, no ol­vi­da­ron: no lo­gra­ron al­can­zar" En esa man­za­na ja­más al­can­za­da, aca­so inal­can­za­ble, todo Eros, to­da la fi­lo­so­fía de Oc­ci­den­te, se ocul­ta y, a la vez, se nombra.

“Me gus­ta pen­sar que cuan­to me­nos apa­rez­co yo co­mo traductora, más se tras­lu­ce de Sa­fo"

GENTILEZA FIL­BA

Car­son. En­sa­yis­ta y poe­ta, com­bi­na la eru­di­ción y el van­guar­dis­mo.

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