“Soy ver­da­de­ra en un mun­do de plás­ti­co”

Re­fle­xi­va. A los 25, la can­tan­te y ac­triz se sin­ce­ra y se de­fi­ne co­mo una mu­jer au­to­exi­gen­te y wor­kaho­lic, pe­ro que tam­bién ama los pla­ce­res de la vi­da. Có­mo vi­vió su in­fan­cia de fa­ma pre­coz. Có­mo la mar­ca­ron sus no­vios. La pos­ter­ga­ción de la ma­ter­ni­dad p

Clarin - Viva - - Haciendo Historia - EN TE­RA­PIA CON JO­SE EDUAR­DO ABADI PRO­DUC­CION : MARIBEL LEONE FOTOS: JU­LIO JUAREZ

Creo que en tu ca­rre­ra vas con cui­da­do, pa­ra no de­cir: “Ya es­tá, ya lle­gué”. ¡ No, me ma­to an­tes de de­cir­lo! Jus­to lo ha­bla­ba con mi vie­ja, que vino a co­mer a ca­sa por­que ne­ce­si­ta­ba vol­ver al eje. Ella se da cuen­ta al to­que cuan­do una es­tá des­ca­rri­la­da por el can­san­cio. Yo vi­vo so­la. Me pre­gun­tó: “¿Es­tás bien? ¿Te sen­tís bien?” Yo le di­je que sí, pe­ro que ten­go un te­ma con la autoexigencia: nun­ca es­toy con­for­me con lo que ha­go… Eso es lo com­pli­ca­do. Si bien es­tá bueno y sien­to que es mi mo­tor de to­dos los días por­que me di­go a mí mis­ma: “Es­to pue­de es­tar me­jor: pue­do can­tar me­jor, pue­do en­sa­yar más”. Es la par­te que me di­vier­te por­que me sir­ve pa­ra que el tra­ba­jo me sal­ga lin­do. Pe­ro a la vez, lle­go a los lí­mi­tes que yo mis­ma me pon­go y, des­pués, di­go: “Che, no pue­do ser tan du­ra. ¡La pu­ta ma­dre!”. Lo bueno es te­ner una ma­dre sen­si­ti­va. Es im­por­tan­te tu ma­má en tu vi­da. Am­bos pa­dres. Siem­pre los pu­de di­fe­ren­ciar de la ma­sa de pa­dres de otros ni­ños ar­tis­tas. Yo em­pe­cé muy chi­ca: te­nía diez años. Pe­ro no vi pa­dres frus­tra­dos cum­plien­do sus sue­ños a tra­vés de sus hi­jos. Mis vie­jos nun­ca mar­ca­ron eso: siem­pre fue­ron cla­ros en que me acom­pa­ña­ban, pe­ro no me pre­sio­na­ban. No to­ma­ban de­ci­sio­nes por mí. In­tuían que ha­bía una ge­nui­na vo­ca­ción la­tien­do. To­tal. Yo que­dé pa­ra un cas­ting de Cris Mo­re­na y to­dos los vier­nes sa­lía de ahí, que era una es­pe­cie de ta­ller en el que iban se­lec­cio­nan­do y sa­can­do chi­cos. Era muy du­ro, y yo te­nía diez años. Sa­lías a la puer­ta y si te nom­bra­ban era por­que no en­tra­bas. Yo za­fa­ba. Me acuer­do que me su­bí al au­to 505 de mi vie­jo y mi ma­má me di­jo: “¿Te nom­bra­ron? Bueno, hi­ja, qué va a ser”. “Pa­rá, no me nom­bra­ron”, le con­tes­té. Ella te­nía me­nos con­fian­za que yo, en reali­dad que­ría cui­dar­me. Por mie­do a una frus­tra­ción. Cla­ro, y es­ta­ba el te­ma gui­ta, por ejem­plo: yo ven­go de una fa­mi­lia de cla­se me­dia, na­da nos so­bra­ba. De he­cho yo ayu­da­ba en mi ca­sa. Era una si­tua­ción anor­mal pa­ra una per­so­na que no es­tá

“Soy un al­ma v i eja: ten­go unos mo­dos y sa­co con­clu­sio­nes de co­sas que, a lo me­jor, no son acor­des a mi e dad. ” ...

acos­tum­bra­da a que el hi­jo de diez años ten­ga un suel­do pa­re­ci­do o que ga­ne más que los pa­dres. Eras una ne­na sos­te­nien­do una es­truc­tu­ra fa­mi­liar. Creo que mis vie­jos ami­no­ra­ban esa si­tua­ción. Lo que siem­pre me sor­pren­dió fue que mi ac­ti­vi­dad no era la más im­por­tan­te de la ca­sa: pa­re­cía que te­nía más no­to­rie­dad y que era más exi­to­sa por­que era al­go pú­bli­co, pe­ro la reali­dad es que mis her­ma­nos eran bue­nos en lo su­yo. Así co­mo mi her­mano iba a fút­bol, yo iba a ac­tuar. Y era lo mis­mo. A la ho­ra de la co­mi­da, a los tres nos pre­gun­ta­ban có­mo nos ha­bía ido en el día. Esa si­tua­ción nun­ca me sa­có del lu­gar de hi­ja ni de her­ma­na. Ade­más, era la her­ma­na más chi­ca. Plan­teás la com­pe­ti­ti­vi­dad co­mo al­go muy im­por­tan­te, pe­ro cuan­do de­cís que que­rés me­jo­rar, es com­pe­ten­cia con vos mis­ma. No vas con la ne­ce­si­dad de des­pla­zar a otros, sino que bus­cás me­jo­rar vos. Pe­ro lo más de­li­ca­do se­ría que la exi­gen­cia se con­vir­tie­ra en una hí­per exi­gen­cia sá­di­ca con uno mis­mo. A ve­ces me pon­go en ese mo­do, que es pe­li­gro­so. Ten­go una es­pe­cie de vie­ja vi­vien­do aden­tro de mí que me quie­re en­se­ñar. Cuan­do es­toy en ese mo­do ob­se­si­vo, pien­so: “No es­tá bueno es­to que es­toy ha­cien­do; no es­tá bien que me ha­ya ido de acá o de allá con ca­ra de or­to”. Lo que aho­ra se es­tá tra­ba­jan­do des­de la fi­lo­so­fía y des­de el psi­coa­ná­li­sis es je­rar­qui­zar el pre­sen­te: la no­ción de pen­sar en el ma­ña­na ha­ce per­der la no­ción de que hoy es­toy acá, dis­fru­tan­do y ha­cien­do es­to. Si uno es­tá dis­fru­tan­do el pre­sen­te, el ma­ña­na es fe­liz­men­te pa­ri­do. Si uno es­tá en un lu­gar de an­sie­dad res­pec­to a que lo que pa­se no sea igual a lo que es hoy, el ma­ña­na sa­le rui­do­so. Siem­pre les di­go a mis ami­gos que soy un al­ma vie­ja: ten­go unos mo­dos y sa­co con­clu­sio­nes de co­sas que, a lo me­jor, no son acor­des a mi edad. Pe­ro lo que veo en las re­des so­cia­les es que to­dos ha­ce­mos to­do con tal de te­ner la apro­ba­ción del otro. Sí, la foto es aho­ra: en 24 ho­ras des­apa­re­ce eso que subis­te en Ins­ta­gram. Vos subís una foto y tie­ne exis­ten­cia ese tiem­po, des­pués se va. Fi­ja­te có­mo ele­gi­mos cap­tu­rar los mo­men­tos: no es una foto que te­nés en el por­ta­rre­tra­tos y la mi­rás pa­ra acor­dar­te de ese mo­men­to. Al con­tra­rio, es una foto que pa­sa. La gen­te se en­lo­que­ce por eso. Lo que te­ne­mos que sa­ber es que la foto se va, pe­ro uno es­tá. No hay que que­dar atra­pa­do en la teo­ría de que uno es la foto en lu­gar de una per­so­na. Vos em­pe­zas­te a los diez años, ¿en el tea­tro? Te­le­no­ve­la, tea­tro, to­do: eran las se­ries ju­ve­ni­les de te­le­vi­sión de Cris Mo­re­na, que siem­pre iban de la te­le al tea­tro. En­ton­ces, de ahí tu ca­rre­ra no se in­te­rrum­pió has­ta es­tos 25 años que te­nés hoy. ¿Hu­bo mo­men­tos fun­da­men­ta­les de cam­bio cuan­do pen­sás en tu ca­rre­ra? ¿Al­go que te ha­ya he­cho va­riar el rum­bo? Sí, hay un mo­men­to muy cla­ro. Fue a mis 18 años. Es­ta­ba en esa gran fac­to­ría, en ese mun­do de Gus­ta­vo Yan­ke­le­vich y de Cris y to­do era muy có­mo­do y di­ver­ti­do: ha­bía mú­si­ca, ha­bía di­ver­sión. Es­tá­ba-

mos en la cres­ta del éxi­to con Teen An­gels, ha­cía­mos shows en el Gran Rex… Pe­ro yo ha­bía leí­do Las bru­jas de Sa­lem, de Art­hur Mi­ller, y ha­bía que­da­do flas­hea­da: yo que­ría ser Abi­gail Wi­lliams. Un día me en­te­ro por unos ami­gos que ve­nían del tea­tro que se iba a ha­cer la obra. Una se­ñal. ¡Yo que­ría ac­tuar en esa obra! Pa­ra que te des una idea: ve­nía del mun­do más co­mer­cial de la te­le­vi­sión, que es­ta­ba bue­ní­si­mo, pe­ro aho­ra que­ría cam­biar. Sin de­cir­le na­da a na­die, fui al cas­ting en el Broad­way. Y que­dé. “¿Y aho­ra qué ca­ra­jo ha­go?”, di­je. Te­nía que de­cír­se­lo a Yan­ke­le­vich, pe­ro por suer­te ha­bía una si­tua­ción con­trac­tual a mi fa­vor. Pen­sa­ba: “Le ten­go que de­cir a es­te ti­po, que voy a es­tar sal­tan­do, ves­ti­da con po­lle­ri­tas de co­lo­res, y que des­pués me voy a ha­cer una obra del 1600, ves­ti­da de épo­ca, en­fren­te”. Te­nía que sa­lir de un show con un mon­tón de per­so­nas can­tan­do, pa­ra cru­zar­me a una sa­la en la que con suer­te ha­bía 80 per­so­nas. ¿Y qué hi­cis­te? La gen­te me de­cía: “Vos ve­nís de otro pa­lo, no po­dés ha­cer eso. Vas a es­tar en las dos mar­que­si­nas a la vez”. Y yo les con­tes­ta­ba: “A mí me chu­pa un hue­vo”. Yo sa­bía que era au­tén­ti­co ha­cer­lo, te­nía la ne­ce­si­dad im­pe­rio­sa de ha­cer­lo. Y sa­bía que no iba a cam­biar na­da: sa­bía lo que da­ba en ca­da obra. Apar­te, pro­ve­nía de una ne­ce­si­dad de lo au­tén­ti­co y de al­go que vos sen­tías co­mo ne­ce­sa­rio. Ne­ce­sa­rio al cien­to por cien­to. Cues­tión que es­tre­na­mos esa obra y era muy gra­cio­so: sa­lía del Gran Rex ma­qui­lla­da co­mo Bea­triz Sa­lo­món, y en el ta­xi, me iba sa­can­do to­do, cru­za­ba to­do el trá­fi­co pa­ra dar la vuel­ta y en­gan­cha­ba en el Broad­way. He lle­ga­do con los ac­to­res ya en la pri­me­ra es­ce­na, don­de Abi­gail no es­ta­ba. Era tre­men­do, pe­ro lo hi­ce. Ese año pe­sa­ba cin­co ki­los me­nos por­que la­bu­ra­ba co­mo una lo­ca. Pe­ro era tan­ta la fe­li­ci­dad que ma­ne­jé, só­lo por ele­gir al­go que no es­ta­ba en la es­truc­tu­ra de lo que se su­po­nía que te­nía que cum­plir. Ahí me di cuen­ta de que po­día ele­gir. Más allá de es­tar có­mo­da y con­ten­ta en un lu­gar, yo po­día ha­cer co­sas que sen­tía que eran pa­ra mí, le­jos de cual­quier si­tua­ción de cum­pli­mien­to. Esa vi­ven­cia de li­ber­tad ge­ne­ra una sen­sa­ción de iden­ti­dad. To­tal. Ter­mi­nan­do esa eta­pa em­pie­zo a ha­cer mis can­cio­nes y, dos años des­pués, sa­co un dis­co in­de­pen­dien­te. Es más: ca­da vez que veía el dis­co en al­gu­na dis­que­ría, me que­da­ba mi­rán­do­lo. Se su­po­nía que esa si­tua­ción no era nor­mal pa­ra mí. “Ne­na, lo po­dés ha­cer con Sony Mu­sic, si ve­nís de la fac­to­ría de Cris”, me de­cían. Pe­ro yo lo que­ría ha­cer así. Pa­ra mí, que ese dis­co fue­ra in­de­pen­dien­te sig­ni­fi­ca­ba mu­cho. Sig­ni­fi­ca­ba que eras li­bre. Cla­ro, que no ne­ce­si­to de esos mie­dos que te in­cul­can de que si no, no lo iba a po­der ha­cer… Eso es fal­so. Ob­vio que te cues­ta el do­ble... Al prin­ci­pio, ¿es­ta­bas im­preg­na­da en la mú­si­ca de cier­tos re­fe­ren­tes?

Yo na­cí en el ’91, en mi ca­sa ha­bía ca­se­tes, y des­pués em­pe­za­ron a lle­gar los CDs, que pa­re­cían de la NASA, lo úl­ti­mo que iba a exis­tir en la mú­si­ca. A mis sie­te años, lle­gó el de Gran­des éxi­tos de Queen y, ju­gan­do, lo pu­se. Em­pe­za­ba con Rap­so­dia Bohe­mia. Me di cuen­ta de que eso era la mú­si­ca. Si aho­ra mi­do 1.50, ima­gí­na­te lo que era a los sie­te años… Era un gno­mo: me que­dé hip­no­ti­za­da fren­te al equi­po de mú­si­ca. Esa mú­si­ca te hi­zo vo­lar. Ima­gi­na­ción to­tal, siem­pre la tu­ve. Sa­bés que mis vie­jos siem­pre me di­cen que, lla­ma­ti­va­men­te, era muy ca­lla­da. Era muy ex­tro­ver­ti­da, pe­ro cuan­do ju­ga­ba, era co­mo que no es­ta­ba ahí. Di­cen que se aso­ma­ban al pa­tio de mi ca­sa y me veían sen­ta­da mi­ran­do fi­jo a un mu­ñe­co: ca­paz que yo lo es­ta­ba vien­do mo­ver­se y bai­lar, no sé. No es­ta­ba bien de la ca­be­za, pe­ro me acuer­do del mun­do in­te­rior que yo te­nía. No sé qué ima­gi­na­ba, pe­ro fue la mú­si­ca que me em­pe­zó a ha­cer ima­gi­nar to­do un mun­do de jue­gos. Mi­rá có­mo in­ter­ve­nían el jue­go, la ima­gi­na­ción y la crea­ción de per­so­na­jes. Ya es­ta­bas mon­tan­do un es­ce­na­rio. Es­ta co­sa ma­ra­vi­llo­sa que uno tie­ne cuan­do es chi­co. No­so­tros no te­nía­mos tan­tos ju­gue­tes: era im­po­si­ble que mis vie­jos me pu­die­ran com­prar la ca­sa de la Bar­bie, por ejem­plo. Y me im­por­ta­ba un ca­ra­jo. Con mi her­ma­na, ar­má­ba­mos con li­bros y con los CDs, la ca­sa de la mu­ñe­ca y pa­ra mi ima­gi­na­ción eso era una man­sión. ¿Tu­vis­te pro­fe­so­res o fue­ron los di­rec­to­res los que se con­vir­tie­ron en pro­fe­so­res? Sí, los mis­mos di­rec­to­res y mis com­pa­ñe­ros. Las bru­jas de Sa­lem la hi­ce con Ri­ta Cor­te­se y Ju­lia Cal­vo, que es una ac­triz que ad­mi­ro mu­cho. Tam­bién con Juan Gil Na­va­rro, que tie­ne mu­cha pre­sen­cia tea­tral. Y Roberto Car­nag­hi. To­dos ac­to­res que me ti­ra­ban una y la aga­rra­ba. Era bue­ní­si­mo. Ca­da vez que es­ta­ba por sa­lir a es­ce­na y te­nía una du­da, me acer­ca­ba y le pre­gun­ta­ba a Ri­ta y ella me de­cía: “Pro­bá es­to”. Fue­ron mis pro­fe­so­res, ge­ne­ro­sa­men­te, co­mo com­pa­ñe­ros. ¿Es­ta­bas en pa­re­ja en­ton­ces? Es­tu­ve siem­pre de no­via. ¡Una bo­lu­da! ¿ En la nur­sery del hos­pi­tal tam­bién?

“Con mi pa­re­ja an­te­rior ( M. Mar­tí­nez), me sen­tí un adul­to por pri­me­ra vez. Y apren­dí al­go: ya no soy la sal­va­do­ra de na­die.” ...

Con el be­bé de al la­do, des­de ya. En se­rio: siem­pre fui muy no­vie­ra. Me pu­se de no­via a los 14 y es­tu­ve 4 años con Pe­ter Lan­za­ni, quien fue mi pri­mer no­vio has­ta mis 18. Des­pués es­tu­ve cin­co años con otro no­vio. Y des­pués es­tu­ve un año con otro. Y así. Sos es­ta­ble en tus re­la­cio­nes. Sí, ar­mo re­la­cio­nes de apren­di­za­je: le doy tiem­po a esas co­sas. No me abu­rro. ¿Acep­ta­ban tus pa­re­jas que for­ma­ras par­te del es­pec­tácu­lo? ¡Y si eran ac­to­res! Yo soy muy pe­lo­tu­da, ¿no te di­go? Mis pri­me­ros tres no­vios eran ac­to­res (Lan­za­ni, Ben­ja­mín Ama­deo, Ma­riano Mar­tí­nez). El ac­tual, San­tia­go Mo­co­rrea (34 años, pro­duc­tor), se de­di­ca a otra co­sa, por suer­te. Nun­ca ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do la si­tua­ción de que en una mis­ma char­la pu­dié­ra­mos de­jar de ha­blar de mí pa­ra ha­blar del tra­ba­jo del otro. Eso es es­pec­ta­cu­lar. ¿Es­tás muy preo­cu­pa­da con la ima­gen que vas a dar? Te men­ti­ría si te di­je­ra que no. Pe­ro tam­po­co es en lo pri­me­ro que pien­so. Hay una co­sa muy ge­nui­na, que es lo que hoy me ha­ce ge­ne­rar em­pa­tía con al­guien, por­que no ten­go tra­bas a la ho­ra de ha­blar con na­die. De ver­dad, aho­ra te es­toy di­cien­do lo que pien­so. Si va­mos a lo ar­tís­ti­co, es una es­tu­pi­dez pen­sar que só­lo me si­guen por­que bai­lo y can­to bien o mal. Hay otra cues­tión. Pe­ro siem­pre me pa­ré de una ma­ne­ra muy na­tu­ral: nun­ca me im­pu­se có­mo que­ría que me vie­ran los de­más. Ten­go un dis­co que se lla­ma SOY. No es un tí­tu­lo al azar, no lo pu­se por­que sí. Soy muy ver­da­de­ra en un mun­do de plás­ti­co. Los no­vios se ter­mi­na­ron a lo lar­go de los años. ¿Fue­ron ex­pe­rien­cias lin­das en ge­ne­ral? Fue­ron muy lin­das y apren­dí. En mi úl­ti­ma re­la­ción, an­tes de la ac­tual (con Ma­riano Mar­tí­nez), me sen­tí un adul­to por pri­me­ra vez en una pa­re­ja… No es un de­ta­lle me­nor. Y apren­dí al­go: ya no soy la sal­va­do­ra de na­die. Es­ta si­tua­ción de ser la sal­va­do­ra, que se me hi­zo cos­tum­bre, des­de que ayu­do en mi ca­sa, ayu­do a mis her­ma­nos… En­tre­go, ten­go gen­te a la que le voy a dar to­do. Yo soy pro­vee­do­ra, pe­ro no re­ci­bo. En eso hay que te­ner cui­da­do. Cla­ro, a eso iba. Sí re­ci­bo de mi fa­mi­lia y de mis se­res. Pe­ro de un no­vio, o de una re­la­ción nue­va, no… Me di cuen­ta de que yo en esa re­la­ción me­re­cía re­ci­bir. Es­tu­vo bue­ní­si­mo, por­que la pa­sé bien, pe­ro se me hi­zo muy flúo lo que yo es­ta­ba apren­dien­do y ne­ce­si­ta­ba apren­der pa­ra la pró­xi­ma. ¿Qué sen­tís cuan­do ju­gás con tu so­brino San­tino? El es lo más pu­ro. Un ni­ño que lle­ga y le chu­pa un hue­vo lo que vos ha­cés. Pa­ra él soy “su tía que can­ta”. Cuan­do es­ta­mos en una reunión fa­mi­liar, vie­ne y me di­ce: “¿Va­mos a ju­gar?” Con sus cin­co años, me da esa pu­re­za de pi­sar el pas­to. Vos le di­rías: “Gra­cias, San­tino. Qué lin­do có­mo me des­vis­to de lo que no soy”. Cla­ro, es al pri­me­ro que abra­zo cuan­do ba­jo del es­ce­na­rio. Me di­ce: “Hoy no me gus­ta­ron las lu­ces, fal­tó el vio­le­ta”, y ya te es­tá ha­blan­do de otra co­sa. ¿Vos sa­bés pa­ra qué se cie­rra el te­lón y se des­pi­den los ar­tis­tas en el tea­tro? Cuan­do un ar­tis­ta se in­vo­lu­cra­ba en el per­so­na­je, el pe­li­gro era que que­da­ra atra­pa­do. El có­di­go es que cuan­do te aplau­do, los dos sa­be­mos que ya no sos más el per­so­na­je… Que

sos Lali Es­pó­si­to. San­tino aho­rra to­do es­te tiem­po con ese abra­zo. To­tal. No soy ma­dre, pe­ro es lo más cer­cano al amor más pu­ro. Pe­ro de­seos de ser ma­dre hay por ahí, ¿o no? Sí, sí. Cuan­do me sa­lu­das­te, me di­jis­te que sos un wor­kaho­lic. Yo soy igual, al me­nos has­ta mis 25 años, pe­ro me lo per­mi­to y no me pe­leo con eso. Quie­ro ha­cer un mon­tón de co­sas, ser egoís­ta en mi tra­ba­jo, to­do pa­ra que cuan­do sea gran­de no ten­ga que arras­trar a un hi­jo a mis si­tua­cio­nes pro­fe­sio­na­les. Te­nés mie­do de no po­der de­di­car­te a to­do lo que qui­sie­ras. Cla­ro, y no creo que es­té bueno: lo veo en tan­ta gen­te... ¿Tu­vis­te si­tua­cio­nes do­lo­ro­sas o di­fí­ci­les? No sé si do­lo­ro­sas, por­que la ver­dad que no… Fue de apren­di­za­je. Tam­bién fue a mis 18 años. En to­do es­te pro­ce­so en lo pro­fe­sio­nal, tam­bién hu­bo un pro­ce­so en lo fa­mi­liar: de­jé de ver a mis vie­jos co­mo esos se­res per­fec­tos e in­to­ca­bles. Los vi co­mo ti­pos con erro­res y con qui- lom­bos. Los hu­ma­ni­cé, y esa si­tua­ción fue de mu­cho shock. De he­cho yo des­cu­bro a mi vie­ja a esa edad, y eso que tu­ve una in­fan­cia muy pe­ga­da a ella. Siem­pre ha­bía pues­to a mi pa­pá en un lu­gar de que to­do lo que de­cía era co­mo él de­cía y pun­to. Pe­ro un día me di cuen­ta de que mi pa­pá es un ti­po con el que no coin­ci­do en to­do. Y con mi vie­ja pa­sa­ba lo mis­mo. Hoy ya no, pe­ro ese mo­men­to fue de mu­cha con­fron­ta­ción con ellos. Tam­bién tie­ne que ver con que yo es­ta­ba sa­lien­do de una es­truc­tu­ra ce­rra­da. ¿Y qué per­so­na­jes ad­mi­rás? Hay una ar­tis­ta que pa­ra mí y pa­ra el mun­do es una bes­tia. Ad­mi­ro su ca­pa­ci­dad por­que no só­lo es bue­na ar­tis­ta en lo téc­ni­co, sino que es una gran pro­duc­to­ra de sí mis­ma. En una es­ca­la mu­cho me­nor, yo tam­bién lo soy. Es­toy ha­blan­do de Be­yon­cé: di­ri­ge sus DVDs, ar­ma la par­te téc­ni­ca de sus shows, es­tá en los arre­glos mu­si­ca­les. To­do. Es co­mo tu Queen pa­ra los 25 años. Así es. Lo mis­mo me pa­sa­ba con Mi­chael Jack­son: a mis 13 lo des­cu­brí y me di cuen­ta de que era un mons­truo. Lo que me pa­sa con es­tos per­so­na­jes es lo icó­ni­co. Si me pre­gun­tás qué qui­sie­ra ser yo, es con­ver­tir­me en ícono: no to­dos lo son y me­nos en es­ta ac­tua­li­dad, en don­de to­dos nos que­re­mos pa­re­cer a to­dos. ¿Sos una per­so­na de dis­fru­tar y de go­zar de los pla­ce­res? To­tal: me en­can­ta mor­far, me en­can­ta

“Soy blan­co o ne­gro: en­se­gui­da sé si me caés bien o mal.” ...

co­ger, me en­can­ta to­do. Con los años se van in­ten­si­fi­can­do esas co­sas. (Ri­sas) Co­mo me en­can­ta lo pla­cen­te­ro, cuan­do no me en­cuen­tro en ese lu­gar, me sien­to in­có­mo­da. Ya sé que sos exi­gen­te con vos mis­ma, ¿pe­ro tam­bién lo sos con los de­más? Creo que no. Si me re­fie­ro al tra­ba­jo, sí. En la vi­da me cues­ta exi­gir­le al otro que me en­tre­gue al­go. Ade­más de per­der la iden­ti­dad, ¿qué mie­dos te­nés? Si ten­go que con­tes­tar al­go, te res­pon­do eso. Me ate­rra la men­ti­ra. Sen­tir­me ro­dea­da por la men­ti­ra, eso me da mie­do. Cuan­do es­toy con gen­te de au­ra men­ti­ro­sa, en la si­tua­ción que sea, no me ha­llo. Me da mie­do per­der lo sen­si­ti­vo, lo ins­tin­ti­vo. No siem­pre su­ce­de, pe­ro a ve­ces me pa­sa que sa­lu­do a al­guien, y ahí sien­to al­go fí­si­co, al­go que me de­ter­mi­na en­se­gui­da qué sien­to so­bre esa per­so­na. Se me ha­ce muy flui­da la ener­gía de la gen­te si va con mi ener­gía. Pe­ro si no, pier­do mi la­do in­tui­ti­vo. Qué im­por­tan­te la iden­ti­dad y la in­tui­ción en vos. ¿Hay al­gún pro­yec­to que es­tés ges­tan­do? Sí. Hay un dis­co nue­vo que es­toy em­pe­zan­do. Yo es­cri­bo las can­cio­nes y de pron­to, es­toy en ca­sa y me an­gus­tio y me pon­go a llo­rar. Des­pués me río… Lo mío es bi­po­lar. El inevi­ta­ble caos crea­ti­vo. To­tal. Y es­toy en la pre­via a una pe­lí­cu­la, que me abor­da en una si­tua­ción muy ra­ra: es un dra­món… Se tra­ta de una chi­ca de 20 acu­sa­da del ase­si­na­to de su me­jor ami­ga. Más allá de con­tar el ca­so, es co­mo si la cá­ma­ra fue­ran los ojos de ella. Qué lin­do me­ter­se, cuan­do uno crea un per­so­na­je, y res­ca­tar las am­bi­va­len­cias, la com­ple­ji­dad y lo iné­di­to en el otro. Cla­ro. Al­go que me pa­sa en la crea­ción de es­te per­so­na­je es que va muy en contra de lo que soy yo: tie­ne gri­ses. Yo, en cam­bio, soy blan­co o ne­gro. Te veo y en­se­gui­da sé si me caes bien o mal. Es­te per­so­na­je es­tá lleno de gri­ses, por­que es­tá en un lim­bo emo­cio­nal de aqué­llos. Te pue­de lle­gar a ha­cer un bien com­po­ner es­te per­so­na­je, y ju­gar a los gri­ses des­de allí. Sí, yo creo que ya me es­tá ayu­dan­do.

EMPATIA Lali y el Dr. Abadi, en ple­na char­la: coin­ci­die­ron en que eran “wor­kaho­lics”.

LA ES­TRE­LLA POP

En 2014, Lali arran­có su ca­rre­ra co­mo can­tau­to­ra con su dis­co A bai­lar, gra­ba­do de ma­ne­ra in­de­pen­dien­te. Has­ta que lle­gó la mul­ti­na­cio­nal Sony Ar­gen­ti­na dos años des­pués, con la cual edi­tó Soy, su ál­bum de pop la­tino (con mu­cha in­fluen­cia del soul es­ta­dou­ni­den­se ac­tual) más he­cho “en car­ne vi­va”, co­mo di­ce. En no­viem­bre, mien­tras gra­ba su ter­cer dis­co, el 3 y el 10 ha­rá dos Lu­na Parks ba­jo el nom­bre Lali en vi­vo.

CA­RIS­MA Y SON­RI­SA

En 2003, Ma­ria­na Es­pó­si­to (Lali) de­bu­tó co­mo ac­triz en la te­le­no­ve­la Rin­cón de luz, de la fac­to­ría de Cris Mo­re­na. Tras Flo­ri­cien­ta y an­tes de Ca­si án­ge­les, la ni­ña Lali bri­lló en la re­ma­ke de Chi­qui­ti­tas en 2006 (foto), pro­ta­go­ni­za­da por Josefina Aruz­zi. Re­cién en 2015, con Es­pe­ran­za mía, arran­có su ca­rre­ra co­mo ac­triz adul­ta.

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