Clarín - Viva

JUAN MINUJIN, EL ACTOR DEL MOMENTO

El actor éxito. Creció en el exilio, trabajó por monedas en la calle, estudió mucho. La notoriedad le llegó después de los 40. “Es una mezcla de suerte y trabajo”, dice.

- POR SILVINA DEMARE

Abre los ojos a las seis y media de la mañana, solo, sin despertado­r. Levanta a sus dos hijas, de 12 y 9 años, y les hace el desayuno. Todos los días prepara algo distinto: panqueques de avena, tostadas, yogur con miel. Las lleva al colegio y sigue viaje en su auto camino a grabar 100 días para enamorarse, la tira que protagoniz­a en Telefe.

Juan Minujín disfruta de esa rutina mañanera que le permite mimar a Carmela y Amanda, mientras su mujer, Laura, psicóloga, duerme un poco más: claro, ella tomará la posta con la nenas a la tarde. La crianza está repartida.

Así entiende la convivenci­a este hombre, de 43 años, que poco tiene que ver con Gastón, el abogado algo machista que interpreta en la ficción televisiva. “Yo quiero la igualdad entre el hombre y la mujer. Creo que cuanto más igualitari­a sea la sociedad en que vivimos, más felices vamos a ser todos”, suelta de primera, y sonríe.

Es un miércoles al mediodía, fresco, y Minujín está sentado en una de las mesas del bar del estudio donde se graba la telenovela, en Martínez. Se lo nota de buen humor y tiene tiempo para charlar, aunque todavía le falta hacer una escena. Habla tranquilo, con buen tono y sin apuro. Cuenta que está muy contento de volver a trabajar con Carla Peterson, su mujer en la ficción, porque tienen “la misma idea de humor y actuación”. Ellos son la pareja motor de la tira: un matrimonio que decide tomarse una licencia de cien días para probar “nuevas experienci­as” al margen de lo conyugal.

En la vida real, Minujín lleva 15 años de casado con Laura (21 de convivenci­a en total). A diferencia de su personaje, nunca se separó de su mujer. “Creo que en los matrimonio­s de largo aliento y que funcionan bien van existiendo estos microparén­tesis en los que se abren espacios personales. No es que uno tenga que romper, cortar o separarse. En la tira, tratamos de encarar el tema desde el lado de la comedia. Igual, no hay parámetros culturales de una separación intermedia”, opina.

Minujín disfruta mucho de interpreta­r a Gastón, un hombre que, por ejem- plo, vive como un drama que su hijo no sepa jugar al fútbol y no meta goles. El está lejos de eso. Como también del piropeador empedernid­o.

“Nunca me gustó el piropo hacia una mujer. No me parece que nadie tenga que opinar sobre el cuerpo del otro, ni una mujer ni un hombre; o decir si está muy flaca o mal vestida. Las mujeres están muy exigidas y empujadas a ser delgadas, a tener las tetas grandes o el culo parado, por ejemplo. Es una presión espantosa”, asegura.

Minujín se muestra como un varón del siglo XXI y apoya la lucha feminista de estos tiempos. “Saltamos de alegría en el motorhome cuando salió la media sanción por la legalizaci­ón del aborto, festejamos todos –cuenta–. Me podés llamar como quieras, pero todo el movimiento feminista me parece impresiona­nte. Veo con mucha alegría estos avances que nos están cambiando la mirada a todos, que nos la reeducan. Estamos atravesado­s por un sistema patriarcal, machista, con costumbres que tienen que ver con eso. Nos criamos dentro de él”.

Acento mexicano. Juan Minujín nació en 1975, en el barrio de Flores. Al año siguiente, como consecuenc­ia del golpe militar, su familia se tuvo que exiliar. Sus padres, Aída Quintana –socióloga– y Alberto –matemático–, se habían conocido trabajando en el INDEC y eran militantes peronistas desde sus años de Facultad. “Estuvieron perseguido­s, por eso nos fuimos. Primero, vivimos un tiempo en Cambridge, Inglaterra, porque papá había conseguido una beca allá. La pasaban bien, pero no dejaba de ser un exilio, un escape. Después nos mudamos a México”, repasa.

Se instalaron en un departamen­to de la Villa Olímpica del Distrito Federal, un barrio construido para los Juegos de México de 1968. Fue al colegio Emilio Abreu Gómez, desde el jardín de infantes hasta tercer grado. “Tuve una infancia muy feliz, obviamente agridulce porque había toda una comunidad obligada al exilio, echada de su país. Pero los pibes estábamos bastante salvaguard­ados”, recuerda.

Ya de chiquito, Minujín tenía swing. Era un gran imitador de Michael Jackson y no se achicaba a la hora de bailar los pasitos del astro pop en temas como Billy Jean o Thriller. “Me salía excelente. Era muy buen bailarín de break dance”, se jacta. En su casa se escuchaba jazz, Serrat y Los Beatles. Se leía poesía y se admiraba la pintura, lo que es casi un legado de familia ya que Marta Minujín es la hermana de su padre. “Me llevaban a museos, al teatro, al cine. Veía las películas de Chaplin y las de Buster Keaton. Había algo cultural muy fuerte en mi infancia”, recuerda.

Con la llegada de la democracia, en 1983, la familia Minujín regresó al país. Se mudaron a Palermo. Sus padres se separaron y Juan, con tan solo 8 años, tuvo que resetearse y adaptarse a una nueva realidad: “Yo hablaba con acento mexicano. Una maestra argentina me dio clases particular­es antes de volver para que aprendiera a escribir en cursiva porque en México sólo se usa la imprenta. Hasta me tuve que aprender el himno.”

Un flash que despertó la vocación.

Nunca decidió ser actor, se fue dando. En la adolescenc­ia, la mamá lo llevó a ver Postales argentinas, obra que dirigía Ricardo Bartís y en la que trabajaba

“UN DIA ME DISFRACE DE ESTATUA VIVIENTE EN LONDRES Y MI PAPA PUSO LAS PRIMERAS MON EDITAS. ME DIO EL EMPUJON INICIAL.” ...

Pompeyo Audivert. Quedó subyugado: “Percibí algo mío en el trabajo de Pompeyo. Volví a ver la obra varias veces. Tenía 15 años y le dije a mi mamá: ‘ Yo quiero estudiar teatro con este director o con este actor’”.

Su madre llamó a Bartís. El no daba clases para adolescent­es, pero le recomendó a Cristina Banegas. “Fui solito a la primera clase –recuerda–. En un momento, Cristina pidió un ejercicio grupal: ‘Dense la mano, abrácense’. Yo estaba en un rincón, medio tímido, cuando de repente vino uno y me dio un súper abrazo. Algo me gustó de esa situación. Estuve cuatro años en lo de Cristina, ella me formó y me inculcó el amor por el teatro.”

Al tiempo, motivado por sus padres, Juan decidió viajar a Londres para estudiar en la École Philippe Gaulier, de un gran profesor francés que estaba instalado en Inglaterra. Viajó solo, justo tres días después de la muerte de Lady Di. La ciudad era un luto, todo estaba cerrado. Alquiló un departamen­to. Quería trabajar, pero tenía sólo la visa de estudiante. Entonces, siguiendo los pasos de un amigo, decidió probar suerte como ar- tista callejero. Y le fue bastante bien.

“Aproveché que mi papá había venido a visitarme esas primeras semanas y le pedí que me acompañara a Covent Garden, uno de los barrios más lindos de Londres, con puestos de artesanos, tiendas y turismo. Nos sentamos en un bar, yo me vestí de blanco en el baño y me maquillé. Salí a la vereda y puse la canastita. Hice de estatua viviente. Mi viejo se quedó mirándome, me puso las primeras moneditas y me dio la mano. Yo, en silencio. Me saludó y se fue con su valija rumbo al aeropuerto de Heathrow porque volvía a los Estados Unidos, donde vive. Él me dio el empujón inicial, digamos. Después lo llamé enloquecid­o porque había ganado 40 libras en una hora. Estaba feliz”, dice hoy el actor con emoción.

No tardó demasiado en conocer la otra cara de la calle: “No es fácil, Londres está llena de artistas callejeros. Yo iba en horarios marginales; nunca a la tarde o noche, que es cuando están los faquíres, unos violinista­s chinos, los magos, los que más laburan. Quizá te viene un borracho o algún pesado y te hace una cargada. Nunca viví una situación de pe- lea, pero más allá de que aprendí mucho, la calle es árida. Después me contrataro­n para hacer eventos. Hice un Bar Mitzvah en el Barbican Center; otro, en una disco una noche. Y me mudé mil veces. Alquilaba con dos daneses. Estuve un año y medio en total”.

De vuelta en Buenos Aires, Minujín armó un dúo de clown con Marcelo Subiotto que se llamaba Los hermanos Perham: eran unos húngaros que contaban historias raras. “Armamos una obra que se llama Edipo, rey de Hungría. Hacíamos la obra en escuelas y de ahí nos llamaron para actuar en el Cervantes. Fue la primera vez que laburé como actor y cobré un sueldo”, subraya.

En paralelo, iba a audiciones y hacía publicidad­es. Se enteró que El descueve estaba buscando un invitado para trabajar con ellos: “Como bailaba bien y tenía mucho entrenamie­nto físico, fui. Hice una audición y quedé. Fueron ocho años juntos y me formaron mucho”.

Después llegó el salto comercial de la mano de Adrián Suar: filmó Dos más dos con el Chueco, Peterson y Julieta Díaz. Siguió con Tiempos compulsivo­s y la tira Solamente vos, con Natalia Oreiro. Más

tarde se unió a Undergroun­d, la productora de Sebastián Ortega: sorprendió haciendo de gay en Viudas e hijos de Rock and Roll y brilló encarnando a un policía infiltrado en una cárcel en la primera temporada de El marginal.

Lejos de los escándalos y con perfil bajísimo, Minujín se luce tanto en una comedia familiar como en una serie de clima sórdido. Se convirtió en uno de los actores del momento. “No me veo distinto, cada uno tiene su recorrido. La mayor parte de mi carrera la hice sin ser famoso ni popular. Después se dio una conjunción de cosas: suerte, trabajo, el que me guste estudiar”, apunta.

100 días para enamorarse es, hoy, la ficción más vista de la televisión abierta con un promedio diario de 16 puntos de rating, lo que pone a Minujín en un sitio de especial notoriedad. “No me enrosco mucho con la fama ni la padezco, pero es el aspecto que menos me interesa de mi trabajo. Lo que más me importa es la actuación. Obviamente que me importa el intercambi­o con el público –aclara–, pero siento que la fama está sobrevalor­ada. Se le da voz a cualquiera sólo por estar en la tele.” Y como espectador es cero fan: “Cuanto menos sé de la vida personal de un actor, más disfruto de su trabajo”.

Un chico se acerca a la mesa y le dice que es hora de volver a grabar. Lo sigo hasta el set de la tira, que está frente al bar. Minujín se mete en su camarín. Sale a los dos minutos en calzoncill­os y con una musculosa que deja sus bíceps al descubiert­o. La escena que debe rodar sucede en la casa del personaje de Luciano Castro, arriba de una cama de pilates. Ensayan el diálogo, mientras Minujín hace flexiones de remo. Graba y vuelve a su camarín. Se viste y regresamos al bar. Le pregunto por el escándalo entre Juan Darthés y Calu Rivero: si a partir de él cambiaron las formas a la hora de rodar escenas de sexo. Y responde: “No, yo lo sigo haciendo de la misma manera, a partir de un acuerdo con la compañera o el compañero. Si tengo que besar, tener una escena de sexo o dar un cachetazo, converso la manera con la otra persona. Es un juego en el que establecés las reglas para jugar. No me pasó que nadie se sintiera incómodo”.

Pero sí hay más cuidado a la hora de reírse: “Te puedo decir que los chistes que se hacían en un set de filmación o en

un piso de la tele, que suele ser un lugar muy machista, cambiaron. Las bromas que se hacen hoy no son las que se hacían hace tres años. Realmente hay otro nivel de conciencia y de respeto. Lógicament­e hay un momento para el humor, pero ya no del que sirve para perpetuar los prejuicios, el destrato, el desprecio y la desvaloriz­ación de la mujer”.

El futuro y la terapia. Minujín adelanta que está preparando su segunda película como director y actor: Los comisarios. El guión es de su hermano, Facundo Agrelo, con quien también escribió Vaquero, su ópera prima. Actualment­e se lo puede ver en El amor menos pensado, que protagoniz­an Mercedes Morán y Ricardo Darín.

Rutinario, siempre merienda un yogur de vainilla y un café con leche, y hace las cuatro comidas. “Después quizás me descontrol­o con los dulces: corto por la mitad un alfajor y le agrego dulce de leche. Eso me encanta”, confía. Los fines de semana, cuando puede, cocina pastas. También le gusta pintar. “Yo dibujo mucho con mis hijas, agarramos libros de pintura, usamos hojas lindas, de arte. Es un momento de comunicaci­ón con ellas. Eso ayuda a que fluya más que la pregunta directa”, asegura. Con su mujer psicóloga, el diálogo es continuo: “Ella tiene una mirada muy interesant­e sobre las cosas. Hablamos mucho del trabajo, de los guiones, siempre aporta algo nuevo. La observació­n es parte del trabajo actoral y la mirada del psicoanáli­sis es interesant­e”, comenta.

“Me analizo desde hace mucho. El psicoanáli­sis opera sobre el inconscien­te. Los problemas más profundos no se resuelven con la voluntad. La angustia profunda que uno tiene ante la vida no me la resuelve la voluntad de decir: ‘Le voy a poner garra’. Ni la idea de ir al gimnasio, descargar una hora y ya. Para mí, no es lo mismo. Me hace bien hacer psicoanáli­sis”, admite. Igualmente, no siempre tiene dulces sueños: “Si estoy nervioso, duermo mal; si estoy angustiado, duermo mal. Soy anti medicación psiquiátri­ca: siento que la angustia hay que atravesarl­a, no doparla. Claro que también tengo muy buenas noches”. Y cierra, con una sonrisa.

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 ??  ?? SELFIE, EN INSTAGRAM Junto a su mujer y sus dos hijas, en mayo pasado, durante el festejo por sus 43 años.
SELFIE, EN INSTAGRAM Junto a su mujer y sus dos hijas, en mayo pasado, durante el festejo por sus 43 años.
 ??  ?? EL MARGINAL Minujín interpretó a un policía infiltrado en una cárcel. Exitazo en 2016.
EL MARGINAL Minujín interpretó a un policía infiltrado en una cárcel. Exitazo en 2016.
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100 DÍAS.... Minujín y Peterson en la ficción de Telefe, donde promedian los 16 puntos de rating diarios.
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En los estudios de Martínez, donde 100 días para enamorarse.

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