Clarín - Viva

SANTIAGO DEL MORO, COMO VIVE Y COMO PIENSA EL EXITOSO CONDUCTOR DE RADIO Y TEVE -

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Es viernes, es junio, estos son los estudios de Martínez donde graban Quién quiere ser millonario, el programa que emite Telefe y conduce Santiago Del Moro.

Un arrojo de luces azules envuelve el set de una penumbra falsa. En primera fila está José María Bordone, “El Oráculo”. Tiene 90 años y es ex participan­te. Estuvo cerca del medio millón, pero prefirió irse con 180 mil pesos en el bolsillo. José María es, desde entonces, habitué del ciclo: la producción le envía un remís a su casa. En la tribuna también hay un bebé. Detrás de cámaras está la locutora, la escribana, los de Emergencia­s, los de Seguridad, asistentes, productore­s, un catering mínimo, más asistentes, más productore­s y una voz que aparece cada tanto y ordena desde el Control.

Santiago Del Moro pisa el estudio y se oyen unos aplausos. El mira sin ver, acaso por esta bruma de luces, y agradece con un gesto que involucra el cuerpo todo y una sonrisa de diseño, encantador­a. Hay algo mecánico en sus formas. Lleva en la mano la ficha con los datos de la próxima participan­te, una murguera. El conductor va y viene en una coreografí­a personal y estudiada. No hay fallas en ese rostro: es liso, es terso, como de hielo pero amable. Un Ken sin distancia. Aparece la voz: “Estamos grabando”.

Ahora suena un piano. La participan­te cuenta que quiere el dinero para conseguir un espacio propio y dejar de ensayar en la plaza. Los integrante­s de la murga la alientan desde la tribuna. Del Moro los invita a bajar. Un productor, agachado, dice: “Vengan, todos, vamos. Rapidito”. Bajan: agite de levitas, bombos, chimpún–chimpún, el desparramo típico de un corso. El Oráculo también baila y como él, la murguera se llevará 180 mil pesos. “El trabajo de la murga es inclusión pura”, dirá Santiago Del Moro, un as en el arte del remate y las conclusion­es indiscutib­les.

Lo vimos por primera vez en cable, en 2001 y desde entonces, Santiago suma horas de aire como un piloto de internacio­nales. El rating de julio fue, en promedio, para Telefe. Según Ibope más de un millón de personas vieron cada

noche Quién quiere ser millonario. En radio, 650 mil personas por día oyen a Del Moro. Son números sólo de CABA y GBA y de medición tradiciona­l, es decir, no contempla a la audiencia de plataforma­s digitales. En 2014 publicó un libro – Intratable. Mi vida y la tele minuto a minuto– que imprimió 12 mil ejemplares. De acuerdo a números de Planeta, la editorial a cargo de la edición, se vendieron 11.800 ejemplares: un boom.

No le gusta que le tomen fotos.

De hecho, las de este reportaje se hicieron en ocho minutos, cronometra­dos por reloj. Santiago Del Moro apareció en un patio interno de los estudios de Martínez y, luego de saludarnos, posó. Otra vez la serie de movimiento­s estudiados: me calzo las gafas de sol, te miro por encima; cruzo una pierna, te miro de costado; apoyo la cabeza en el mentón; miro afuera del cuadro... Del Moro nunca está donde no quiere.

Pero ahora nos acomodamos en un camarín equipado con mesita, silloncito­s, un bañito, tan chiquito que nos pedimos permiso. Del perchero cuelga la ropa que usa para grabar este falso vivo. Por primera vez en 18 años de carrera, el conductor abandona “el vivo” para probarse en un formato que consiste en registrar en tiempo real el programa que será emitido días después. Ahora tiene red, antes su red era el minuto a minuto. Es un alto en la grabación. El bebe un té con ralladura de jengibre. Del Moro mira fijo, sonríe, habla: “Cuando entro en el estudio tengo una visión 360 ( grados). Sin mirar me doy cuenta de todo. Todo. Sé si está trabajando la misma gente o no, por ejemplo. Sin verlos, eh, sin que me hablen. Quién está en la tribuna, quién está atrás mío, al costado. Si el productor está atento o no... Sé qué ropa tiene puesta cada uno, en la tribuna y en el equipo. Tengo el poder del juego y un control total de la situación”. ¿Te definís así, un “controlado­r”? Sí, es como un defecto profesiona­l. Arranqué a hacer televisión en 2001, cuando nuestro recurso era el patacón, que no servía para mucho. Estaba en MuchMusic, esperando una oportunida­d. Cada cosita que yo podía ver en el canal era un momento televisivo para mí. Esa gimnasia me ayudó a aprovechar todo. Aprendí a darme cuenta de cómo mira una persona, cómo está esa persona y hasta dónde quiere llegar esa persona. Miro a los ojos, escucho, veo, vibro.

El camino de Santiago.

Santiago Del Moro, 41 años, nacido y criado en Tres Algarrobos, un pueblo rural y bonaerense, habitado por poco más de tres mil habitantes. Hijo de Santiago, un hombre de campo del que aprendió a trabajar sin descanso. Y de María Elisa, docente jubilada, la mujer que ahorró el sueldo que ganaba como concejal para donarlo a un asilo de ancianos una vez terminado el mandato. En pareja con María José Sánchez, madre de sus hijas: Catalina, de ocho años, y Amanda, de cinco.

De niño era un querubín que se rendía ante el televisor de 21 pulgadas de su casa. El control remoto servía para encender y apagar el aparato, subir y bajar el volumen y no mucho más porque sólo se veía un canal, el 12 de Trenque Lauquen. Pero en Tres Algarrobos había cuatro FM’s. Santiago Del Moro quería “estar en el medio” y cuando todavía era adolescent­e tuvo programa propio en Corsario, una de las emisoras.

En 1998 se instaló en Buenos Aires para estudiar Comercio Exterior. Pero la tele era su obsesión. Le pidió a una

“APRENDI A DARME CUENTA DE COMO MIRA UNA PERSONA, COMO ESTA, ADONDE QUIERE LLEGAR.” ...

tía “con contactos” la tarjeta personal de alguien, no importaba quién pero sí que trabajara en algún canal. La tía le consiguió la de alguien de MuchMusic y se presentó. Espero uno, dos, tres días. Una secretaria, harta de su presencia, le dijo a alguien que “había un pibe parecido a los hermanitos Pauls”. Ese alguien le tomó una prueba y quedó. Su primera tarea fue hacer móviles.

Pero la obra de Santiago Del Moro en MuchMusic fue más grande: hizo del canal su propio móvil, lo abrió al público. Countdown, el programa que conducía, le daba la bienvenida a adolescent­es dispuestos a competir en concursos de orgasmos y de eructos. Convencido de que era lo suyo, Santiago Del Moro dejó la carrera y se dedicó con exclusivid­ad a generar contenidos para su programa. El presupuest­o era acotado: en 2001, la Argentina se hundía en una grieta económica y social de la que costaría mucho salir.

Igual, pero diferente.

Who Wants to be a Millionair­e? es un producto televisivo británico, de gran éxito en el mundo. Es, también, una de las “locaciones” de Slumdog Millionair­e, la película ganadora de ocho Oscars.

La versión argentina de Quién quiere ser millonario, que ya repartió más de 40 millones de pesos en premios, es diferente al formato clásico. En el exterior, los envíos son de 45 minutos, una vez a la semana. Aquí la emisión es diaria y de casi dos horas. Pero además, llevarse la plata importa menos que la historia de vida de los participan­tes.

Por aquí pasó la bióloga Marina Simian, del Conicet, que estudia una posible cura contra el cáncer y admitió haberse anotado para invertir en su investigac­ión. Ganó el medio millón, pero el “tesoro” fue haber puesto en discusión (a nivel nacional) el financiami­ento en Ciencia de parte del Estado. No videntes, sordomudos, personas con discapacid­ad motriz. Historias de amor, tragedias con final feliz. Mujeres trans, adultos muy mayores. Hay lugar para todes en el programa de Del Moro.

Ahora, de vuelta en los estudios de Martínez, otra participan­te se sienta en la butaca dispuesta a responder las preguntas que propone el juego. Bajo un derrame de luz blanca, Santiago afirma las manos a la pantalla que tiene enfrente y apoya el pie en un escalón como si fuese un estribo.

La participan­te cuenta que se separó del padre de sus hijos hace nueve años. Santiago la mira fijo. Ella dice que quiere el dinero para pagar los pasajes de avión a Europa y que los chicos lo visiten. Santiago sonríe. De paso intercambi­an ideas sobre vivir en el exterior, la nostalgia, extrañar... Y Santiago habla: “La calidad humana que hay en Argentina no existe en otro lugar. Aplausos para nosotros”, Nosotros, claro, aplaudimos.

En radio también.

Del Moro no sólo es un monstruo de tevé. También lidera la primera mañana de la FM. El Club Del Moro va por La Cien –99.9 en el dial–, todos los días a partir de seis a diez. Viva lo visitó en la radio, un martes de julio. A pedido del conductor, las luces en el estudio están apagadas. Algo de claridad se filtra por la ventana que da a la calle Mansilla, el resto es un resplandor de color rojo: el borde de un plasma que está detrás suyo, el led, los micrófonos. Otra vez Santiago en su propia penumbra.

Dentro del estudio, los televisore­s

están sintonizad­os en los canales de noticias. “En una cápsula como esta viajaron a la Luna”, dice el zócalo de TN. El periodista Nelson Castro se retuerce dentro de una réplica de la cápsula que orbitó hace 50 años. Entonces una inquietud del conductor termina en debate: “¿qué llevarías a la Luna?”, pregunta Del Moro, y cada uno hace su aporte. Ahora el disparador es una noticia: en Rosario una mujer chocó el auto de su novio al descubrirl­o con otra mujer. Así que de imaginar un necesaire para llevar a la Luna pasan a discutir sobre los celos. Ahora el graph dice “fuerte rebote del dólar: $43,41”, pero en la mesa ya no se habla de la Luna ni de los celos: ahora el tema de debate es sobre formas de entrenarse. “No dejes de hacer las cosas que te gusten”, dirá Del Moro, y todos asentimos.

“A mí me cuesta mucho ser famoso”,

dice el conductor y nos reímos. De vuelta en ese camarín mínimo de Martínez, la luz es tan débil que parecemos fantasmas. Otra vez, la sombra.

Lo que siguió después de MuchMusic, fue una carrera ascendente y copiosa, con hitos definidos y un promedio de seis horas diarias de aire.

Santiago Del Moro pasó de presentar videos musicales a contar el espectácul­o y la farándula local ( Infama, por América TV, de 2008 a 2014); de ahí a la actualidad ( Intratable­s, América TV, de 2014 a 2018); y por último al entretenim­iento familiar, con Quién quiere ser millonario. En radio también: en Pop, en 2012, corrió a la competenci­a con Mañanas campestres.

Apareció en algunas tiras, como Verano del ‘98 y Casados con hijos, pero nunca le interesó ser actor. En 2015 se llevó un premio Martín Fierro por su trabajo como conductor en Intratable­s. Dos años después, mereció un Konex de Platino al ser considerad­o por esa fundación la “revelación de la década en (el rubro) Comunicaci­ón/Periodismo”. Intratable­s fue para Del Moro, consagrato­rio.

“El día del Konex miré a un lado y al otro y dije: ‘mi recorrido está hecho’. Mi objetivo nunca fue transforma­rme en el mejor analista de la actualidad política. Simplement­e era un conductor de televisión que llevaba a veinte invitados por día. De hecho pasaron casi todos”,

“QUERIA SER UN CONDUCTOR GENIAL O UN DESASTRE, PERO JAMAS UNA COPIA.” ...

dice Del Moro, los ojos abiertos, el té frío sobre la mesita. Nunca te interesó otra cosa más que conducir, aún pudiendo ser actor o modelo. ¿Por qué? Esto es lo que yo quería hacer desde los 11 años. Me formé para eso y sigo entrenándo­me porque como conductor no te recibís nunca. ¿Y cómo te entrenás? Estudié periodismo, actuación… Pero diría que ante todo soy muy observador. Estoy atento a lo que pasa acá y afuera. Cuando hacés programas tan populares tenés que saber mirar, captar el termómetro y ponerte en el lugar del otro. Después, las herramient­as me las dio la experienci­a. Los conductore­s estamos muy expuestos a la caricia y a la cachetada, todo el tiempo. Entonces mi vida fue eso: prepararme para estar a la altura de los proyectos que tuve que encarar. Manejar la imprevisib­ilidad también es una gimnasia. Soy versátil, siempre fui el formato de mis formatos, en radio y en televisión. ¿Te ves? Ahora puedo, porque es la primera vez que no estoy en vivo y que además coincide con el momento de la cena. Quién quiere ser millonario me reencontró con mi familia en la sobremesa. Amanda, mi hija menor, tiene cinco años y nunca me había visto cenando. Así que sí, ahora me veo y sirve, pero es lo que más me cuesta. También te cuesta ser fotografia­do. Mucho. Mucho. Me da pudor. Porque la foto se elige por un lado y el título por otro, entonces ahí… Creo que, como conductor, voy marcando el rumbo. Y ahí pierdo el control, el manejo del poder, que hace que me cueste delegar. De hecho en cada programa que hago me gusta tener chequeado todo: dónde voy a poner la cara, qué voy a decir. ¿Tenés el control de tu casa también? No, en mi casa tengo la contención y el amor que necesito. Ese es el secreto. A mi mujer nunca le importó ni la notita en el portal, ni la fama, ni… Eso me ayudó mucho. El día que (Jaime) Stiuso salió al aire en Intratable­s fue un quilombo. Imaginate, llegué a casa y tenía el teléfono estallado y la cabeza hecha un bombo. Mi mujer me esperaba con el boletín de la nena en la mano. “Firmá, firmá”, me decía. Le pregunté si era consciente de lo que acababa de pasar, que un espía que buscaba todo el mundo había salido al aire… “Firmá”, me respondió. Su manera de decirme “eso no es importante” es muy valioso para mí. Sobre tu exposición y la de tu familia: nunca un escándalo. Es que yo me hice famoso por mi trabajo. Hoy cualquiera puede ser famoso. De pendejo, cuando arranqué como conductor, la proyección era que si pisabas el palito de la noche, la modelo, los excesos, el camino a la fama era mucho más corto. Y no era lo que yo quería para mí. Entre 2013 y 2014, cuando hacía Intratable­s, Infama y radio a la mañana dormía un promedio de cuatro horas por noche, más una siesta en el medio. Trabajé tanto tanto tanto para encontrar mi lugar. ¿Y “tantos” años implica seguir trabajando “tanto”? Es que este es mi pan. Conduje con fiebre, con diarrea. Una vez mi hija Amandita se atragantó mientras comía. Yo estaba a punto de salir al canal y la miré a mi mujer, como pidiéndole que me dijera “quedate tranquilo, no es nada”. Pero la beba se ahogaba. Se me congeló el mundo. Salí, le pedí al encargado que preparara el auto, armé todo el dispositiv­o… Amandita salió, fue un susto nada más. Pero al sanatorio fue mi mujer con mi hermana. Yo salí para el canal. Y... ¿te acordás cuando Buenos Aires se inundaba? Del canal ( América) me dijeron que no fuera, que la avenida Juan B. Justo estaba cortada. No me importó: crucé con el agua al cuello. Mirá si me electrocut­aba o me tragaba un pozo, mi hija mayor Cata, se quedaba sin padre por una locura mía. El tema es que no hay razón para que lo deje de hacer. Ese lugar que te costó conseguir... Quería ser un conductor genial o un desastre, pero jamás la imitación de alguien. Siempre fui diferente porque no me gusta el “es el nuevo tal…”. Detesto la comparació­n. Entonces a cada proyecto le doy mi sello. Y para eso hay que trabajar y trabajar. Quién quiere ser millonario trascendió el formato pregunta, respuesta, plata. Hay intimidad, hay emoción, hay tiempo para escuchar. Hay una química que genero con los participan­tes. No quería que un formato tan probado me fagocitara. En momentos de discusión, de grieta, de versus, ¿por qué pensás que el programa funciona? Es pura luz en tiempos de oscuridade­s. Cae en un momento justo, cuando la cosa está complicada apuntamos a los valores, a la esperanza en medio del drama. Pero además, el programa nos pone frente al espejo de lo que somos y lo que nos pasa. Por acá pasó una cartonera, personas de talla baja, matrimonio­s gays, todo eso pasa en nuestro país. En la diversidad también está el atractivo del programa.

El tiempo para la entrevista ha terminado. Dejamos el camarín, atravesamo­s pasillos hasta la penumbra del estudio. Santiago Del Moro camina erguido, el cuello en una tensión delicada, los hombros anchos, el paso seguro: un tipo enfocado. Está a punto de grabar la última parte del programa, que saldrá en diferido. El conductor avanza hasta el núcleo de la escenograf­ía. La voz desde el Control avisa: “Estamos grabando”. Nos rendimos ante el rayo de luz blanca y los aplausos, El Oráculo festeja, hay un nuevo participan­te dispuesto a llevarse el medio millón. Nos reeditamos y qué poco importa. “¿ Listos para ganar?”, pregunta él y la respuesta no tarda porque es obvia: “Sí”. ¿ Quién quiere ser Santiago Del Moro?

“CRUCE JUAN B. JUSTO CON EL AGUA AL CUELLO PARA LLEGAR AL CANAL.” ...

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EN LA TELE . Quién quiere ser millonario cumple hoy cien emisiones.

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