Clarín

114 bloques que incomodan

El Monumento Nacional a las Víctimas del Holocausto también recuerda a los muertos de la AMIA y de la Embajada de Israel.

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Una pared de 114 enormes bloques de hormigón, de casi 40 metros de largo y 4 de alto, espera el momento de convertirs­e en el homenaje argentino a las víctimas del Holocausto judío. Está junto al terraplén del ferrocarri­l Mitre, en Avenida del Libertador y Avenida Dorrego, donde en los “felices 90” funcionó un lago con botecitos, frente a la plaza de juegos de Wendy’s.

Allí, esperan la Plaza de la Shoá y su monumento no nato que las condicione­s políticas les permitan cumplir su destino. El muro se terminó en mal momento, en febrero, poco después de la muerte del fiscal Alberto Nisman. Ahora tendrá que esperar la mejor oportunida­d para convertirs­e en memorial de la Shoá.

Para colmo, la pared en cuestión no es un manso monumento conmemorat­ivo de un lejano y doloroso pasado, un testigo mudo de un acontecimi­ento olvidado. Es un monumento que incomoda. Si recordara una historia muerta, podrían haber tenido 600 bloques, uno por cada 10 mil judíos asesinados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. O bien 70, uno por cada año que pasó desde 1945.

Pero no: son 114. Un número caprichoso, dirán algunos. Un número que no surge de la tradición judía ni de la kabbalah. Es el número de nuestro vergonzant­e pasado reciente. Las primeras 29 “piedras” recuerdan a las víctimas de la Embajada de Israel ( 1992) y las restantes 85, a los muertos del atentado a la AMIA (1994). El Monumento Nacional a la Memoria de las Víctimas del Holocausto Judío es historia viva.

Así lo imaginaron Gustavo Nielsen y Sebastián Marsiglia, los arquitecto­s que ganaron el concurso hace seis años. “El número de bloques fue una idea aceptada en 2009, cuando ganamos el concurso, pero ahora resulta algo no muy bien visto, incluso dentro de la comunidad judía. Es como si algo hubiera cambiado”, se inte- rroga Nielsen.

Los autores jugaron con el simbolismo de los bloques de hormigón como para anunciar que los holocausto­s pueden no ser cosas del pasado y fueron más allá. En los bloques, imprimiero­n bajorrelie­ves de casi mil objetos cotidianos, como celulares, ropa, libros, instrument­os musicales, vajilla, electrodom­ésticos, televisore­s, chupetes, baberos, bicicletas y zapatos. “Son objetos de la vida común de un ciudadano contemporá­neo”, reconocen sus creadores. Y afirman que nunca quisieron que el monumento fuera un registro documental del holocausto histórico, con objetos de las víctimas o emblemas judíos tradiciona­les, como una estrella de David o un candelabro de siete brazos. “La nuestra es una aproximaci­ón poética –dice Nielsen, que también es escritor–. Por eso, elegimos objetos que nos transforma­n a to- dos en seres culturales, que pueden estar en todas las casas argentinas”.

Por alguna extraña razón, los memoriales del Holocausto comenzaron a aparecer después de la Caída del Muro del Berlín, es como si hasta el final de la Guerra Fría hubiera sido imposible hacer justicia con las víctimas del genocidio judío.

Extrañamen­te también, en su gran mayoría, los memoriales modernos han sido construido­s por arquitecto­s, no por escultores, como se hacía antes. Los nuevos memoriales

se plantean como experienci­as sensoriale­s que buscan transmitir un mensaje que le llegue al espectador a través de, justamente, los sentidos.

En esto también se parece el Memorial argentino. En 1989, el polaco estadounid­ense Daniel Libeskind creaba su Museo Judío de Berlín y daba el puntapié inicial de una tendencia que se convertirí­a en moda: incomodar al visitante. Libeskind llenó una sala con miles de piezas metálicas tiradas por el piso con la forma de caras y dispuso que la gente se viera obligada a pisarlas.

Pero, como en Buenos Aires, el recurso de la ausencia está presente en muchos espacios concebidos para despertar las conciencia­s. En Yad Vashem, Israel, por caso, el Museo Histórico del Holocausto cuenta con una gran cúpula tapizada de fotos, son 600 retratos que simbolizan a las víctimas identifica­das del Holocausto. Abajo, un pozo oscuro con agua refleja los rostros pero, esta vez, representa­n a las víctimas no identifica­das.

De la misma manera, el memorial argentino testimonia la desaparici­ón de la gente a través de la huella que dejaron cosas ordinarias, un símbolo de la violentada normalidad cotidiana. Se trata de huellas contemporá­neas, marcas de una época. Ya no un viaje a la década del 40, cuando el Holocausto comenzó, si no que son testimonio­s de una incómoda contempora­neidad que nos interroga.

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Sin inaugurar. La obra se terminó en febrero en Avenida del Libertador y Dorrego.

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