Clarín

El regreso de Taiana, el Canciller que le cortó el teléfono a Cristina

- Fernando Gonzalez fgonzalez@clarin.com

No puedo decirte quién es. Sí puedo decirte que es peronista y que lo admiramos mu

cho…”. Esa fue la frase con la que, el viernes por la noche, un dirigente del Partido Justiciali­sta le confirmó a Clarín quién iba a acompañar a Cristina Kirchner en la boleta de candidatos a senadores para las elecciones de octubre. Jorge Enrique Taiana es la reserva moral del peronismo con el que la ex presidenta intenta salvar el déficit de esa sustancia en el que quedó su propia candidatur­a cuando decidió armar un frente ciudadano sin la marca PJ. Una maniobra de cabotaje político para eludir la competenci­a directa con Florencio Randazzo bajo el filtro de las primarias obligatori­as que ella había creado algunos años antes.

Taiana siempre fue el Canciller. Así le decían ya en los tiempos del Nacional Buenos Aires, cuando cursaba el secundario en los turbulento­s años setenta junto a otros muchachos interesado­s en la política como el revoltoso Felipe Solá. Era por sus modales sobrios y su estilo diplomátic­o en aquellos días en los que se incendiaba la Argentina. Se inscribió pronto en el compromiso arriesgado de la militancia política dentro de un sector de la Juventud Peronista conocido entonces como Los Descamisad­os. Y luego pasó a

Montoneros cuando la mayor parte de la JP confluyó en el movimiento armado.

El peronismo le corría por las venas. Su padre, Jorge Alberto, fue el médico que firmó los certificad­os de defunción de Evita en 1952, y de Juan Domingo Perón en 1974. El mismo que había organizado el regreso del General a la Argentina; uno de los pasajeros del avión que lo trajo de vuelta junto a Hugo del Carril, Leonardo Favio y Marilina Ross; y el ministro de Educación del breve gobierno de Héctor J Cámpora. Conoció la cárcel en los tiempos de la dictadura militar y disfrutó la reivindica­ción que le hizo Raúl Alfonsín, cuando lo designó embajador en Yugoslavia de la democracia restaurada en 1983.

Jorge Enrique era el único varón de sus cinco hijos. Como su padre, el Canciller también fue a prisión por cuestiones políticas. Lo detuvieron por primera vez en 1972 y regresó a la cárcel en 1975, ya para no volver a salir por siete años. Lo persiguió la Triple A y pasó la mayor parte de aquellos días de la dictadura militar en el Penal de Rawson. Los ex diputados Carlos Kunkel y Juan Carlos Dante Gullo fueron algunos de sus compañeros de celda, de mates y de nostalgia por los amigos y las oportunida­des perdidas.

Pero Jorge dejó de ser “el hijo del médico Taiana” cuando llegó al poder Néstor Kirchner

en 2003. Primero lo nombró vicecancil­ler de Rafael Bielsa y terminó siendo ascendido al comando de la Cancillerí­a. El Canciller por fin estaba donde quería y donde era respetado. Allí estuvo hasta la mañana del 18 de junio de 2010. Ese día levantó el teléfono para atender

un llamado de Cristina y jamás pensó que iba a escuchar lo que finalmente escuchó.

La Presidenta de entonces lo insultó durante un largo rato. Lo llamó traidor y le pidió que tuviera la misma lealtad que había tenido (le explicó ella) Amado Boudou, el ministro de Economía que aún no sabía que iba a convertirs­e en el primer vicepresid­ente de la historia argentina procesado por corrupción. Todo porque había recibido a un par de periodista­s

de Clarín para aclararles las dudas sobre el conflicto con Uruguay por la instalació­n de una papelera frente a Gualeguayc­hú. Para el Canciller Taiana aquello fue demasiado. Le cortó el teléfono a la mujer que todavía seguía gritando por el auricular y se fue a escribir un comunicado de estilo diplomátic­o en el que renunciaba al cargo por “motivos personales”.

Durante un tiempo, Taiana no quiso oír hablar de Cristina. Volvió a la política en los márgenes del Movimiento Evita. Fue elegido legislador en la Ciudad y miembro de ese engendro regional conocido como Parlasur. Y hasta acarició con sus amigos del peronismo porteño la idea de alumbrar una candidatur­a presi

dencial cuando arribara el postkirchn­erismo. Claro que esos días jamás llegaron. Lo que sí recibió fue un llamado de la ex presidenta para interceder ante Randazzo y evitar el cisma que finalmente se produjo. Esta vez no hubo

gritos, ni insultos. Y la palabra traidor se transformó en una propuesta amable para acompañarl­a como segundo candidato a senador.

Parecía que Cristina había abandonado para siempre al peronismo. Armó el Frente Unidad Ciudadana; se hizo rodear de los incondicio­nales de La Cámpora y se lanzó en un acto público con todas las señales del marketing promovido por Jaime Durán Barba. Pero no alcanzaba. Los números de las encuestas le advertían a la ex presidenta que no llegaría muy lejos en las elecciones si no sumaba algunos votos peronistas que podrían fugar hacia las trincheras de Randazzo o a las de Sergio Massa.

Allí apareció el salvavidas presunto de la candidatur­a de Taiana. Cristina se hará acompañar por el Canciller en las tribunas y se lo mostrará a los dirigentes y a los gobernador­es peronistas que sólo esperan verla derrotada. ¿Vieron?, les escupirá la ex presidenta. Acá tengo a un peronista de verdad, como ustedes querían. Sólo un triunfo de Cristina pondrá a Taiana

en el Senado. Una derrota, aún estrecha, lo dejará inexorable­mente a la intemperie. No falta tanto tiempo. En apenas cuatro meses sabremos si lo del Canciller fue un premio a la abnegación de la diplomacia o si fue, simplement­e, la fotografía triste de un regreso sin gloria.

Cristina, que precipitó la renuncia de Taiana como canciller en medio de insultos, lo eligió ahora para salvar su déficit de peronismo.

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