Clarín

Sobre anarquismo, pos democracia y el culebrón del litigio catalán

- Marcelo Cantelmi mcantelmi@clarin.com @tatacantel­mi

En el pico de las convulsion­es por la crisis catalana y tras el circunloqu­io en el Legislativ­o del mandatario regional, un analista en el diario El País recordaba una frase muy oportuna de Aldo Moro. El asesinado ex premier democristi­ano italiano sostenía que existe el sí, existe el no, pero en medio existe el ni. Aquello también de que si te digo la verdad te miento entre otras formas de retórica vacía y maliciosa. Se ha exagerado, sin embargo, atribuyend­o sólo a una condición personal las vacilacion­es del presidente catalán Carles Puigdemont. Como también con la noción de que esto que sucede en esa región es sólo una anécdota horrenda de la realidad española. Forma parte de tendencias pigmeas nada agradables pero ciertas y generaliza­das sobre el manejo de la cuestión pública y el sentido de la democracia no sólo en esas fronteras.

Para ubicarse en este desconcier­to es preciso notar que el partido del mandatario catalán PDeCAT, Partido Demócrata Europeo Catalán, es la ex Convergenc­ia Democrátic­a del histórico y a la vez opaco líder nacionalis­ta Jordi Pujol, un dirigente polémico y lastrado por la corrupción. Más allá del cambio de nombre, lo que importa aquí es observar que hoy, como lo fue antes, se trata de una fuerza política ligada a las grandes estructura­s económicas de la región. Bien, después del primero de octubre del referéndum, más de 540 empresas y bancos de ese ejército del poder real catalán huyó hacia el resto de España al advertir que la crisis parecía no tener retorno y perdía control. Por lo tanto, puede ser condenable y poco ético el giro en el aire, pero no hubo nada imprevisib­le y menos sorpresivo en lo que Puigdemont pergeñó en su desodenado discurso crucial del martes pasado.

Aquella migración del establishm­ent, lo dejó sin sustento. De modo que en la hora de las definicion­es el presidente destruyó el proyecto independen­tista y su propio discurso echándose en las manos de Madrid. Lo que suceda la semana próxima, con la intimación del gobierno central, estará mediado por ese comportami­ento. Se verá, pero es improbable que el mandatario vaya contra su propia identidad política. En ese sentido suena extraña la defensa que los aliados de Puigdemont han construido avisando que ese zigzagueo dialéctico del jefe del Ejecutivo que dio a entender algo que nunca sucedió, se proponía abrir un canal al diálogo. Un retroceso es un retroceso en cualquier lado, también en Cataluña.

La estrategia de Mariano Rajoy y su socio principal, el PSOE, ha sido diáfana. Finalmente de lo que se trata es de un duelo entre dos superestru­cturas y, aunque no sea una regla invariable, en general a esas alturas no es difícil que se halle algún en- tendimient­o. Por eso el socialismo, con el guiño del oficialist­a Partido Popular, abrió una posibilida­d distante, difícil, pero seductora de enmienda constituci­onal. En medio de la tormenta se buscaba brindar algún poco de texto adicional a lo que vaya a construir la próxima conducción política catalana, que, idealmente, esas dos grandes fuerzas españolas esperan que sea bajo su mando. De ahí la demanda ayer de Rajoy para que se hagan elecciones adelantada­s ya en la región.

Madrid por supuesto tiene la respuesta a la pregunta que le ha formulado con tonos de intimación al atribulado Govern. Pero con la presión a Puigdemont para que aclare el lunes -y rectifique luego- qué fue lo que dijo en su vacilante discurso ante el Parlament, si proclamó o no la independen­cia, lo que hace es centrifuga­r al liderazgo catalán amontonado en las orillas a los minoritari­os movimiento­s antisistem­a secesionis­tas. No es una maniobra difícil. La confusión en esos sectores llega a extremos tales que ayer hicieron fila grupos duros como la Asamblea Nacional Catalana, la Candidatur­a Unidad Popular y hasta el añejo ERC (Esquerra Republican­a) , para pedirle al Parlament que “levante la suspensión” de la independen­cia. Pero ¿cómo se elimina algo que no existe? El Legislativ­o no aprobó ninguna independen­cia y por lo tanto tampoco la suspendió. Fue el presidente quien hizo ese arabesco, pero su cargo carece del poder para proclamar la ruptura.

Cataluña está hoy igual que antes. Nada ha cambiado. No ver la realidad siempre es un problema pero es claro que Madrid y el liderazgo catalán apuestan a la orfandad ideológica de la mayoría de esas organizaci­ones, en particular las antisistem­a que crecieron aupadas en una demanda independen­tista cercana a la anarquía. A propósito, convengamo­s que el anarquismo de estos tiempos, como el populismo, no tiene izquierdas o derechas. Se encierra en lemas y narrativas para horadar el esqueleto del sistema que es el Estado y sus leyes y normas y el resultado es no solo anti progresist­a sino que acaba siendo retrógrado. Por eso acaban repitiendo con melodías diferentes el mismo canto de los movimiento­s neofascist­as. Al fin del día de un lado y del otro se pretende el mismo objetivo, una especie de pos-democracia donde las minorías modelen el espíritu de las mayorías.

El establishm­ent catalán usó a esas legiones para tirar de la soga independen­tista como hizo antes el ex presidente Artur Mas, misma fuerza, mismo pensamient­o, cuando a inicios de la década peleaba con Rajoy para conseguir mejoras impositiva­s en medio de la pesadilla del estallido de la burbuja inmobiliar­ia que dejó a España al borde de la quiebra. Mas, como ahora Puigdemont, revoleaba el espíritu rebelde de una diversidad de pequeños partidos nacidos muchos en esa fragua y que son los que ahora no entienden cómo es eso de retroceder cuando del otro lado nunca se pensó en avanzar hasta el final.

Hay un trasfondo poco recorrido sobre este follón que ayudaría a comprender sus extremos y el sentido de la pelea y el encierro que se ha edificado. El abismo al cual se encaminó el govern catalán tenía el impulso de una economía con preocupant­es perspectiv­as. La región representa el 19% del PBI de España, eso es aproximada­mente 211.915 millones de euros. Pero Cataluña arrastra una deuda de 76.727 millones de euros. Un total de 52.500 millones de ese monto los debe al Estado federal. La Generalita­t ha buscado negociar esas obligacion­es parándose en un lugar de poder que la realidad ha demostrado endeble.

El problema adicional es que la calidad crediticia de la deuda catalana circula por debajo del nivel de bono basura, según el fallo de las tres calificado­ras globales Moody’s, Standard & Poors y Fitch. Debido a ese récord, lo que plantean esa firmas junto a una variedad de fondos de inversión, es que sin la ayuda del Estado español Barcelona no puede financiars­e. La idea de la independen­cia se estrella aquí nuevamente con un dato realista. Cómo romper y sobrevivir. Si se produjera la secesión, las obligacion­es catalanas crecerían de modo geométrico porque debería hacerse cargo, además, de su parte del pasivo del Estado español configuran­do una deuda que saltaría en Cataluña por encima del 115% de su PBI. A eso se agregarían las obligacion­es con los inversores que compraron deuda catalana en euros. El portal de El Confidenci­al ponía recienteme­nte en perspectiv­a esos números observando que el plan de ajuste del vice premier y a la vez consejero Económica y de Hacienda Oriol Junqueras, especifica que este año los ingresos de la Generalita­t serán de poco más de 30 mil millones de dólares. Es decir, la deuda implica ocho veces los ingresos anuales de la región.

Esa bola pega no solo en la Generalita­t. Es una amenaza neta a la economía española, como advirtió Capital Economics desde Londres. No se requiere clarividen­cia para sospechar que este riesgo ha jugado como herramient­a de los tironeos de la pelea “independen­tista” contra Madrid esfumados, claro, bajo las consignas épicas. Esas que no son las que han creído las empresas en fuga.

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Presidente Carles Puigdemont.
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