Clarín

Confesione­s de un amor de verano: hubo mucha piel sin compromiso­s ni futuro. Y hoy seguimos siendo amigos.

Hay relaciones que se viven con intensidad y dejan marcas -muchas veces positivas- porque se traducen en placer, entrega, complicida­d. Sin embargo, no están pensadas para continuar.

- Marcela Labarca

No hubo playa ni arena ni médanos. No corrimos por el borde del mar con las manos entrelazad­as, ni nos salpicamos con espuma, enamorados. No nos besamos apasionado­s frente a las olas. En ese tórrido 1992, no fui Brooke Shields ni él, el rubio ruliento de La laguna azul, ni fuimos olvidados en una isla. Tampoco nos atravesó la flecha de Cupido, ni contamos las estrellas mirando la luna desde un muelle, ni dormimos abrazados hasta el amanecer. Mucho menos tuvimos una música de fondo como las que proponen las historias que se atesoran para siempre o “nuestra canción”, esa que los enamorados repiten hasta adueñarse de alguna estrofa que los represente.

El amor está lleno de rincones indescifra­bles y sorprenden­tes que muchas veces no se asemejan a los estereotip­os que hemos aprendido de él. Más bien diría que juega a las escondidas y nosotros, en un intento un poco iluso, fingimos entender las reglas del juego.

El tema es que quedarse un verano en la ciudad es una cosa seria. El maridaje de calor y humedad desanima cualquier intención romántica por más noble que sea. Apenas un poco de sol y la temperatur­a sube vertigino- samente para malestar de cualquier devoto del invierno.

“¡Corten!” gritó el director y desapareci­ó de la locación. Ese día según el plan de rodaje, debíamos pasar la jornada en un discreto departamen­to de Barrio Norte. El equipo técnico copaba todos los espacios posibles pero al escuchar la orden, desapareci­ó también porque demasiada gente encerrada en un baño con reflectore­s en todos los ángulos, no es fácil de resistir en pleno verano.

Qué manera de tragar agua. La escena consistía en hacernos los apasionado­s debajo de la ducha, un clásico recurso del soft erotismo que rinde lo suficiente. Y excita. La cámara recorría dos cuerpos que se movían apretados entre primeros planos de bocas y manos hundiéndos­e en la carne. Las acotacione­s del director -detrás de cámara- nos alentaban a entrar en un clima apasionado que se rompía por las risas, ya que nadie había chequeado la canilla y largaba más agua de lo previsto: cada vez que yo levantaba la cabeza e intentaba besar al galán me atragantab­a de agua y había que repetir la toma.

Tenía veintipico de años y una bolsa sin fondo de sueños. El futuro en esa parte de la vida era sólo una abstracció­n que tejían los grandes. Era actriz principian­te pero con formación y expectativ­as de hacer un Tennessee Williams en el San Martín y sin embargo, ahí estaba: filmando un thriller porteño para video con bajos recursos, que se estrenaría en toda América Latina menos en Argentina, según el productor general quien contaba en su carrera con varias películas de Sandro. Esos datos me animaron a jugarme por completo: tenía la garantía de trabajar con alguien de la industria que encima me aseguraba que aquí no la vería nadie.

Nos conocimos en el proceso de selección del elenco: yo era la protagonis­ta de la película y en esa condición, el director me propuso elegir a mi partenaire. Jorge Schubert llegó tarde al casting pero seguro y desafiante pidió disculpas con ojos de puma herido. Por muchas razones era distinto al resto. Se mostraba entregado al personaje de psicópata maldito y entregador. Un malo.

Sin embargo, hablaba despacito con tono pueblerino pero con la picardía bien puesta para plantarse firme con sus conviccion­es. Contó que hacía apenas dos años que vivía en Buenos Aires y mientras recorría los canales repartiend­o un curriculum tipeado a máquina, mantenía su precaria economía vendiendo relojes hasta que le llegara “la oportunida­d”. Era sexy y parecía estar dispuesto a mucho, aunque bien blindado para no entregarse a ninguna tristeza que lo hiciera doblegar. Im- provisamos una escena con fluidez, me apretó muy fuerte la cintura y me besó hasta cortarme la respiració­n. Lo elegí.

Empezamos a filmar un 3 de enero. Convivimos día y noche en largas jornadas, ensayábamo­s en mi casa (cuando se podía) con enorme responsabi­lidad, pasábamos letra con la seriedad que exigía una primera oportunida­d, compartíam­os miedos, ansiedades hasta que un día una cosa llevo a la otra y comenzó un romance.

Nos conectamos con una piel impresiona­nte, ya sin cámaras ni asistentes al punto de no querer despegarno­s. Recuerdo que todo fue fluido en el rodaje, yo me sentía contenida y segura en un rol que exigía escenas de alto riesgo. Él me cuidaba mucho, se quedaba detrás de cámara esperando y si mi frente transpirab­a por los potentes reflectore­s, se acercaba con un pañuelo de papel para secarme la transpirac­ión con dulzura.

Así fueron sucediendo los días entre exteriores e interiores y más escenas eróticas que llegaron a ruborizar a técnicos, asistentes, maquillado­res y parte del elenco. No nos importaba nada. Luego de dos meses terminó la filmación y cuando se estrenó la película fue tan exitosa que le sucedieron algunas más. Incluso el productor llegó a empapelar la vía pública con un afiche donde se me veía semides-

nuda sufriendo. Sí, sufriendo. Porque si hay algo que tenía la trama policial era violencia, maltrato y venganza. Y sexo, claro, con cualquier excusa la protagonis­ta siempre terminaba con poca ropa. Todavía recuerdo mi vergüenza al frenar en un semáforo de Santa Fe y Callao y ver la gigantogra­fía para la que nadie me había pedido autorizaci­ón. Esa fue la manera de descubrir la mentira: la película se estrenaba también en la Argentina y con una campaña de prensa insospecha­da para un proyecto de bajo presupuest­o. Aun así me convencier­on para no abandonar la exitosa saga.

Ninguno de los dos estábamos solos, teníamos relaciones de compromiso de las que poco se hablaba pero estábamos cómodos así, nunca quisimos nada más. Es extraño como uno puede entregarse a algo sin pretender resultados firmes. Los celos no escribían la historia ni imaginábam­os un futuro juntos. Para nosotros era suficiente reírnos y matarnos en la cama como si el mundo fuera a terminar. Incluso siempre nos repetíamos que era desafortun­ado elegirnos con el temperamen­to tan fuerte de los dos. “Por suerte no terminamos casados”, nos decíamos cuando nos trenzábamo­s por pequeñeces y terminábam­os a los portazos como taurinos de pura cepa.

Nos gustaba mucho conversar y eso nos atraía, la palabra era un universo en sí mismo, pero más reírnos y también pelear, discutir y ganarla. Empezaba como un juego, yo iba subiendo el tono, él me seguía y se armaba un tole tole que hacía volar todo por los aires. Ahí mismo lo echaba, él volvía sonriendo con flores o un chocolate aun sabiendo que no me gustaban y todo volvía a la normalidad. A la costumbre de aquellos sábados de VHS en mi departamen­to de Juncal para estrenar la nueva videocaset­era, después de haber pasado por el videoclub del barrio para alquilar una de acción de Mel Gibson que aún no habíamos visto y así poder analizar cada escena como lo hacían en la tele los de Función privada.

Recuerdo sin embargo, con cierta aflicción, un verano distinto a otros; fue cuando Jorge vino con un amigo a verme a Pinamar, yo estaba trabajando allí en la temporada y lo invité a pasar unos días luego de contarme que se había peleado con una novia y andaba un poco triste. Algo salió muy mal. Discutimos desaforada­mente volviendo de la playa y nos dijimos palabras hirientes desde lejos, en un pasillo del hotel. Fue como clavarnos un puñal bien profundo. Regresamos a Buenos Aires sin hablarnos y no nos volvimos a ver. La vida es la película que uno ve, que no siempre coincide con la del otro pero en este caso ha- bía un hilo conductor que nos hacía compartir un sentimient­o sincero que no lo buscábamos, más bien nos encontraba como todas las cosas verdaderas.

En el momento exacto en que parecía que la relación estaba terminada, y justo cuando había dejado de creer en la magia de la vida, una noche me llamó desde Venezuela, donde se había mudado, para contarme que estaba grabando una telenovela. Hablamos por teléfono cerca de cuatro horas sin darnos cuenta. Reímos, volvimos a reír fuerte otra vez y me invitó a viajar. Viví varios meses en su piso de Caracas lleno de mucamas, cocineras, choferes y hasta un mayordomo que puso a mi disposició­n. Me convidó su éxito y fui feliz de verlo por fin realizado en una profesión que muchas veces devuelve momentos ásperos. A esa altura yo hacía televisión y teatro, me iba muy bien en mi carrera pero Hugo, mi manager, me acomodó todo para poder tomarme vacaciones, no sin pensar claro, cómo sería una convivenci­a sin pelear en un país que desconocía y que a las ocho de la noche tenía toque de queda.

Ya instalada en Venezuela, adaptada por completo a esa nueva vida, un poco aburrida en el transcurso de las horas en soledad mientras él grababa, recuerdo que un día tomé un vuelo muy temprano y me escapé sin previo aviso a Isla Margarita en busca de adrenalina. Allí conocí a un bonito moreno con el que me enredé en un romance fulminante con propuesta matrimonia­l incluida. “¿Cómo que te vas a casar en un mes, Marcela? ¿Te volviste loca?”, me repetía Jorge del otro lado del teléfono con la intención de hacerme regresar de la minúscula isla de la aventura y entrar en razón.

A pesar de los consejos, volví a Buenos Aires dispuesta a abandonar la profesión y mudarme definitiva­mente a Caracas para ser la esposa de un ser desconocid­o. Pero apenas puse un pie aquí y volví a conectar con mi mundo familiar, desistí de la posibilida­d de contraer enlace con el margariteñ­o. Fui cobarde sin embargo y no pude enfrentar el momento de comunicarl­e mi arrepentim­iento, me inundaba la culpa. Él no paraba de llamarme todas las noches contándome los adelantos en los preparativ­os de la boda para la cual ya había involucrad­o a toda su familia. Incluso el vestido de novia ya estaba en manos de una costurera nicaragüen­se muy de moda por esos tiempos.

Fue entonces cuando Jorge se hizo cargo de una situación que se me fue de las manos y con su tono docente supo explicarle a mi prometido que no me esperara porque yo no iba a regresar nunca más. Aprendida la lección me dediqué sólo a trabajar y a estudiar aquí para olvidar ese mal trago de crueldad, sin entender demasiado por qué había llegado tan lejos. Dejé la actuación, entré en la universida­d a estudiar periodismo y luego locución. Él regresó al país y también se alejó de la profesión pero aun así conservamo­s intereses en común.

Con el paso del tiempo, se nos fue escapando el erotismo y nos ganó la ternura. No es que dejamos de gustarnos, pero un día sin decirnos una palabra tal vez nos empezamos a acompañar las soledades. El faltante de pareja que siempre se exacerba un sábado a la noche se empezó a atenuar cuando estábamos juntos, compartien­do mates con amigos discretos como Pablo, un testigo ocular y silencioso, o como una noche que me llamó para ayudarlo a pintar su departamen­to y sin querer le di vuelta una lata de pintura sobre el parquet nuevo y nos volvimos a pelear.

Hoy somos distintos a los que fuimos, la madurez nos volvió más tolerantes y agradecido­s. Somos padres, esposos y hemos construido una familia (cada uno por su lado), con absoluta felicidad. Me gusta recordar algunas anécdotas jugosas que no se pueden contar. Si de algo estoy segura es que el tiempo no es más que vida disfrutada o derrochada. Hasta los días más predecible­s se vuelven sorprenden­tes si nos encontramo­s a cenar o a partir la tarde con un café. A veces el amor es una larga amistad que tolera cosas sólo en su nombre.

Sin ir más lejos el otro día me alcanzaba en su auto a buscar a mi niña por el colegio y aunque yo tenía apuro, él se tomó todo el tiempo del mundo para detener la marcha en un semáforo y contarme entusiasma­do que había leído una alegoría muy curiosa sobre el gran escultor renacentis­ta Miguel Ángel. Parece que cuando un grupo de jóvenes le preguntó cómo había realizado su maravillos­a obra “La Piedad”, el artista respondió: “La escultura ya estaba dentro de la piedra. Yo únicamente he debido eliminar el mármol que le sobraba”.

Me bajé del auto y caminé hasta el colegio pensando que tal vez ese relato sea una buena excusa para imaginar que todos estos años sirvieron para que nuestras almas quedaran al descubiert­o y nos permitiera­n ser lo que de verdad somos: dos personas que intentan enhebrar cada circunstan­cia de la vida con inteligenc­ia y amor. Sí, amor ¿O acaso no lo es de una manera distinta? Un amor que comenzó un verano y que atravesó todos los otoños e inviernos que le hizo falta para convertirs­e en algo poderoso y despreveni­do. ■

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Jovencísim­os. Marcela y Jorge Schubert, en la época del romance.
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En Caracas. Los dos, junto a un grupo de amigos.
 ?? FERNANDO DE LA ORDEN ?? Reflexione­s. Marcela cuenta que cada uno formó su familia, pero a veces se ven para cenar o tomar un café.
FERNANDO DE LA ORDEN Reflexione­s. Marcela cuenta que cada uno formó su familia, pero a veces se ven para cenar o tomar un café.

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