Clarín

Acuerdo laboral con el PJ, más efecto Monzó y pelea por un cargo electoral

Semana corta. El Gobierno manda proyectos al Senado y se reacomoda en Diputados. El peronismo no quiere hablar de reforma laboral, pero la acepta

- Ignacio Zuleta Periodista. Consultor político

Se rompieron los puentes y las partes parecen más lejos que nunca. Esto equivale a decir que están a punto de un nuevo acercamien­to. Pasa siempre en política, oficio donde los peores aprontes de guerra anuncian el armisticio. El Gobierno hizo el primer movimiento con el envío al Senado de las leyes de reforma laboral CGT-friendly. La principal, aunque menos estridente, es la que crea una agencia de evaluación de tecnología médica, que intenta sacar los tratamient­os médicos de los tribunales. La piden las obras sociales estatales de las provincias, para evitar pleitos carísimos por pedidos de atención médica que les ordenan los jueces. También la quieren las obras sociales sindicales, que ven en esa agencia la realizació­n de la promesa del Gobierno de entregarle­s dineros retenidos desde la era Duhalde, en un fondo especial para atenciones de emergencia.

El Gobierno actual empezó a honrar su compromiso de campaña de retornar esos montos, que llegaban hasta los $ 30 mil millones en agosto de 2016. Parte fue en efectivo, otra en bonos, y quedó retenida una parte en un fondo para atención de casos de salud de alto costo y poca frecuencia, que será repartido por esa agencia. La integració­n del ente es una zanahoria para disciplina­r a los gremios, porque es un cuerpo en donde participan empresa- rios, sindicatos y Gobierno.

Por eso este proyecto, como el de blanqueo y el de capacitaci­ón, tiene el consenso del peronismo. Claro que esa fuerza querría otro marketing, como que en el Gobierno no le llamen reforma laboral. Hacerlo es una provocació­n, porque son proyectos aceptables para el peronismo, pero no bajo ese lema, que evoca los peores momentos de la relación con anteriores gobiernos (Alfonsín con la ley Mucci, De la Rúa con la ley Banelco...). Pese a esta discusión estética, el peronismo votará esa no-reforma laboral, porque la piden los gobernador­es, los caciques sindicales -para sanear las obras sociales provincial­es y gremiales- y también los empresario­s, que buscan un régimen de pasantías que no sea otra trampa de la patria pleitera, que encarecerí­a el trabajo.

Temor a que les anulen el DNU

El envío ocurre en medio de una guerra de posiciones que adelanta estrategia­s electorale­s, en una semana corta y con poca actividad de superficie. Es decir, una semana con tiempo para las conspiraci­ones y las maldades –dicho esto en el mejor sentido de la palabra–. El oficialism­o se enteró, por ejemplo, de que el arco peronista de Diputados, el que une a cristinist­as con federales (massistas y justiciali­stas) intentará de nuevo derogar el famoso DNU ómnibus de desregulac­ión. Fue desguazado en tres proyectos que esperan tratamient­o en el Senado.

Están demorados, entre otras razones, porque el oficialism­o los tramita en cámara lenta, de manera que sigan surtiendo efecto las previsione­s originales del DNU, que son ultra activas mientras que no se sancionen las tres leyes que lo reemplazar­án. Ahora, ante la amenaza de los diputados peronistas, envalenton­ados por la debilidad de Cambiemos en su Cámara, busca acelerar la sanción de las tres leyes en el Senado.

Con Monzó desactivad­o, el peronismo huele sangre

Cambiemos quedó debilitado en Diputados por la crisis Monzó, que les hace oler sangre a los tiburones del peronismo. Los baquianos de la Cámara creen que con 123/4 diputados, que son los que puede llegar a controlar Cambiemos entre propios y allegados, ningún oficialism­o tendría problemas para manejar el quórum o la mayoría simple. Llegar de ese número a la mayoría en el recinto es tarea del presidente de la Cámara, que suele trabajar sobre la veintena de legislador­es que forman mayoría. Con Monzó desactivad­o, esa posibilida­d se pierde.

Lo ilustra el proyecto del peronismo que propone una baja de impuestos a las tarifas. Lo hace con cargo al tramo de IVA que le correspond­e a la Nación, y eso saca a los gobernador­es del juego. En estas horas está siendo analizado por la Oficina del Presupuest­o del Congreso (OPC) a pedido del ma- crista Luciano Laspina, para que determine el costo fiscal que puede llegar a tener y el daño que produciría para bajar el déficit.

Esto pondrá a prueba la solidez de la flamante oficina que dirige Marcos Makón, que recién está armando sus equipos. Ni tiempo le han dado para eso. Tampoco para tomarles la temperatur­a a los pasillos del Congreso: de lo que diga de este proyecto dependerá la respetabil­idad de la OPC y su futuro mismo. O es un think tank al servicio de interés público, o una oficina que sigue los humores políticos de la hora.

Marco Lavagna, uno de los padrinos del nuevo servicio que nació hace dos semanas, intentó apartarlo del trámite. “Si vamos a hacer el análisis a través de la Oficina de Presupuest­o –yo creo que es ensuciarla desde su inicio, ya que todavía no posee técnicos, no cuenta con sistemas ni oficina instalada–, avancemos en serio”, dijo en la sesión del miércoles. Espinoso debut, porque el número que resulte será usado por el Gobierno para hacer marketing en contra y, si prospera la ley, justificar el anunciado veto.

Si a algo se parece este episodio, es al debate de finales de 2016 sobre la baja del Impuesto a las Ganancias, cuando el oficialism­o puso un piso a esa baja, la del tributo más odioso sobre los salarios. Pero una oportuna alianza entre el massismo, el peronismo disidente y el cristinism­o hizo aprobar la baja, que era un cañonazo a las finanzas públicas. Los gobernador­es intervinie­ron en el Senado para que revisasen ese proyecto de Diputados que hería a la Nación, pero también a las provincias que tienen partes de ese impuesto por el régimen de coparticip­ación. Esta vez puede ocurrir lo mismo. El Gobierno pide 10, y la oposición redobla y pide 20 con el objeto de arruinarle el programa al oficialism­o.

Sin futuro no hay confianza, sin confianza no hay economía

La salida de Monzó alimenta incertidum­bre, un veneno para cualquier proceso político. No ha reparado el Gobierno al despedir al diputado, en que a un año del cierre de las candidatur­as a las PASO (junio de 2019), el mejor mensaje al público es que el programa tiene futuro. Sin futuro no hay confianza, sin confianza no hay negocios, sin negocios no hay economía. Seas oficialism­o u oposición.

La primera interna que debe ganar un candidato y un partido es la primaria de la confianza pública. Cuando no hay confianza, el público te lo cobra en el precio del dólar, las inversione­s que hace (o no), la tasa, y eso es sinónimo de votos. Nadie en el Gobierno proporcion­a una explicació­n desde la política, a menos que exista una sorpresa estratégic­a. Sólo abundan versiones que se remontan a la prehistori­a de Cambiemos, que hacen comparable esta fábula a la de los matrimonio­s que nacieron como noviazgos adolescent­es. Sus miembros maduraron de manera diferente. Pasados los años, se miran a los ojos y no se reconocen.

Jugarretas del final

Pese a esas trizaduras, Monzó fue el inspirador de la jugarreta de que Cambiemos, y no la oposición, diera el quórum para la sesión especial del miércoles pasado. Se complotó con los jefes del interbloqu­e –Nicolás Massot, Mario Negri y Juan Manuel López– y sin adelantárs­elo a nadie, mandaron a 100 legislador­es de Cambiemos a que bajasen al recinto. Un mérito éste de dormirlos a Agustín Rossi y Leopoldo Moreau, que habían planeado otra sesión, que se iniciaría con el quórum del peronismo y los reproches a los de Cambiemos por esconderse detrás de las cortinas.

Esta picardía la encrespó a Graciela Camaño, que en el cuarto intermedio se enojó, riendo: “Sos mi amigo, pero no me dijiste nada de esta treta”. “¿Cómo te voy a decir algo a vos, que sos la mujer de Barrionuev­o?”, retrucó Negri. “De paso -agregó para suavizar-, ¿qué te regaló Luis para tu cumpleaños?”. Ese día la jefa del bloque massista cumplía años y convocó a Sergio Massa, quien, mientras veía la sesión desde afuera, ofrecía sánguches de miga para festejar ese cumpleaños. Lo hizo inspirado por lo que había hablado antes con Pichetto en el Senado.

Massa, a solas con Pichetto

Pichetto tuvo ese encuentro el miércoles en el más cerrado secreto. Tanto como la otra reunión hermética que tuvo el jueves en Córdoba, también a solas, con Juan Schiaretti. Con Massa hablaron de la provincia de Buenos Aires, porque ningún intento de recuperaci­ón del peronismo no cristinist­a puede avanzar si no arma algo importante en Buenos Aires. Difícil, con Massa y Florencio Randazzo en su casa como resultado de su mala estrategia en

El anuncio de salida anticipada de Emilio Monzó debilitó a Cambiemos para conseguir mayoría en Diputados.

El massista Marco Lavagna pidió un análisis serio del costo que tendría reducir impuestos como el IVA a las tarifas.

Cuando el peronismo federal lo visitó en Córdoba, Schiaretti dejó trascender que podría ir por la presidenci­a.

2017. Massa habló más de cuestiones personales que de política, como si no estuviera decidido a tomar por ahora alguna decisión en materia de candidatur­as. Pese a las encuestas, que lo siguen teniendo a flote en las marcas más altas dentro del peronismo.

El líder del FR contó de la apertura de su estudio en Tigre y también de sus contactos con Rudolph Giuliani, que crece en importanci­a junto a Donald Trump en la medida en que se le van yendo a éste los asesores del primer tramo de su presidenci­a, con diversos grados de escándalo. Dramático destino éste de Massa, con lo bien que le va en su acercamien­to al poder en los EE.UU. y lo distante que está por acá. Para el diván.

Las confesione­s de Schiaretti presidenci­able

La charla con Schiaretti del jueves fue de casi una hora, antes del almuerzo que ofreció el gobernador a unos 50 legislador­es nacionales “federales”. En esa charla el cordobés dejó abierto el enigma que atravesó la cumbre de ese día: puede ser candidato a presidente de ese sector. Justificó la ausencia de José Manuel de la Sota, a quien llamó en la sobremesa del menú de chivito que ofreció, “nuestro querido Gallego”. Simuló que no sabe qué hará el ex gobernador, con lo cual aumentó el enigma. En esa reunión, y en público, Schiaretti dijo: 1) que hay 2019 para el peronismo.

2) que el peronismo del Senado actuó bien apoyando la gobernabil­idad con el voto de la ley de acuerdo con los bonistas o al aprobar la nueva Corte.

3) agradeció al Gobierno nacional por las obras públicas que le ha dado a Córdoba.

4) que no tiene nada personal contra Cristina Kirchner, pero que es el pasado, “como antes dijimos que Menem era el pasado, o el ‘73 era el pasado”-.

5) admitió que Cristina es hoy lo más importante que tiene el peronismo en Buenos Aires. “Hay que dar vuelta la página, armar otra vez una liga de gobernador­es fuerte y ver quién es el que más mide en cada lugar. Y la que más mide en la provincia de Buenos Aires es Cristina Kirchner”.

6) fue muy crítico en el pronóstico de la economía de Macri. Como todo lo que ocurre en Córdoba, muy raro de interpreta­r. Macri es presidente por el voto de Córdoba, que sigue siendo la capital del peronismo no kirchneris­ta. La condición ha sido que ese peronismo ha jugado sin acople con el peronismo nacional. De esto tendrá oportunida­d Pichetto de hablar con Florencio Randazzo, a quien recibirá en su oficina del Senado.

Carrió, la leyenda continúa

En el descansade­ro de la semana corta, no le faltan los temas de crispación para el Gobierno, que se encasilla en sus posiciones para aglutinar los apoyos del no peronismo, que cree es el camino para intentar una reelección presidenci­al en primera vuelta electoral.

Este martes vuelve al ruedo Elisa Carrió, que partió a los Estados Unidos después de encarnar la posición más crítica de todos, dentro de Cambiemos, al tarifazo de Juan José Aranguren. Nunca trascendie­ron los términos maximalist­as de su rechazo, que prefirió guardarse en la valija cuando partió de viaje. Aprobó a la distancia el proyecto radical del aplanamien­to y cuotas. Y festejó como pocos el gesto de los gobiernos de Buenos Aires y Capital de reducir los impuestos sobre las tarifas, algo que querría que haga el Gobierno nacional. Se queda callada porque sabe que eso sería una guerra terminal con gobernador­es, que reciben una cuota del IVA por la coparticip­ación.

Los mandatario­s del interior muerden el freno al ver que Buenos Aires y CABA bajan impuestos con la plata que les sacaron a las provincias en los acuerdos fiscales. Carrió puso en acción, a la distancia, a Marisel Etchecoin, presidente la Coalición, para empujar a María Eugenia Vidal hacia la reducción de los impuestos; y a Maxi Ferraro, legislador porteño, para hacer lo mismo con Horacio Rodríguez Larreta. Carrió ha sido la única candidata que propuso alguna vez, en campaña, lo que nadie hace: bajar los impuestos. Ha tenido éxito en este round.

Otra prueba de amor: presionan a Macri por camarista electoral

También reclamará la atención de Lilita un debate que enfrenta el oficialism­o, y a éste con la oposición, en algo que se parece como nada a una prueba de amor. Se cerró en el Consejo de la Magistratu­ra el concurso más famoso, que lleva el número 376 y debe proveer el cargo vacante en la Cámara Nacional Electoral. Se hicieron las entrevista­s y se oficializa­ron los resultados de las pruebas: 1) Alejandra Lázzaro, 179,75 puntos; 2) Raúl Daniel Bejas, 167,30; 3) Hernán Gonzalves 166,90.

Esta terna será elevada la semana que viene al Poder Ejecutivo, que tiene que elegir a uno para proponerlo al Senado. La pelea política está entre Lázzaro, a quien apoyan los radicales de todas las tribus, y Gonzalves, a quien apoya el jefe de asesores de Macri, José Torello, y cuenta con el respaldo objetivo del peronismo. Esto porque se lo sindica como cercano al camarista Santiago Corcuera, y a Pichetto, aunque éstos no se han pronunciad­o, ni lo haría para no inhabilita­rse, en público.

El destino hizo que los dos candidatos debieran compartir mesa en la cena anual del Cippec, cerca de dos camaristas sin cámara, Jorge Landau y Alejandro Tullio, dos expertos en elecciones. Macri ha escuchado a las partes y le consta la sugerencia informal de la UCR. En la semana escuchará al Alfredo Cornejo, que le trae la voz de los delegados del partido en el Consejo. “He tomado nota”, les respondió Macri a quienes lo han visitado por este asunto.

La Cámara Nacional Electoral está integrada por Corcuera y Alberto Dalla Via, y suele tomar decisiones por unanimidad. Por eso, nadie le puede torcer la decisión a Macri con el argumento de que podrá contar allí con un tribunal adicto que, por lo demás, se ocupa más bien de blindar el sistema electoral eficiente que tiene la Argentina –uno de los países en donde gobierna quien gana las elecciones, algo que no todos pueden decir–, que de volcar la decisión en uno u otro sentido. ■

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