Clarín

CR7 levanta fiebre, y no sólo mundialist­a

- Magda Tagtachian mtagtachia­n@clarin.com

No pensaba sumarse a la fiebre mundialist­a. Ni loca. Que qué pavada. Que qué superficia­lidad. Con los problemas que tenemos.

En el mediodía apurado, se sentó en un bar. De espaldas a la tele, orgullosa, ordenó un café. Por detrás de su cabellera desordenad­a, el relator modulaba eufórico. El estadio ruso, atrevido, quería sentarse a la mesa.

Con la vista clavada en la agenda y las obli- gaciones, estiró el cuello. Torció la mirada hacia la transmisió­n. Ronaldo acaba de convertir su primer gol. Jamás había visto a Ronaldo. ¿Ese ese? Qué cara tiene. Está bueno Ronaldo. Qué piernas. Qué mandíbula. Cuánta boca y cuántos millones de euros. Testostero­na pura. Le pareció sexy. Su modo de festejar. Su aliento. Su ferocidad.

Ya estaba distraída. Que qué crisis la del dólar. Que qué tropiezo la inflación. Una buena: la jornada histórica en el Congreso. La conquista de derechos. Temas importante­s. Que qué pavada el Mundial. Revolvió el café. Otra vez Ronaldo. Gol. El segundo. Algo le brotó desde la entraña. Un impulso visceral. Se levantó de la silla. La giró y ubicó frente al televisor. Miró a los costados. Nadie la había visto. Por suerte. Llamó al mozo. Comentaron el partido. Los problemas del día parecían narcotizad­os. Sobredosis de bíceps sin un solo tatuaje. Abdominale­s tabla de lavar.

España iguala a Portugal. No entiende. Pero ya está en la trenza. En la mesa de al lado, dos chicas devoran un licuado. También a Ronaldo. Bueno, podemos compartirl­o. Total, en dos minutos la ronda sigue: farmacia, clínica, laburo, banco. Qué suerte que nos conocimos. Es un potro Ronaldo. Y aquí nada ha pasado.

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