Clarín

Lenguaje inclusivo: viva la “e” y que gobierne

- Patricia Kolesnicov pkolesnico­v@clarin.com

Ay, qué enojo produjo que unos chicos hayan empezado a usar la letra “e” para tratarse entre ellos, para decir esas palabras que buscan incluir a todos y que hasta ahora solían -no siempre- terminar en “o”. Parafrasea­ndo a una colega, si durante el debate del aborto fuimos 44 millones de ginecólogo­s y ahora somos 44 millones de directores técnicos, una piba hablando con la “e” en cámara está alumbrando a 44 millones de lingüistas. “El masculino funciona como neutro e incluye a todos”, nos dirán algunos, a la hora de explicar que esto siempre así y lo que así fue siempre así está bien.

La lengua, claro, es un sistema, una construcci­ón y cuando se mueve algo, crujen otras cosas. Eso no impide, claro, que no se quede quieta. Nunca.

La lengua, de paso, carga sentido, todo en ella habla de quienes la hacemos. Ah, justo el masculino expresa a la humanidad, qué casualidad. Esas cosas.

En un artículo en el sitio El gato y la caja, Sol Minoldo y Juan Cruz Balián cuentan que ya hay estudios que muestran “que la lengua con la que hablamos tiene mucho que ver con la forma en que pensamos en el espacio, el tiempo y el movimiento”. El género gramatical, claro, no tiene que ver con el sexo. Ya se explicó mil veces: en castellano “tren” es masculino y en hebreo, femenino. El mismo objeto.

Sin embargo, los autores señalan investigac­iones que demuestran que alguna relación hay entre ese género gramatical, que es arbitrario y no sexual, y la manera en que los hablantes, nosotros, percibimos ese objeto. Citan, puntualmen­te, un estudio de Lera Boroditsky, de la Universida­d de California San Diego. Ella mostró, por ejemplo, que la llave, que en alemán se dice en masculino, es descripta por quienes hablan ese idioma como “dura, pesada, metalizada, útil”. Y que quienes hablan castellano ven la misma llave “dorada”, pequeña”, adorable”, brillante y diminuta”. Se entiende.

Hablar con “e” es, de alguna manera, pensar en todas esas cosas y hacer fuerza para que algo cambie. O mostrar que ya ha cambiado.

“Esto no empieza ahora, hace tiempo que usamos un lenguaje políticame­nte correcto”, dice Alejandro Raiter, titular de la cátedra de Socio-

El lenguaje no es neutra y se usa para tomar posición, para pararse en el mundo

lingüístic­a en la UBA. No necesita dar ejemplos, se saben: ya no se dice “ese negro” y en la tele ningún relator le gritaría “paralítico” a un jugador que la pifie.

“La lengua no es neutra -dice Raiter-, y la prueba de que es ideológica es que cambiarla molesta tanto”. Las formas de denominar, dice, son ideológica­s, “por eso en las novelas rusas se habla del padrecito zar” (se podría hablar del tirano zar)

Lo de la inclusión, explica, no es una locura argentina. En los textos de lingüístic­a escritos en inglés donde se habla de cómo adquirimos el lenguaje, hace 30 años se hablaba del bebé como “it” (el neutro, que sirve para nombrar cosas) y ahora, que no es lindo ver a un bebé como una cosa se le dice... “she” (ella). ¿Por qué “ella”? Porque se decidió que si hasta ese momento era el masculino el que representa­ba a ambos géneros, ahora es el femenino.

Hay otros cambios, señala Raiter: por las series, muchos niños dicen “pastel” y “columpio” por “torta” y “hamaca”. Eso también enoja.

En el fondo, señala, hay una disputa por el poder. “La RAE cree que es la única que legisla, pero acá viene un grupo y demuestra que no”. Entonces el lenguaje se usa para tomar posición, para pararse en el mundo. “Los jóvenes son el grupo más innovador del momento y producen una crisis de hegemonía, no aceptan la norma. Hace rato que dicen ‘vieja’ para varones y mujeres. Usan ‘pelotudo’ como vocativo e ‘hijo de puta’ como admirativo”. No es que en la lengua todo estaba quieto y ahora apareció un cambio: la lengua ya estaba sujeta a muchas presiones, algunas vinculadas al género”.

¿Quieren otros cambios? Les hablan de “vos” a los profesores. Pero si el “vos” se usaba para demostrar cercanía.. ¿se borró esa diferencia­ción? “No, ahora para cercanía usan ‘boludo’”, explica Raiter.

¿Cómo entender lo de la “e”? Como la aparición de normas de uso que se proponen por sobre la corrección gramatical”, dice Raiter. El cambio, señala, es más fácil cuando se trata de palabras y más difícil cuando es gramatical, como ocurre ahora. Pero, en definitiva se trata de hacer fuerza sobre la realidad. “No veo como algo separado esto de no decir ‘negro’ y lo de las mujeres”, dice. “Profesores de mi generación tenemos que tener cuidado, al dar clase, de no generaliza­r siempre en masculino. Si no, en ese contexto, es uno el que suena raro”. ■

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