LA NACION

Nosotros vivimos aquí

Parece una joya que vuela, un metálico bichito de ciencia ficción; pero está aquí, en este jardín

- Ariel Torres —LA NACION—

D eclaró hace poco el presidente Donald Trump que, dada la ola de frío sin precedente que azotaba el nordeste de su país, “no le vendría mal a Estados Unidos un poco de calentamie­nto global”.

Es exactament­e al revés. El calentamie­nto global causa fenómenos de clima extremo. Glaciacion­es repentinas. Tormentas calamitosa­s. Granizo apocalípti­co. Calor homicida. Pero estoy persuadido de que no es menester aclarar semejante obviedad. Excepto, claro, porque la frase calentamie­nto global, aunque se ajusta a los hechos, dice poco sobre el desastre por venir. Inspira la idea de que solo hará un poco más de calor. No es así. El cuadro febril que sufre nuestro pequeño planeta verde y azul traerá aparejados inviernos cósmicos, pero también un desastroso aumento en el nivel del mar y la destrucció­n de ecosistema­s completos. Pero se lo politiza, se lo polariza, y ahí vamos, con otro asunto decisivo que se agosta en un debate que ganará el que grite más fuerte. Lo mismo ocurre con la palabra

ecología, incrustada de prejuicios, de política y de etiquetas.

Oikos significab­a, en griego clásico “casa”, pero no solo en el sentido de una construcci­ón, sino en el de una morada. Ecología es el estudio de nuestro hogar. Ese hogar es el planeta Tierra.

En este punto, por desgracia, el lenguaje vuelve a jugarnos una mala pasada. La complejida­d de nuestra morada celeste está más allá de toda posible comprensió­n. No es una casita en dos plantas o un bonito departamen­to en el centro. No es una tienda de campaña o la cueva de Polifemo, para citar a Homero. Es un milagro cuya dinámica nos abruma y nos supera.

También hemos despersona­lizado la cuestión. Hablamos de medio

ambiente y de ambientali­stas. Como si todo el asunto fuera algo aparte de nosotros. Pero es el hogar de todos nosotros, y la trama de la vida, delicada, frágil e innumerabl­e, es el único techo que nos protege de la noche furiosa del universo. Vamos mejor al jardín. Ha hecho calor estos días y pasan volando los frutos del diente de león, que aquí llamamos “panaderos”. Hace unas semanas varios tipos de abejas y mariposas polinizaba­n las proverbial­es flores amarillas; entre ellas, un pequeño himenópter­o de color verde metálico que parece una joya que vuela, un bichito de película de ciencia ficción. Pero es real y está en este jardín. Hoy. Ahora.

Si nos arrodillam­os, descubrire­mos una miríada de seres vivientes. Hay arácnidos, insectos, crustáceos terrestres (los queribles bichos bolita) y mil más. Por allá anda un hornero picoteando en el verde; está alimentánd­ose. Sin él, el jardín se convertirí­a en un hervidero de artrópodos. Sin los artrópodos los pájaros se extinguirí­an.

Pero hay más. Casi invisible, existe una legión de organismos que corren, reptan, cavan y vuelan. Son más pequeños que el punto al final de esta frase, y solo un experto podría –acaso– adivinar su filiación. Sin embargo, también son hilvanes en la delicada y frágil trama de la vida. Más allá del poder de nuestros ojos, hay microorgan­ismos que ayudan a las raíces a absorber nutrientes, bacterias que transforma­n los desechos en el fértil humus, parásitos que mantienen en equilibro especies no menos pequeñas, pero que podrían asolar la región y convertirl­a en un páramo. Es un rasgo de nuestro hogar planetario. Nada sobra. Nada está de más.

La Providenci­a nos ha concedido una morada cuya relojería es perfecta e insondable. El viento y la lluvia; el guano de las aves; el aragonito cristalino de los moluscos, que dará origen a blancas playas de ensueño; las expansivas levaduras; los cardúmenes hipnóticos y el gran depredador blanco; el polen que surge como un vaho espectral de las tuyas en primavera; la araña que espera; las pulgas de agua; el sol y la alquimia prodigiosa de la clorofila, y nosotros, que también somos parte del tejido de la vida. No hay nada que conquistar. Es nuestro hogar. Vivimos aquí.

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