LA NACION

Lograr que los chicos se hagan responsabl­es

- Maritchu Seitún

Es una tarea fundamenta­l de los padres criar a sus hijos para que se hagan responsabl­es de sus acciones y palabras, para que entiendan que Estas conllevan consecuenc­ias. Este aprendizaj­e empieza –o no– en la más tierna infancia, cuando la mamá saca del pecho al bebe que la mordió, o cuando el papá pone en el piso al hijito de un año que le dio un cabezazo estando en sus brazos.

Esos chiquitos, ¿tienen conciencia de lo que hicieron? No, están practicand­o distintas conductas y van descubrien­do lo que ocurre a partir de ellas, qué pasa cuando hago un mimo, cuando muerdo, cuando pego, cuando grito, cuando doy un beso, cuando hago “qué linda manito”… Descubren lo que pasa con sus acciones, y esto los lleva a reforzar las que son bienvenida­s y a abandonar las que no son bien recibidas por el entorno. Algunos chiquitos insisten sin ceder, parecen necesitar más experienci­as similares o se resisten a aprender de las consecuenc­ias de sus actos: a veces por rebeldía, otras no prestan atención o no escuchan, o les cuesta asociar su conducta con el resultado.

No nos enojamos con ellos porque no tienen claro lo que hicieron, pero eso no los libera de hacerse cargo de las consecuenc­ias de su conducta: volqué el jugo y me quedé sin jugo, le pegué a mi hermana y me sacaron un ratito de la cocina, etc.

A veces cuesta imponer castigos o penitencia­s a los más chiquitos porque los vemos inimputabl­es.

Por eso prefiero hablar de consecuenc­ias que, en cambio, están en relación con los hechos ocurridos y empiezan muy temprano en la vida: al principio sin palabras; la mamá retira del pecho al bebe que la mordió, su objetivo es de autoprotec­ción, pero en pocos episodios parecidos el bebe ya entiende que cuando la muerde la mamá lo aparta de ese lugar. Las pautas implícitas van cambiando, mientras no tenía dientes la mordía pero a ella no le dolía y nada ocurría, pero asoman los dientes, las encías le duelen y busca morder todo lo que se le cruza, incluida la teta de su mamá. ¡Nueva experienci­a de aprendizaj­e!

Empieza entonces un largo recorrido para que los chicos aprendan a hacerse cargo, obviamente a cada edad les pediremos cosas distintas, el de cuatro años no puede acordarse de llevar el sweater de vuelta a casa pero a los diez ya puede saber que si lo pierde va a tener que comprarlo con sus ahorros, el de dos no cuelga la toalla pero si el de ocho la deja en el piso va a tener que volver al baño a colgarla. De ese modo aprenden a responsabi­lizarse. Con el correr del tiempo esas conductas se convierten en hábitos, pero no sin haber pagado antes, y bastante caros, unos cuantos comentario­s desafortun­ados, acciones, errores u olvidos.

Que los chicos aprendan a hacerse responsabl­es es así de sencillo y a la vez así de complejo, hacen falta adultos consciente­s de que los errores de los chicos suelen tener consecuenc­ias pequeñas cerca de papá y mamá, y de que esas dolorosas experienci­as los preparan para evaluar con cuidado sus acciones cuando crezcan porque ya saben que pueden tener consecuenc­ias más serias y lejos del área de “cobertura” de sus padres.

A veces cuesta imponer castigos a los más chiquitos porque los vemos inimputabl­es

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