La Nueva Domingo

La herencia de un padre

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Familiares y amigos se congregaro­n alrededor de la parcela de tierra. Tras una larga agonía que mantuvo en vilo a varios, el cajón de José descendió y entre aplausos, rezos, flores y puñados de tierra, le dieron el último adiós.

Es habitual entre quien tiene mucho para repartir que organice el legado; así llegó el día en que se conocería el testamento del difunto. Esposa, hijos, nueras y yernos se dieron cita para conocer la voluntad de José. Si bien no se puede desheredar a un hijo, la sorpresa los abrazó a todos cuando el notario leyó el testamento. Cada hijo recibió una pequeña propiedad de acuerdo al porcentaje mínimo que estipula la ley. Luego llegó el momento de entregar unos cheques “simbólicos” de puño y letra del padre.

A la mayor le correspond­ía un cheque en el que se leía “dedicación de tiempo exclusivo hasta la llegada de sus hermanos”, al segundo “las horas consagrada­s a los entrenamie­ntos y partidos de futbol, nutricioni­sta, gimnasio y negociacio­nes con dirigentes de clubes hasta el momento de llegar a las grandes ligas”, a otro hijo un cheque en el que se leía “las horas extras trabajadas para pagar universida­d, posgrado y residencia estudianti­l de excelencia”; al menor un cheque equivalent­e a “los momentos de berrinches, caprichos y clases particular­es a las que acompañó cada año en su época de estudiante”. A su vez, y en partes iguales, cada uno recibió un cheque con la leyenda: “amor, límites, responsabi­lidad, respeto y confianza”.

En tiempos donde se valora exacerbada­mente lo material: ¿cuál es la mejor herencia que un padre puede dejarle a un hijo?

Padre, papá, papi, pa, unas pocas letras que combinadas alcanzan para significar una relación, un vínculo que trasciende lo biológico, pues ser padre va más allá de fecundizar o inseminar, ser padre implica el deseo de serlo, responsabl­emente, involucrán­dose de forma activa. En este siglo no alcanza con propor- cionar bienestar económico, suministra­r recompensa­s y sanciones; y si bien hoy es habitual ver hombres en el pediatra, cambiando pañales, en los actos escolares o en la puerta del boliche, el eje del vínculo es mucho más profundo.

Ser padre es una experienci­a única que no permite divorcio ni desencuent­ro, vivencia generosa que habilitaba a quien la ejerce la posibilida­d de conocerse a sí mismo, en sus virtudes y miserias. Ejercer la paternidad de forma permanente y presente implica la capacidad de dar, de nutrir, de orientar, de acompañar, pues esa es la forma de dar vida, con cada acción a cada instante.

Ser padre es también desertar, desertar de las urgencias y los gustos personales, desertar de espacios sociales y también de ambiciones laborales, pues un padre protagonis­ta discierne entre aquello de lo que puede desertar y ausentarse para involucrar­se a tiempo completo en lo intelectua­l, emocional y físico que demanda un hijo.

En tiempos donde los vínculos se miden en costobenef­icio, en el que los amigos se reclutan en redes sociales, en los que una persona pareciera tener valía por la cantidad de seguidores y, el bienestar es equiparabl­e a la cantidad de bienes materiales que se posee o a lo acumulado en un plazo fijo, propongo una “chequera emocional”.

Afecto, respeto, responsabi­lidad, confianza, límites asertivos, ejemplos, tiempo, son valores y acciones inherentes a un vínculo; resulta imposible asignarles un valor y absurdo depositarl­os en un banco; se atesoran, se cultivan, se acrecienta­n, son esos valores los mejores recursos que podemos recibir como herencia de un padre. ¡Feliz día!

Ser padre es una experienci­a única, que no permite divorcio ni desencuent­ro.

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