Con el Desafío “La Nue­va.” vuel­ve un clá­si­co del atletismo

“Se­gu­ro que me voy a le­van­tar con las mis­mas cos­qui­llas en la pan­za de años atrás”, se­ña­ló.

La Nueva Domingo - - PORTADA - Ser­gio Prie­ta sprie­ta@la­nue­va.com

Ma­rio López lle­va va­rias no­ches sin dor­mir. El re­gre­so de la ca­rre­ra de “La Nue­va Pro­vin

cia”, co­mo la si­gue lla­man­do, le tra­jo a la me­mo­ria lo me­jor de su pa­sa­do.

No ha­bla de po­dios, ni de tiem­pos, a pe­sar de que es una de las fi­gu­ras des­ta­ca­das del de­por­te bahien­se. Lo más im­por­tan­te pa­ra él no son los tro­feos que tie­ne en su ca­sa, ni men­cio­na las ocho ve­ces que ga­nó la ca­rre­ra que lo tie­ne des­ve­la­do.

Tam­po­co ha­ber ga­na­do dos ve­ces se­gui­das la re­nom­bra­da Co­rri­da de San Sil­ves­tre, en San Pa­blo, Bra­sil, o de ha­ber par­ti­ci­pa­do en los ma­ra­to­nes más im­por­tan­tes del mun­do.

Berlín --ese que los afri­ca­nos usan pa­ra in­ten­tar ba­tir el ré­cord mun­dial--, New York --don­de asis­ten de a mi­les y los nú­me­ros no al­can­zan pa­ra to­dos--, Bos­ton-que es el más an­ti­guo y se rea­li­za de for­ma con­ti­gua des­de 1897--, Chica­go, Los Án­ge­les y Pa­ris, por nom­brar al­gu­nos.

Ma­rio evi­ta ha­blar de sus lo­gros aun­que uno le pre­gun­te. Sus res­pues­tas re­caen en Mar­ta, su mu­jer, que se fue en 1995, en los hi­jos que cria­ron jun­tos, en sus nie­tos y en sus ami­gos.

“Pa­ra mí, la ca­rre­ra más im­por­tan­te era la de La Nue

va Pro­vin­cia. Via­ja­ba por to­dos la­dos, pe­ro a mi es­po­sa, a mis hi­jos y a to­dos mis se­res que­ri­dos y vecinos les po­día mos­trar lo que ha­cía en esa com­pe­ten­cia. Y eso era lo me­jor que me po­día pa­sar”, di­ce.

“Se­gu­ro que el do­min­go me voy a le­van­tar con las mis­mas cos­qui­llas en la pan­za de años atrás, cuan­do com­pe­tía. To­da­vía me pa­sa los días que hay ca­rre­ras, pe­ro es­ta es una es­pe­cial, es la más lin­da”, ex­pli­ca.

El atletismo en la vi­da de Ma­rio López lle­gó por una tra­ge­dia. En 1966, a los 21 años, mien­tras iba de acom­pa­ñan­te en una mo­to, un au­to per­dió el con­trol en una es­qui­na cén­tri­ca y le aplas­tó la pier­na iz­quier­da con­tra un ta­xi que es­ta­ba es­ta­cio­na­do.

“De­rra­pó y se nos vino en­ci­ma. Al­can­cé a le­van­tar la de­re­cha, pe­ro la iz­quier­da que­dó en­tre los fie­rros y la per­dí”, cuen­ta.

Su­frió y en un pri­mer mo­men­to se sin­tió “desecha­ble”.

“Creía que no ser­vi­ría pa­ra con­se­guir tra­ba­jo, for­mar una fa­mi­lia o te­ner hi­jos”.

Sin em­bar­go, con la for­ta­le­za in­na­ta que ne­ce­si­ta un atle­ta de su di­men­sión le bus­có la vuel­ta a su nue­va reali­dad. Así fue co­mo em­pe­zó a ju­gar al bás­quet en silla de rue­das y fun­dó jun­to a otros com­pa­ñe­ros de vi­da lo que hoy se co­no­ce co­mo DUBA.

“To­do cam­bió cer­ca de los 40, ya ca­si re­ti­ra­do del bás­quet, cuan­do un ami­go me mos­tró el di­se­ño de una silla de rue­das adap­ta­da pa­ra el atletismo. Y ahí me en­te­ré de que en otras par­tes del mun­do ha­bía ca­rre­ras pa­ra dis­ca­pa­ci­ta­dos”, di­ce.

Ma­rio ar­mó su pri­mer vehícu­lo to­man­do me­di­das de las rue­das de una bi­ci­cle­ta. Y en 1986 se con­vir­tió en el pri­mer ma­ra­to­nis­ta ar­gen­tino en par­ti­ci­par de una com­pe­ten­cia pe­des­tre.

Me­ses des­pués com­par­tía tiem­po y via­jes con los me­jo­res del país: An­to­nio Si­lio, con­si­de­ra­do co­mo el me­jor fon­dis­ta ar­gen­tino de to­dos los tiem­pos. Aún hoy es due­ño de los ré­cords ar­gen­ti­nos en las prue­bas de 5.000 y 10.000 me­tros, 10k, 15k, Me­dia ma­ra­tón, 25k, 30k y Ma­ra­tón.

Tam­bién con To­ri­bio Gu­tié­rrez, otro des­ta­ca­do atle­ta que su­po ga­nar la ca­rre­ra del dia­rio, o a Tran­qui­lino Valenzuela, en­tre otros.

“Los fi­nes de se­ma­na que se co­rría la ca­rre­ra de La Nue

va Pro­vin­cia mi ca­sa se lle­na­ba de gente de otras ciu­da­des, era in­creí­ble”, di­ce. In­clu­so cuan­do se fue Mar­ta, to­dos es­tu­vie­ron acom­pa­ñan­do.

En 20 años de tra­yec­to­ria par­ti­ci­pó en más de 500 com­pe­ten­cias. En ese en­ton­ces te­nía en la re­me­ra el aus­pi­cio de

La Nue­va Pro­vin­cia y de Adi­das, que lo ayu­da­ban con pa­sa­jes y ro­pa. “Siem­pre es­toy agra­de­ci­do a ellos por­que me die­ron una mano enor­me”.

“¿Que­rés que te cuen­te una anéc­do­ta?”, in­te­rrum­pe. En la ca­rre­ra de 1987 se me rom­pió la silla de rue­das en la puerta del Co­le­gio Na­cio­nal. En la ve­re­da ha­bía un chi­co con una bi­ci­cle­ta, así que se la pe­dí pa­ra po­der ter­mi­nar”.

Se subió a la bi­ci y con el pie de­re­cho fue pa­tean­do el sue­lo has­ta la lí­nea de lle­ga­da. La ova­ción de la gente fue tan gran­de que opa­có la lle­ga­da del ga­na­dor de la prue­ba cen­tral, que cru­za­ba la lí­nea de me­ta ca­si al mis­mo tiem­po que él.

En los úl­ti­mos años, sin spon­sors y re­ti­ra­do de las com­pe­ten­cias de al­to ren­di­mien­to si­guió lle­van­do una vi­da li­ga­da al atletismo.

En 2015 tu­vo que ven­der to­das sus re­me­ras--has­ta la de los ma­ra­to­nes más fa­mo­sos- -pa­ra po­der com­prar la silla de rue­das que usa aho­ra. “Tu­ve mucha ayu­da de la gente, me las com­pra­ron ca­si to­das”.

Hoy, a las 10.25, Ma­rio vol­ve­rá a la lí­nea de sa­li­da. Em­pu­ja­rá con las ma­nos su silla co­mo lo vie­ne ha­cien­do des­de ha­ce 32 años en ca­da com­pe­ten­cia. En reali­dad, em­pu­ja con el al­ma.

“Se­gu­ro que me voy a le­van­tar con la an­sie­dad de an­tes. Mien­tras ten­ga es­te sen­ti­mien­to y Dios me lo per­mi­ta seguiré pre­sen­te en ca­da ca­rre­ra”, ase­gu­ra ilu­sio­na­do.

Hoy, a las 10.25, Ma­rio vol­ve­rá a la lí­nea de sa­li­da. Em­pu­ja­rá con las ma­nos su silla co­mo lo vie­ne ha­cien­do des­de ha­ce 32 años.

Re­cuer­dos im­bo­rra­bles guar­da López de sus par­ti­ci­pa­cio­nes de las ca­rre­ras de "La Nue­va."

En la ca­li­dez de su ho­gar, con al­gu­nos de los nu­me­ro­sos tro­feos lo­gra­dos.

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