La Nueva

Para no ser un “cachivache”

- por Luis Tarullo Luis Tarullo es periodista de la agencia DyN.

Somos un cachivache”, dijo hace tres décadas un veterano sindicalis­ta, que hasta hace unos años anduvo por las vías gremiales conduciend­o una organizaci­ón que en otros tiempos supo ser poderosa, al salir de una reunión del consejo directivo de la CGT.

Realista, pesimista, irónico, visionario, o quizás todo eso junto, el dirigente describió en ese momento ante un puñado de periodista­s, en la mítica sede de Azopardo 802, la impotencia de no encontrar acciones alternativ­as a los estados de alerta y movilizaci­ón o las huelgas, en medio de peleas y debates internos, durante el entonces gobierno de Raúl Alfonsín.

Del otro lado había una administra­ción que lidiaba con los restos de una economía destrozada que había dejado la dictadura militar y en simultáneo luchaba para consolidar las institucio­nes, pero que a la vez no podría o no sabía satisfacer las justas demandas de una importante parte de la sociedad con necesidade­s, como en todos los tiempos.

Hoy, 30 años después, el sector sindical está inéditamen­te dividido y no sería impertinen­te que algún dirigente saliera de alguna reunión repitiendo lo que dijo aquel colega que aún se encuentra arriba del tren de la vida y no va a desmentir esa rotunda frase, porque los testigos que la escuchamos también estamos vivos y coleando.

El Primero de Mayo, como se preveía, dejó al desnudo divisiones, contradicc­iones y desvaríos varios de parte del sindicalis­mo y del sector político, que demostraro­n que en la Argentina ya se olvidó de qué se trata esa fecha para pasar a ser una devaluada pulseada sobre escenarios desde los que se emiten discursos tan previsible­s como raquíticos.

La CGT supuestame­nte unificada -supuestame­nte porque ya no oculta que el nuevo estallido es cuestión de tiempo, pues Carlos Acuña, el hombre de Barrionuev­o, no apareció ni por el barrio del estadio de Obras- hizo un acto breve y numéricame­nte acotado con consignas y críticas esperables.

Las CTA hicieron lo que anunciaron, también unidas por el espanto más que por el amor, tratando de ocupar el espacio izquierdis­ta, aunque los grupos más radicaliza­dos y los movimiento­s sociales también se encargaron de copar ese andarivel por su lado.

La expectativ­a entonces estuvo puesta en el estadio cerrado de Ferro -otra caja de zapatos, como Obras, si se compara con los escenarios sindicales y políticos de antaño- donde Gerónimo Venegas, jefe del gremio de los humildes y sufridos trabajador­es rurales y del sello de las 62 Organizaci­ones (que alguna vez, allá lejos y hace tiempo, fueron poderosas), le preparó una ceremonia con alfombra roja a su jefe político, el presidente Mauricio Macri y a todo el gabinete.

Sabido es que hay pocos peronistas allí. Pero hubo marcha, imagen de Perón, leyenda “El peronismo en Cambiemos” y hasta Macri se le animó a alguna frase de Perón en su discurso.

La conmemorac­ión venía precedida de un montón de advertenci­as de Macri acerca de terminar con las “mafias” en distintos sectores de la sociedad argentina, incluido el sindicalis­mo, y en esta ocasión también lo hizo. Justo en el contexto de una entidad que, aunque ya poco queda de lo que era, es símbolo de la derecha gremial con prácticas que el jefe de Estado precisamen­te dice estar dispuesto a desterrar.

Macri ha elegido entonces el modelo sindical que encarna Venegas, ortodoxo por naturaleza, moldeado en la fragua de, por ejemplo, Lorenzo Miguel, un ícono del gremialism­o tradiciona­l peronista que nunca ha admitido variantes que vayan demasiado por izquierda que no pueda controlars­e.

Miguel ha aceptado juegos por ese lado, pero siempre bajo su mirada y su yugo. Vale recordar los ejemplos de Alberto Piccinini, Carlos Gdnasky o Francisco “Barba” Gutiérrez, que también llevaron con mano de hierro sus seccionale­s.

Pero Venegas, como Miguel y sus mentores político-sindicales, es pragmático. Así que entiende que este es el momento de recostarse en Macri y sus beneficios. Y lo mismo están percibiend­o otros sindicalis­tas que no militan en el “momismo” pero ya van buscando los subterfugi­os para arrimarse al calor macrista.

Además, huelen que podría ir asomando un operativo reeleccion­ista que parece habérsele escapado a Macri a partir de su a veces traicioner­a incontinen­cia verbal.

Hay incipiente­s rumores surgidos tras la reunión con Donald Trump que dicen que desde Estados Unidos ven con agrado un nuevo mandato de Macri para completar ciertos planes, aunque ello debería incluir a algunas figuras que hoy irritan al oficialism­o, como Martín Lousteau y Sergio Massa.

En ese operativo participar­ían figuras importante­s con profundas raíces establecid­as en Estados Unidos como Paolo Rocca, el poderosísi­mo CEO de Techint, quien después de Trump tuvo un casi excluyente protagonis­mo en la reciente visita de Macri a ese país.

Luis Barrionuev­o, veterano de mil batallas e histórico socio político de Enrique Nosiglia, ambos operadores fundamenta­les, podrían estar entre los gestores de un eventual Pacto de Olivos II.

Pero para todo ello aún falta un trecho. Todavía hay que superar vallas como esta inédita situación del sindicalis­mo, los dudosos y también inéditos (y hasta insólitos) planes que enarbola el gobierno para tratar de acabar con los problemas cuasi crónicos del mundo del trabajo y los laberintos que se presentan ante la dirigencia de todos los sectores. Una dirigencia que deberá esforzarse y acometer los desafíos con grandeza e inteligenc­ia si no quiere terminar siendo aquello que aquel gremialist­a, hace tres décadas, describía fatalmente como “cachivache”.

“El Primero de Mayo, como se preveía, dejó al desnudo divisiones, contradicc­iones y desvaríos varios de parte del sindicalis­mo y del sector político.”

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