La Nueva

La Divina Comedia argentina

- Por Rogelio López Guillemain

a obra cumbre de Dante Alighieri es atemporal y universal, por lo que podemos utilizarla en el análisis de la Argentina de hoy. Básicament­e, la trama de este libro trata, acerca del camino que debe recorrer el hombre, para elevarse a la mayor expresión de sí mismo.

Es el recorrido que va desde el infierno (donde reinan las pasiones, los caprichos y los instintos animales), pasando por el purgatorio (lugar donde la razón y la voluntad luchan contra los vicios y miserias del espíritu humano), hasta llegar al cielo (donde reina la virtud, la ética y la moral).

Decía Kant: “La disciplina convierte la animalidad en humanidad”.

Si trazamos un paralelism­o con el Dante, diríamos que, para pasar de la animalidad del infierno a la humanidad del cielo, es preciso transitar la disciplina del purgatorio.

Aplicando esto a nuestra Argentina la pregunta sería, ¿Por qué vivimos en el infierno de la animalidad desde hace tantas décadas?

¿Por qué? Simple, porque hemos perdido la disciplina.

No faltarán aquellos que me acusen de represor, dictador, censurador o hasta de nazi; en verdad no me interesa. Este escrito no está dirigido a ellos. Este escrito está dirigido a aquellos que son capaces de analizar las ideas sin prejuzgar, sin personaliz­arlas y con espíritu crítico.

Durante años y años, el discurso de los políticos, de los “formadores de opinión” y de los ideólogos de nuestro país, ha girado alrededor de la idea de que, la satisfacci­ón de nuestros deseos y necesidade­s es un derecho y como tal, debe ser satisfecho (sin importar el esfuerzo o merecimien­to) para poder así alcanzar la felicidad.

O sea, prometen salir del infierno y llegar al cielo sin pasar por el purgatorio. Les tengo una triste noticia, esto no es posible.

El purgatorio del Dante es la disciplina de Kant. Esa disciplina es preferible que sea propia, interna.

Esta es la autodiscip­lina que nos brinda la educación, la adopción de valores y principios; la cultura del esfuerzo, del respeto y del mérito.

Esa disciplina está casi extinta en nuestro país, por eso triunfan los corruptos, por eso triunfan la ignorancia, la mediocrida­d y la violencia. Por eso estamos viviendo el Imperio de la Decadencia Argentina.

Cuando esta auto disciplina se pierde, las leyes deben imponer la disciplina por la fuerza y proteger a las personas decentes. Pero si la legislació­n y los jueces, no marcan la diferencia entre el bien y el mal, entre el que se defiende y el que ataca, entre el honesto y el delincuent­e; entonces será prácticame­nte imposible salir del infierno en el que estamos inmersos.

La cultura de lo “políticame­nte correcto” es incorrecta, es el igualar lo blanco y lo negro (el bien y el mal) cubriéndol­o con un manto gris bajo el cual, vale lo mismo un delincuent­e que una persona honesta.

Debemos librar la batalla moral que se nos plantea y defender la cultura de lo “ético y moralmente correcto”, diferencia­ndo lo correcto de lo incorrecto, lo justo de lo injusto.

Ya sea “por la razón o la fuerza”, el respeto de los derechos del prójimo debe imperar para vivir en armonía y libertad.

La educación es la razón, la justicia debería ser la fuerza. La pregunta es ¿están los jueces a la altura de este desafío?

“La cultura de lo políticame­nte correcto es incorrecta, es el igualar el bien y el mal cubriéndol­o con un manto gris bajo el cual vale lo mismo un delincuent­e que una persona honesta.”

Rogelio López Guillemain es cirujano plástico y escritor. Vive en Buenos Aires.

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