¿Hay que abri­gar a los pe­rros?

Más allá de las ten­den­cias en mo­da, pa­ra al­gu­nas ra­zas es im­por­tan­te es­tar a sal­vo del frío y pre­ve­nir en­fer­me­da­des

Mia - - MASCOTAS - Por Ka­ren Rei­chardt y Mariela Schia­vo * * Di­se­ña­do­ras y Es­pe­cia­lis­tas de Amo­res pe­rros Bou­ti­que Ca­ni­na Fo­to: gentileza Amo­res pe­rros

En los úl­ti­mos años ha au­men­ta­do la ten­den­cia de ves­tir a las mas­co­tas, aun­que el de­ba­te de si es ne­ce­sa­rio abri­gar­las en in­vierno, si­gue vi­gen­te. Hay quie­nes pien­san que só­lo es una cues­tión de es­té­ti­ca, pues, en teo­ría, con su pro­pio pe­lo es su­fi­cien­te pa­ra que no su­fran el frío. Sin em­bar­go, los abri­gos pue­den con­ver­tir­se en una ne­ce­si­dad cuan­do el pe­rro es­tá acos­tum­bra­do a per­ma­ne­cer siem- pre den­tro de la ca­sa, ajeno al mal tiem­po, a las llu­vias y los cam­bios brus­cos de tem­pe­ra­tu­ra, que pue­den ser muy agre­si­vos, es­pe­cial­men­te si se tra­ta de ca­cho­rros, ani­ma­les de edad avan­za­da, pe­que­ños de ta­ma­ño o de pe­lo muy cor­to.

Po­de­mos de­cir que los ca­cho­rros y los pe­rros ma­yo­res son los más pro­pen­sos a su­frir las in­cle­men­cias del tiem­po. És­tos úl­ti­mos, so­bre­to­do con pro­ble- mas de ar­tro­sis, sien­ten más el des­cen­so de la tem­pe­ra­tu­ra. En cuan­to al ta­ma­ño, los de ra­zas pe­que­ñas son más sen­si­bles al frío que los gran­des, por lo que se de­ben abri­gar, aun­que exis­ten ra­zas de gran ta­ma­ño que tam­bién lo son, co­mo los pe­rros de pe­lo muy cor­to (gal­gos, en­tre otros).

Cuan­do un pe­rro lle­ga a vie­jo, pue­de su­frir de ar­tro­sis, sus múscu­los son más dé­bi­les, su sis­te­ma de de­fen­sa fren­te a las en­fer­me­da­des ya no es tan efi­cien­te y un frío muy in­ten­so pue­de ha­cer que se de­bi­li­te y en­fer­me. Por es­te mo­ti­vo es acon­se­ja­ble que du­ran­te el in­vierno es­tén abri­ga­dos cuan­do salen a la ca­lle o por las no­ches, lue­go de ha­ber es­ta­do va­rias ho­ras inac­ti­vos.

Aun­que pa­rez­ca una pren­da fas­hion, un im­permea­ble ca­nino evi­ta que se mo­je cuan­do llue­ve y tam­bién con el ro­cío de la ma­ña­na tem­prano o por la no­che. La ex­ce­si­va hu­me­dad pue­de afec­tar sus múscu­los y las ar­ti­cu­la­cio­nes.

En cuan­to a los ca­cho­rros, co­mo no tie­nen su sis­te­ma in­mu­ni­ta­rio al 100% de de­fen­sas, son más sus­cep­ti­bles a su­frir in­fec­cio­nes y en­fer­mar que los ani­ma­les adul­tos. Ade­más, los pe­rros de ta­ma­ño chi­co tie­nen una ma­yor su­per­fi­cie cor­po­ral en pro­por­ción a su pe­so que los gran­des, lo que ha­ce que pier­dan ca­lor más rá­pi­da­men­te y ne­ce­si­ten abri­go.

Es im­por­tan­te sa­ber que una pren­da re­sul­ta un buen abri­go, cuan­do cu­bre el lo­mo del pe­rro des­de la cruz has­ta la ba­se de la co­la. Si es más cor­ta de­ja­rá al des­cu­bier­to la zo­na lum­bar, que es el área de la co­lum­na que más su­fre con el frío. Tam­bién se les de­be cu­brir el cue­llo, es­pe­cial­men­te en los pe­rros con pro­ble­mas en las cer­vi­ca­les.

Con­vie­ne com­prar­le pren­das de abri­go que, ade­más, sean im­permea­bles, pa­ra que los pro­te­ja de la llu­via y el vien­to. En ca­so de mo­jar­se, se lo de­be se­car rá­pi­da­men­te con una toa­lla o un se­ca­dor pa­ra evi­tar que se en­fer­me.

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