To­do lo que hay pa­ra ver

Mia - - SUMARIO - Por Adriana Aboy

-¿Có­mo es esta es­pe­cie de stand up pa­ra chi­cos?

-En reali­dad es un show que com­bi­na mu­chas dis­ci­pli­nas. El stand up, por­que es­toy so­lo en el es­ce­na­rio du­ran­te una ho­ra; el clown por­que es pa­ya­ses­co y ha­go dis­tin­tos mons­truos de pe­lí­cu­las de te­rror con los que el pú­bli­co se des­cos­ti­lla de la ri­sa y la im­pro­vi­sa­ción tea­tral por­que es la téc­ni­ca que uso ti­ran­do dis­pa­ra­do­res al pú­bli­co pa­ra que yo arran­que a ha­cer una pa­ro­dia de una pe­lí­cu­la de sus­pen­so, por ejem­plo. Su­bo chi­cos y gran­des al es­ce­na­rio pa­ra ac­tuar con­mi­go. Es muy di­ver­ti­do y com­ple­to.

-¿El te­rror es­tá de mo­da en­tre el pú­bli­co in­fan­til?

-Sí. Las pe­lí­cu­las de zom­bies es­tán de sú­per on­da. Por lo tan­to, mu­chas de las his­to­rias di­ver­ti­das van por ese la­do.Tam­bién a los chi­cos les en­can­tan los fan­tas­mas, son fans y dan pa­ra cual­quier co­sa: se cho­can con­tra la pa­red, co­men go­lo­si­nas, se ti­ran fla­tu­len­cias.

- ¿Es­tá pen­sa­do pa­ra chi­cos a par­tir de qué edad?

-Des­de los 5 años ya en­tran en el có­di­go de es­te ti­po de hu­mor. El se­cre­to del éxi­to de es­te show es que los chi­cos se iden­ti­fi­can con­mi­go por­que soy co­mo una es­pe­cie de pi­be so­lo en su ha­bi­ta­ción que co­mien­za a ju­gar y a ima­gi­nar his­to­rias y to­do se me va de las ma­nos por­que los mons­truos ha­cen lo que quie­ren. No tie­nen lí­mi­tes en su tor­pe­za ni en su ri­di­cu­lez. El otro se­cre­to es que los gran­des se ríen tan­to que a ve­ces pre­fie­ren ver es­te ti­po de shows de hu­mor an­tes que los de los adul­tos en sí.

-¿Có­mo in­ter­vie­nen los es­pec­ta­do­res?

-Ellos me in­vi­tan a ju­gar. Por ejem­plo, uno propone una ora­ción di­ver­ti­da co­mo "la abue­la me re­ta si no co­mo". Con eso, arran­co una his­to­ria có­mi­ca de te­rror en la que, qui­zás, fan­tas­mas muy tor­pes le pro­po­nen al ni­ño de la his­to­ria ro­bar­le la co­mi­da de la he­la­de­ra a la abue­la pa­ra que no se la sir­va en la me­sa. En el me­dio, se en­cuen­tran con el pe­rro que los co­rre a la no­che por to­da la ca­sa y que, al la­drar, des­pier­ta a la abue­la y los fan­tas­mas ter­mi­nan sien­do per­se­gui­dos y asus­ta­dos.

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