Ase­si­na­to en el Expreso de Orien­te

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(Gran Bre­ta­ña, 2017, 114') Sus­pen­so. Di­rec­ción: Ken­neth Bra­nagh. Con K. Bra­nagh, J. Depp. AM13.

Ha­ce­mu­cho, mu­cho tiem­po, en una ga­la­xia muy le­ja­na lla­ma­da “los no­ven­ta” creí­mos que Ken­neth Bra­nagh era un po­ten­cial gran au­tor. Ha­bía he­cho En­ri­que V, y des­pués un po­li­cial a lo Hitch­cock lla­ma­do Vol­ver a mo­rir (un pro­ble­món, vea), y des­pués una lu­mi­no­sa adap­ta­ción de Mu­cho ruido y po­cas nueces. Que po­dría ser, fi­nal­men­te, el slo­gan de su ca­rre­ra. Bran­nagh cree más en el tea­tro que en el ci­ne, pe­ro tiene la ven­ta­ja de creer, tam­bién, que el asun­to de­be de ser di­ver­ti­do. Cla­ro que las co­sas (ay, La Ce­ni­cien­ta...) no siem­pre le sa­len bien cuan­do no tiene a Sha­kes­pea­re al la­do (su ver­sión de Tra­ba­jos de amor perdidos en for­ma de mu­si­cal de los cua­ren­ta es her­mo­sa). Aquí la tiene a Agat­ha Ch­ris­tie, y otra tra­di­ción tan in­gle­sa co­mo el tea­tro: el mis­te­rio po­li­cial de cuar­to ce­rra­do, el “who­du­nit” (“quién lo hi­zo”) don­de ca­si nun­ca el ase­sino es el ma­yor­do­mo. Lo me­jor es que ma­ne­ja a mu­chos ac­to­res que re­sul­tan muy pla­cen­te­ros de ver, que se sien­ten a sus an­chas en es­te jue­go de in­ge­nio con ca­dá­ver in­clui­do. In­clu­so él mis­mo, cla­ro. Lo peor (que en reali­dad no es tan ma­lo, pe­ro ha­ce que la pe­lí­cu­la no sal­ga de una ra­ra me­dia­nía) es que, de tan in­tere­sa­do que es­tá en las ac­tua­cio­nes, deja de la­do el sus­pen­so, el pe­li­gro, la ne­ce­si­dad de re­sol­ver el ca­so. Un ri­co té de las cin­co, pe­ro no uno inol­vi­da­ble.

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